viernes, 22 de abril de 2016

Caras vemos, corazón entendemos

Ciudad de México, sábado 23 de abril, 2016.— 


El mejor homenaje que puedo hacer hoy 23 de abril del 2016 a Miguel Cervantes y a William Shakespeare, que cumplen 400 años de haber muerto, es agradecerles lo que escribieron porque sus obras han cambiado por completo la perspectiva que tengo ahora del ser humano.

Nunca me imaginé que con la lectura de El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha hecha de manera periódica —cada dos o tres años—, iba a descubrir en cada vuelta, nuevos giros y detalles donde vuelvo a reírme a carcajadas de sus locuras en medio de su cordura y ha sorprenderme en cada ocasión, como si no lo hubiera leído nunca antes: resulta que, con la edad, descubrimos nuevos aspectos de la vida, como esos que he vuelto a descubrir a través de los expertos en su vida y obra como son Martín de Riquer, Margit Frenk o Jordi Gracia que nos ofrecen una nueva perspectiva de lo que hizo Cervantes en vida.

Ni hablar del parteaguas que ha sido en mi vida la lectura de las obras completas de Shakespeare como lo hicimos a partir del 2000, hasta el 2004, cada otro sábado en mi casa de Tlalpan, en dónde tuve tiempo de preguntar, discutir, leer en voz alta y ver cada una de las obras desde diferentes puntos de vista, como eran los que formábamos el grupo: Rodrigo Johnson, Antonio Castro, Armando Hatzacorsian, Mónica Raya y Catalina Corcuera. De esa manera pudimos observar cómo es que puede estar hecha la vida, el azar o el destino pues, con cada lectura, veíamos las cosas con una luz diferente que a veces nos ilumina una o varias de las características del ser humano que no habíamos visto antes como la ambición, el poder, el amor y el odio, los celos o los malentendidos para poder ver, por fin, los corazones de esas caras que vemos, penetrando con esta experiencia literaria, nuevos ángulos y profundidades que nos permiten ahondar y ver hasta el fondo del alma.

Entre lo que escribieron estos dos hombres hay mucho de dónde cortar y tal vez nunca acabe uno de conocer todos y cada uno de los aspectos, pero no importa, algo es algo, y eso es lo que podemos comunicar si tenemos la oportunidad de hacerlo, como es eso de ‘aprender a vivir en la dificultad’.

Sin duda, llega uno a conocerse mejor a través de las obras de estos escritores y, en el caso de Shakespeare, por alguna extraña razón, me ha servido como disparador de una creatividad enloquecedora que, como buen aficionado, todavía disfruto al descubrir y sorprenderme de cosas que no había visto antes en el ser humano. Ahora puedo decir: ‘caras vemos, corazones entendemos’.

Primero, provocó dos viajes a Inglaterra para la traducción e interpretación de los 154 Sonetos en cinco volúmenes; luego, me puse a escribir y publicar 37 Apuntes de las 37 obras, más 365 Citas y una versión del Sueño de una noche de verano y el guión de su lectura dramatizada, más La locura de Leontes tomada del Cuento de invierno y La vida de Enrique V con los 3 talleres de liderazgo: el que inspira y motiva, el del cambio, basado en La tempestad y el que influye con Julio César y 6 versiones 6 noveladas publicadas por Santillana para jóvenes. ¡Vaya homenaje! ¡Vaya locura!

Ha sido toda una vida que, a estas alturas, es puro agradecimiento a estos dos hombres que hace 400 años se fueron al Parnaso dejando esas obras que nos iluminan, sobre todo, si podemos bajarlas del cielo de las ‘obras universales’ para que estén más cerca de nuestra emoción y vida.


sábado, 16 de abril de 2016

La emoción al cruzar el puente

Ciudad de México, sábado 16 de abril, 2016.—

Los nobles ingleses cruzan el Támesis para ir al teatro El Globo. Siglo XVII.
Concentrado este año en Cervantes y Shakespeare porque los dos cumplen 400 años de su muerte, vuelvo a comprobar que la literatura sirve de algo, sobre todo, si lo conectamos con nuestros sueños o con las experiencias de nuestra vida de tal manera que ésta se refresca tal como ha pasado ahora con Un hombre en el espejo de Stephen Greenblatt y el capítulo ‘Cruzar el puente’ donde pude asociar lo que sintió aquel joven Shakespeare cuando salió de su casa para irse a Londres con veintitantos años, dejando a su hija Susanna (1583), nacida a los seis meses de su boda con Anne Hathaway (ocho años mayor que él) y a los gemelos Judith y Hamnet (1585), para irse a trabajar y ejercer su oficio como no podía hacerlo en casa, además de lo complicado que pudo haber sido eso de seguir viviendo en la casa paterna con tres chiquillos llorando y él con ganas de ser actor y dramaturgo.

No se sabe si cuando llegó a Londres trabajó como ‘valet-parking’, recibiendo a los caballeros que llegaban montando al teatro o si se fue a Londres huyendo de las garras del poderoso Thomas Lucy, como luego leemos en Tito Andrónico que le pregunta Demetrio a Aarón:

¿Qué, nunca has derribado a una corza y te la has llevado en las narices del guardabosque?

