sábado, 27 de febrero de 2016

De caballito

Tú que vas allá arriba...
Cada vez que veo a uno de los emigrantes sirios cargando a su hijo por la espalda me viene a la cabeza ese cuento de Rulfo que se titula «No oyes ladrar los perros», publicado en El llano en llamas (1953) y que empieza así:

Le hablaba para que no se durmiera y aprovechó para platicarle toda clase de cosas que seguramente le venían a la cabeza como nos vienen a nosotros cuando necesitamos digerir lo inevitable e intentamos verlas desde otro punto de vista.

Tú qué vas allá arriba…, y esto que dice lo conecto con los emigrantes cargando como pueden a sus hijos, después de haberse quedado sin nada y estar helándose en medio del invierno.

Y con eso, recuerdo el día que lo escuchamos cuando veníamos en coche desde Vallarta y entramos a Jalisco; entonces, Catalina mi esposa, puso el CD de Voz Viva de México con Juan Rulfo leyendo sus cuentos con esa voz atiplada que tenía. Me tuve que hacer a un lado de la carretera. No pude ver más el camino y me orillé a la orilla.

    Al final, Ignacio no le contestó, ni le dijo nada si oía o no a los perros porque lo que cargaba su padre ya no tenía vida.

Juan Rulfo es el maestro de la narración corta y contundente como lo pudo demostrar con El llano en llamas que fue el primero que publicó en 1953, con esos cuentos que nos siguen llegando al cogote con unas imágenes brutales de amor, duelo y pena implícita y contenida, como las que sentía el padre que cargaba a su hijo con la ilusión de que siguiera vivo.

Sabía que los muertos pesan más que los vivos y no me pregunten por qué.


Estacionados a la orilla de la carretera nos volteamos a ver con esa cara que ponemos cuando a los dos nos gana la emoción poética o la música como en esa ocasión nos ganó el cuento de Juan Rulfo con quien, hacía tiempo, había compartido dos que tres pláticas breves pero sabrosas ya fuese en El Ágora y en esas fiestas alejados del mundanal ruido, contando historias de San Gabriel o de don Ventura, el mediero que vivía en el rancho que teníamos en Tepa.

Hoy vuelvo a leer en voz alta: Tú que vas allá arriba, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte… y se me volvió a cerrar el cogote.

miércoles, 24 de febrero de 2016

La riqueza del mundo imaginado

Ciudad de México, a 24 de febrero, 2016.— 


«Todo está en Shakespeare: su época y la nuestra, lo que hay en ellas de idéntico y de diferente, la grandeza de la literatura y los milagros que el arte realiza en la vida de las gentes, así como la manera en que la vida de los humanos destila al mismo tiempo felicidad y desgracia, dolor y alegría, pasión, traición, heroísmo y vileza. Toda la inconmensurable riqueza del mundo fantaseado por Shakespeare sale a la luz de manera cegadora y espléndida en este Cuento de invierno concebido por el director inglés-irlandés Declan Donnellan». (Ilustración de Fernando Vicente).

Esto es lo que opinó el domingo pasado Mario Vargas Llosa (El País, 21.02.16) a propósito de esa obra de teatro que vio en Madrid en la versión del director inglés/irlandés con un reparto de primera  y subtítulos en español, donde confirma, una vez más, lo que decía hace tiempo que… Una buena obra de teatro es el mejor simulacro de la vida, tal como resultó esa puesta en escena que delata la absurdidad y las bellaquerías en que se mueve la vida política.

Hace dos o tres años, durante la Feria de Minería, preparé un texto e hice una lectura dramatizada basada en la misma obra que titulé La ira de Leontes y que empieza como lo hacen los cuentos de hadas de la siguiente manera:

«Había una vez un en Sicilia un rey llamado Leontes que había invitado a su amigo Políxenes, el rey de Bohemia, para que pasara en su casa una temporada de vacaciones. Habían pasado tantos meses que el rey de Bohemia quería regresar a su tierra, después de haber pasado tanto tiempo feliz de la vida, pues ahora, tenía ciertos temores —decía—, como esos que podemos tener después de una larga ausencia, en donde es posible que empiecen a soplar los vientos helados de la conspiración o cuando se suceden esas calamidades que la gente luego dice que ‘lo habían predicho’…».

