sábado, 16 de abril de 2016

La emoción al cruzar el puente

Ciudad de México, sábado 16 de abril, 2016.—

Los nobles ingleses cruzan el Támesis para ir al teatro El Globo. Siglo XVII.
Concentrado este año en Cervantes y Shakespeare porque los dos cumplen 400 años de su muerte, vuelvo a comprobar que la literatura sirve de algo, sobre todo, si lo conectamos con nuestros sueños o con las experiencias de nuestra vida de tal manera que ésta se refresca tal como ha pasado ahora con Un hombre en el espejo de Stephen Greenblatt y el capítulo ‘Cruzar el puente’ donde pude asociar lo que sintió aquel joven Shakespeare cuando salió de su casa para irse a Londres con veintitantos años, dejando a su hija Susanna (1583), nacida a los seis meses de su boda con Anne Hathaway (ocho años mayor que él) y a los gemelos Judith y Hamnet (1585), para irse a trabajar y ejercer su oficio como no podía hacerlo en casa, además de lo complicado que pudo haber sido eso de seguir viviendo en la casa paterna con tres chiquillos llorando y él con ganas de ser actor y dramaturgo.

No se sabe si cuando llegó a Londres trabajó como ‘valet-parking’, recibiendo a los caballeros que llegaban montando al teatro o si se fue a Londres huyendo de las garras del poderoso Thomas Lucy, como luego leemos en Tito Andrónico que le pregunta Demetrio a Aarón:

¿Qué, nunca has derribado a una corza y te la has llevado en las narices del guardabosque?

O, a lo mejor, la compañía de actores Los Hombres de la Reina, pasaron por Stratford-upon-Avon en 1587, con la baja del actor William Knell que había sido asesinado en Thame, ¿no le habrán ofrecido su lugar a ese novato que tenía capacidad de actuar?  En ese caso, se fue de gira hasta los acantilados de Dover, como luego los describe Edgar en Rey Lear.

Cuando llega a finales de los 1580’s a Londres sé que tuvo la misma sensación como con la de ese otro joven provinciano de Guadalajara cuando llegó a la Ciudad de México, con sus veintitrés años de edad y pronto un par de hijos para quedarse a vivir y trabajar ahí por el resto de su vida.

Cuando Will llega a Londres, ve los astilleros, los almacenes, los artesanos, los monasterios demolidos y las granjas que surtían a los doscientos mil habitantes que había en esa ciudad en donde ‘se sintió libre y pudo gozar del anonimato y de sus fantasías: pudo escapar de sus orígenes para, con el tiempo, convertirse en otra persona’ —como dice Greenblatt.

En sus obras hay escenas de personajes que se han separado de sus familias y se han despojados de sus raíces que dan de trompicones por los territorio en el que no están familiarizados: ‘Rosalinda y Celia en el bosque de Arden; Viola en la costa de Illiria; Lear, Gloucester y Edgar en el páramo; Pericles en Tarso; la pequeña Perdita en Sicilia; Imogenia en los montes de Gales, y Próspero y Miranda en una isla del Caribe.’

‘Shakespeare había comprendido algo que luego fue importante en sus obras —dice Greenblatt—: pudo arrancar partes de sí mismo y de sus orígenes, moldear cada una de ellas de manera viva y luego, al mismo tiempo, reírse de ellas, estremecerse con ellas y destruirlas.’

La visión que tuvo de Londres con sus multitudes, el ruido, el olor de su aliento, el alboroto y la violencia, pudo haber sido la primera y más duradera impresión que tuvo Shakespeare de la gran ciudad, como luego lo confirmamos en varias de sus obras. Tal cual, este juego de espejos en el tiempo.



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