O, a lo mejor, la compañía de actores Los Hombres de la Reina, pasaron por Stratford-upon-Avon en 1587, con la baja del actor William Knell que había sido asesinado en Thame, ¿no le habrán ofrecido su lugar a ese novato que tenía capacidad de actuar?  En ese caso, se fue de gira hasta los acantilados de Dover, como luego los describe Edgar en Rey Lear.

Cuando llega a finales de los 1580’s a Londres sé que tuvo la misma sensación como con la de ese otro joven provinciano de Guadalajara cuando llegó a la Ciudad de México, con sus veintitrés años de edad y pronto un par de hijos para quedarse a vivir y trabajar ahí por el resto de su vida.

Cuando Will llega a Londres, ve los astilleros, los almacenes, los artesanos, los monasterios demolidos y las granjas que surtían a los doscientos mil habitantes que había en esa ciudad en donde ‘se sintió libre y pudo gozar del anonimato y de sus fantasías: pudo escapar de sus orígenes para, con el tiempo, convertirse en otra persona’ —como dice Greenblatt.

En sus obras hay escenas de personajes que se han separado de sus familias y se han despojados de sus raíces que dan de trompicones por los territorio en el que no están familiarizados: ‘Rosalinda y Celia en el bosque de Arden; Viola en la costa de Illiria; Lear, Gloucester y Edgar en el páramo; Pericles en Tarso; la pequeña Perdita en Sicilia; Imogenia en los montes de Gales, y Próspero y Miranda en una isla del Caribe.’

‘Shakespeare había comprendido algo que luego fue importante en sus obras —dice Greenblatt—: pudo arrancar partes de sí mismo y de sus orígenes, moldear cada una de ellas de manera viva y luego, al mismo tiempo, reírse de ellas, estremecerse con ellas y destruirlas.’

La visión que tuvo de Londres con sus multitudes, el ruido, el olor de su aliento, el alboroto y la violencia, pudo haber sido la primera y más duradera impresión que tuvo Shakespeare de la gran ciudad, como luego lo confirmamos en varias de sus obras. Tal cual, este juego de espejos en el tiempo.



lunes, 11 de abril de 2016

Juego de espejos: Cervantes / Shakespeare

Celebrando los 400 años desde que murieron Cervantes y Shakespeare cada uno en sus respectivas casas de 
Madrid y de Stratford-upon-Avon (1616-2016).




_______________________________________________________________________________

viernes, 8 de abril de 2016

Cuando al favorito le cortan la cabeza

Ciudad de México a 9 de abril, 2016.— 

La reina Isabel I de Inglaterra en la ópera de Donizetti.
En nuestros días se dan casos, aunque la decapitación es simbólica, como le pasó a Manuel Camacho Solís (QDP) que creyó durante todo el sexenio (88-94) que era el favorito de Los Pinos, porque el Presidente le dijo al nombrarlo que ‘gobernar la Ciudad de México era como gobernar al país’ y con eso creyó que iba a ser el candidato a la presidencia.

A Roberto Deveraux le mandaron cortar la cabeza cuando tenía 35 años de edad. Había sido el segundo conde de Essex (1566-1601) estuvo en el Trinity College de Cambridge antes de ser presentado en la corte y convertirse en el favorito de la reina Isabel.

Su vida fue una aventura: primero, como soldado en Zutphen, Holanda de donde regresa con la espada de su primo caído en acción. Era el poeta Sir Philip Sydney y Essex aprovecha entregarla a la viuda, Frances Walsingham y de pasada le propone que se case con él, cosa que hacen en secreto, sin importarle que la reina estaba en contra. No lo hubiera hecho.

El próximo sábado 16 de abril se transmite desde el MET de Nueva York la ópera Roberto Deveraux de Gaetano Donizetti en donde nos enteramos de su vida y amores de ese que fue el favorito de la reina Isabel I de Inglaterra hasta que perdió la cabeza después de brincarse las trancas de la fidelidad e intimidad.

Isabel I (1533-1603) lo nombra Caballero de la Jarretera y su Consejero Privado y, de ahí p’delante, su estrella parpadea, pues, como dice Shakespeare (Soneto 25), su vida depende si el poderoso frunce o no el ceño, en cuyo caso, son borrados del libro de honor:

Los favoritos de los grandes príncipes abren sus pétalos como las caléndulas ante el ojo del sol, reposando en ellas su orgullo enterrado mismo que, al fruncido del ceño, muere en su gloria. El sufrido guerrero, famoso en los combates después de mil victorias, si es derrotado en esta ocasión, pronto será borrado del libro de honor y todo lo que hizo será olvidado.

Deveraux perdió la cabeza en 1598 el día que, estando en la Corte, la reina le tapó los oídos y él desenvainó la espada como si se tratara de un enemigo. Nunca lo hubiera hecho.