Así es como empezamos a ver y a oír (que es casi lo mismo cuando leemos en voz alta), la manera en que los celos —peores que los del moro de Venecia y sin el maldito Yago—, provocados por la locura a Leontes quien, en un momento dado, cree que Hermiona, su mujer, fiel y encantadora, con un embarazo de más de ocho meses, la engaña con su mejor amigo y, en ese momento, cae ese rayo que destruye casi todo lo que tenía a su alrededor y que Shakespeare los relata con unos versos inestables y caóticos que reflejan el estado mental de Leontes.

En esta lectura escuchamos, impotentes, cómo, en medio de la locura de este obcecado rey, condena a su mujer y la hace prisionera, al tiempo que el niño Mamilio, su primogénito, muere de tristeza y para colmo, ordena que maten a su hija, recién nacida en la celda como en esos cuentos (como el de Edipo Rey o Blanca Nieves) abandonándola en medio del campo en Bohemia (por eso se llama ‘Perdita’) para ser rescatada por unos pastores que la cuidan.

Estilamos al mismo tiempo ‘felicidad y desgracia, dolor y alegría, pasión, traición, heroísmo y vileza’, para que volvamos a sentir la imperiosa necesidad de tener una segunda oportunidad, una especie de renacimiento, una ocasión de perdonar a quien hayamos ofendido y, de pasada, rescatar lo que sea rescatable de aquello que teníamos e intentamos destruir.

Es una obra en donde ‘todo está en movimiento y el mundo de Shakespeare se vuelve cinético y disyuntivo que sobrevive con cierta delicadeza a sus propias contradicciones’ y, de esta manera, aprendemos tanto con este simulacro de la vida, como nunca antes lo habíamos podido hacer.


martes, 16 de febrero de 2016

Compartir el dolor y la furia de Lucrecia

Ciudad de México, a 18 de febrero, 2016.— 

Lucrecia, versión de Lucas Cranach, el Viejo (1472-1553)
Cuesta trabajo aceptar a los que se aprovechan de su fuerza para violar a una inocente. Por eso el poema lírico La violación de Lucrecia de Shakespeare sigue vigente y nos vuelve a sacudir el esqueleto de las emociones.

De 1592 a 1594 la plaga atacaba en Londres y los teatros los cerraban hasta nuevo aviso. Shakespeare se quedaba sin chamba y para compensar esa situación y probar si era un poeta exquisito, Shakespeare (1564-1616) decide escribir en esos años y dedicarle a Henry Wriothesley, Conde de Southampton (1573-1624) dos de sus poemas líricos: Venus y Adonis (1593) y La violación de Lucrecia (1594). El best-seller fue el poema de Venus a quien Adonis, por accidente, la ve desnuda mientras ella se baña hasta que el cazador furtivo la rechaza y terminar muriendo presa de sus propios lebreles. En cambio, el poema de La violación de Lucrecia está basado en los Fastos de Ovidio y de la historia de Roma de Tito Livio al final de la monarquía romana (509 a.C.) para darle paso a la República.

Me han regalado una nueva versión hecha por José Luis Rivas (Vaso Roto Ediciones, España 2015) que contrasta con la espléndida versión de Fátima Auad y Pablo Mañé en Río Nuevo, España, 1975, que he vuelto a leer de ‘pe a pa’.

Nunca presumas de la belleza ni de la fidelidad de tu mujer frente a tu jefe o frente a los poderosos, como lo hicieron algunos soldados que acampaban en Ardea, apostando por la fidelidad de sus esposas y Colatino exageraba de Lucrecia. Para cerrar las apuestas, salieron a confirmar lo dicho y todas estaban de juerga menos Lucrecia que hilaba esperando a su marido, como éste presumía con razón. Pero no se dio cuenta que fue la ocasión para que su jefe, el general Sexto Tarquino, hijo del rey de Roma, regresara por la noche para violarla.

Fue recibido regiamente como convenía a su grado. Esperó a la medianoche para entrar a su cuarto a traición para observarla desnuda mientras dormía, antes de atacar y violarla:

Cuanto contempla le hace delirar
y su mirada ansiosa ceba en sus ansias.
Con más que admiración él admira
las azules venas, el cutis de alabastro,
sus labios de coral y los hoyuelos del mentón,
blanco como la nieve.

Y los lectores somos voyeurs de las escenas cuando el tigre se prepara para atacar a su presa y destrozar su inocencia como la de la bella Lucrecia que, frente a su desconcierto, tiembla como un ave sorprendida por la muerte.