Un año después, le pide que acabe con el rebelde irlandés Tyrone y el General Essex hace lo que se le antoja. A los seis meses la reina lo manda llamar y Deveraux, enlodado y sudando, se baja del caballo y entra, sin avisar, a la recámara privada de la Reina desnuda, sin maquillaje y sin dientes. Nunca se lo perdonó.

Shakespeare compara al conde con Enrique V cuando celebra su victoria de Agincourt en Londres en 1415:

Así, por poner un ejemplo menos encumbrado pero más próximo a nuestros corazones, sería recibido hoy —y bien puede llegar el día en que lo sea—, el general de su Majestad cuando regrese de Irlanda, una vez sofocada la rebelión con su espada.

Un día decide rebelarse para que abdique la Reina: el 7 de febrero de 1601 contrata a la compañía de actores de Shakespeare para que reponga Ricardo II, en donde Bolingbroke había logrado que el rey abdicara. Al día siguiente fue derrotado, juzgado y quince días después le cortaran la cabeza (al tercer intento). Él tenía 35 años y, dos años después, cuando la reina muere en 1603, ella tenía 70 años de edad.

La ópera de Donizetti mantiene la tensión entre el poder y la fidelidad, entre la locura senil y el amor de la reina con todo y las desmesuras de su favorito.


sábado, 2 de abril de 2016

El monstruo en el espejo

Ciudad de México, sábado 2 de abril, 2016.—

¡Por el amor de Dios, un vaso de cerveza!, gritaba Cristóbal Sly.

Igual que en nuestros días, la adicción al alcohol destruye a las personas que, a su vez, destruyen a sus familias. Stepehen Greenblatt propone en El espejo de un hombre. Vida, obra y época de William Shakespeare (en el original Will in the World: How Shakespeare Became Shakespeare, 2005, (430 pp.) que John Shakespeare (1531-1601), el padre del poeta, pasa de ser un guantero respetado en Stratford-upon-Avon, alguacil a cargo de la paz y luego es el Alcalde antes de perder todas sus propiedades, traficar con lana y ser perseguido por sus deudores, tal vez por beber cerveza.

Lo que más le gustaba a Shakespeare desde su infancia —como Mozart, la música o Andrés mi hermano, la arquitectura—, era el lenguaje y la actuación: imaginemos que estaba desde la infancia fascinado por el lenguaje y obsesionado por la magia de las palabras, pues oía cosas en los sonidos de las palabras que otros no oían y establecía asociaciones que otros no establecían, inundado por un placer muy suyo —como explica Greenblatt.

Y luego nos hace ver cómo es que en sus obras se produce, una y otra vez, una catástrofe imprevista —el naufragio es una de sus manifestaciones favoritas— que de repente convierte lo que parecía un desenlace feliz, un viaje próspero y tranquilo, en un desastre, en un horror y en una grave pérdida.

A fin de cuentas, vemos en varias de sus obras a esos monstruos reflejados en el espejo, tal como Greenblatt relaciona su vida con sus obras y por eso destaca que a lo largo de su carrera, Shakespeare no dejó de pensar en la ebriedad y en ese toma y daca que hace su vida y sus obras, logra expresar los deseos y los miedos más profundos e íntimos de (él y de) su público, como los nuestros que ahora pululamos, cuatro siglos después, en los teatros.

Greenblatt descubre al hombre real que escribió la colección más importante de literatura imaginativa del último milenio y supone que pudo haber sido víctima de un padre alcohólico a partir de que lo nombraron ‘catador de cerveza’, hasta que se aficionó por ella cosa que lo llevó a la ruina.

Y con eso se acomodan muchas piezas y asociamos algunas cosas, como aquel joven que iba a sacar a su suegro borracho de uno de los burdeles que había por la Calzada en Guadalajara para llevarlo al hospital para que le curaran la cruda infernal. Destruida su familia murió de cirrosis. El alcoholismo: el monstruo en el retrovisor.

Hamlet le explica a Horacio que hay ciertos individuos que por algún lunar de su naturaleza, es decir, por alguna propensión innata o debilidad, arruinan lo que habría podido ser una vida admirable y luego, Claudio, el usurpador del trono en Elsinore, arrejuntado con Gertrudis, la madre de Hamlet, beben todo el tiempo sabiendo que eso quita a nuestros méritos, por altos que sean, la médula de nuestro prestigio.

O el borrachito Cristóbal Sly, cuando le juegan una broma antes de empezar con La fierecilla domada y crudo, pedía a gritos una cerveza: ¡Por el amor de Dios, un vaso de cerveza!... ¡Pues qué! ¿Pretenden volverme loco? ¿No soy acaso Cristóbal Sly, hijo del viejo Sly de Burton-Heath…? Pidan informes sobre mí a Mariana Hacquet, la gorda tabernera de Wincot, y si les dice que no le debo catorce peniques de cerveza, considérenme el más descarado embustero de la cristiandad. No, señor; no estoy loco. ¿Hablo claro?… ¡Por última vez, denme un vaso de cerveza fuerte!

Tal cual. El monstruo en el espejo.