Después que el cobarde había huido, ella espera que llegue su marido y trata de consolarse con un cuadro de Troya donde está Hécuba, su reina, mirando con sus viejos ojos las heridas de Príamo que yace sangrante bajo el orgulloso pie de Pirro donde el pintor ha disecado la ruina del tiempo, el naufragio de la belleza y el dominio de la dura zozobra… y así, el poeta contrasta el estado de ánimo de Lucrecia con el de esa reina que ha perdido todo.

El poema tiene 1,850 versos y es un viaje por el inframundo de los violadores y el dolor y la furia de quien ha sido violada hasta que decide suicidarse frente a su padre, Junio Bruto y Colatino, su marido, después de haberles narrado lo sucedido para clavarse la daga y que su sacrificio los llevara a destruir al rey Tarquino, el Soberbio y a Sexto su hijo, para dar inicio a la República hasta que César Augusto acaba con la república e instala el Imperio en el año 27 de nuestra Era. 

martes, 9 de febrero de 2016

Escritora, hotelera, cabañista... presen- ause-

Mientras vamos caminando, nos sorprende con sus juegos para que tratemos de adivinar ¿quiénes somos?



Bárbara Jacobs (1947-) es una escritora de profundidad y alcance, reconocida con varios premios, entre ellos, el Villaurrutia (1987) cinco años después de que le publiqué Doce cuentos en contra (Martín Casillas Editores, 1982). Primero la había conocido familiarmente y luego, en los 70’s, fuimos compañeros del taller del cuento con Tito Monterroso en Difusión Cultural de la UNAM. Hace unos días he terminado de leer La dueña del Hotel Poe (ERA, México 2014) obra que he disfrutado tanto en sí misma, como por la empatía que le tengo y que me permitió reconocer e imaginar casi todos los juegos que hace y agregar algunas resonancias de otras lecturas como El Quijote de la Mancha, el libro de Margit Frenk Don Quijote ¿murió cuerdo? —ya citado— y relativo a El mono gramático de Octavio Paz, una obra que escribió durante su estancia en Cambridge en 1970, tal como lo explican en Octavio Paz y el Reino Unido (Conaculta-FCE, 2015) fue el parteaguas en la vida del Premio Nobel.

Entre otras cosas, La dueña tiene que ver con la ‘voz narradora’ que utiliza cada uno de los seudónimos: Ada Donada, Alfa Sigma o BD, en donde se le ocurre preguntarse después de… que se refiere a mí (¿Mí? ¿Y tú quién eres?), como leemos en la página 109, antes de seguir caminando para saber quién es o quiénes somos tal como lo aclara Jason Wilson en su ensayo sobre Paz cuando escribe que la pregunta es ¿quién está mirando a quién? y ¿quiénes somos?, pregunta que forma parte de la tradición surrealista sintetizada en la frase que abre el libro de Nadja de André Breton de 1929: Qui suis-je?


Por otro lado, Bárbara nos orilla para que el escritor sea como lector de sí mismo y nosotros los lectores de lo que aquél escribe y más adelante, vemos cómo es que Bárbara se parece a ‘la dueña del Hotel Poe’, que puede y no ser a la vez, como en esos autorretratos que están hechos tan de cerca que las imágenes se sobreponen cuando tratamos de verlos, sobretodo a través de la lectura cíclica o laberíntica en donde juega, una y otra vez, con la voz del narrador de la dueña del Hotel Poe, aunque ella dice que sólo quiere mostrar el revés de la trama y esta voz narrativa, diferente pero parecida a la de El Quijote que sabemos desea que, además de pintar los paisajes, hiciera una narración detalladísima de los acontecimientos, de las actitudes y acciones de los personajes y de sus más recónditas imaginaciones y la aguda percepción de su peculiar psicología —como dice Margit Frenk—, es decir, que sea la voz la que se dirige al lector y que se baste a sí misma, independientemente de su autor.

Nos dicen los expertos que en la penúltima secuencia de El mono gramático, Octavio Paz intentaba al escribir, trazar un texto que fuese efectivamente un camino que pudiese ser leído, recorrido como tal… y, a medida que escribía, el camino de Galta [1] se borraba o yo me desviaba y me perdía entre sus vericuetos.

Se trata de la metáfora tradicional de la vida como camino que tiene que ser recorrido y, cuando leo esto, hago una nota al margen, tal como lo hace Bárbara Jacobs.

Por supuesto que aceptamos la invitación de la dueña (como lectores) a la primera fiesta virtual que conozco —y que, por cierto, son las que más se nos antoja asistir en estas fechas—, donde tratamos de ver ¿quién está mirando a quien? o ¿quiénes somos? o, como se pregunta Bárbara, ¿qué soy sino lo que soy? y, sonreír no con los versos, sino con las oraciones de cabo roto, bien roto (p. 227 a 233) de esta escritora, hotelera, cabañista, huésped permanen- […] presen- ause-, hasta que la fiesta termina, como en la buenas novelas cuando alguien le pone punto final.


Martín Casillas de Alba
Ciudad de México a 10 de febrero, 2016.




[1] Galta está en las afueras de Jaipur; en Rajastán en la India… cuyos únicos habitantes actuales son los monos, mendicantes y parias.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Cuando las cosas son y no son al mismo tiempo

Son tantas y tales son sus vueltas y revueltas, sus enredos y sus contradicciones que queda uno sorprendido y anonadado.




Don Quijote y Rocinante en la versión de C. Ortega, 2009.
Ciudad de México, a 4 de febrero, 2016.— El análisis que hace Margit Frenk en Don Quijote ¿muere cuerdo? y otras cuestiones cervantinas (FCE, Centzontle, 2015) nos permite ver el intríngulis de su creación de tal manera que podemos disfrutar más la lectura de esa obra, al tiempo que descubrimos, que no comienza donde creíamos que lo hacía, con eso que citamos a cada rato: En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme… Sino que, en realidad, empieza en el Prólogo, en donde dice lo siguiente: Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento…, un texto que empieza revelándonos «la enorme complejidad del arte desplegado por Cervantes en el Quijote.»

¿Desocupado lector? Tiene toda la razón y más ahora que es raro conocer a alguien que tenga o se dé el tiempo para leer esta obra y quiera estar un rato solo y su alma leyendo ‘para sí’ y divirtiéndose con todos los juegos que nos propone.

En la Edad Media les llamaban Ocium a los que se dedicaban a pensar como Erasmo, Montaigne, Maquiavelo, etc., contrastando con los de acción que negaban el ‘Ocium’ y por eso se decían Negocium o como Margit ahora les llama Otiosus lector.

De entrada Cervantes nos dice que desea que ese hijo de su entendimiento fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudieran imaginarse. Bueno, pues, entre otras cosas, nos quiso decir que… «ya que tienes tiempo para leer mi libro, podrás adentrarte gozosamente en su lectura, leerlo con el mismo placer con el que yo lo fui escribiendo. Además, espero que te fijes en los mil intríngulis de su escritura.»

Para nuestra sorpresa, las cosas que vamos leyendo «son y no son al mismo tiempo» o «son esto, pero también lo contrario» (tal como lo encontré en el libro más reciente de Bárbara Jacobs: La dueña del Hotel Poe) y así entramos a esta fiesta esbozando una sonrisa, cuando leemos que… Muchas veces tomé la pluma para escribille, y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría. ¡Ándale, pues! Es decir, el prólogo está y no escrito, hasta que entra un amigo que, al verlo pensativo, le pregunta qué le pasaba y él contesta …que pensaba en el prólogo que había de hacer a la historia de don Quijote, y que me tenía de suerte que ni quería hacerle. Entonces, el amigo le dice lo que no quería escribir y para colmo, como sabe que no tendrá juicios laudatorios, como se acostumbraba en el siglo XVII, decide pasar el micrófono a los personajes de ficción como Urganda, la desconocida; Amadís de Gaula y Belianís de Grecia; la Señora Oriana y Gandalín, el escudero de Amadís o esta Del Donoso, poeta entreverado (que escribe poemas donde mezcla cosas diversas), a Sancho Panza y Rocinante, con unas ‘décimas de cabo roto’:

          Soy Sancho Panza, escude—
          del manchego don Quijo—;
          puse pies en polvoro—,
          por vivir a los discre—,
         que el tácito Villad—, 

y un etcétera (delicioso), antes que leamos lo escrito por Orlando el Furioso y, para terminar, el diálogo entre Babieca, el caballo del Cid y Rocinante, el de don Quijote, en donde éste concluye diciendo: 

          ¿Cómo me he de quejar en mi dolencia,
          si el amo y escudero o mayordomo
          son tan rocines como Rocinante?

Concluido el Prólogo, ahora sí pasamos a la acción en donde la voz (de la que hablaremos en otra ocasión) no quiere acordarse de ese lugar de la Mancha y, de ahí en adelante, desocupados como estamos, lámpara al ristre, seguimos esta historia que es la más grande jamás escrita sobre los caballeros andantes que ha habido en el mundo.