sábado, 2 de abril de 2016

El monstruo en el espejo

Ciudad de México, sábado 2 de abril, 2016.—

¡Por el amor de Dios, un vaso de cerveza!, gritaba Cristóbal Sly.

Igual que en nuestros días, la adicción al alcohol destruye a las personas que, a su vez, destruyen a sus familias. Stepehen Greenblatt propone en El espejo de un hombre. Vida, obra y época de William Shakespeare (en el original Will in the World: How Shakespeare Became Shakespeare, 2005, (430 pp.) que John Shakespeare (1531-1601), el padre del poeta, pasa de ser un guantero respetado en Stratford-upon-Avon, alguacil a cargo de la paz y luego es el Alcalde antes de perder todas sus propiedades, traficar con lana y ser perseguido por sus deudores, tal vez por beber cerveza.

Lo que más le gustaba a Shakespeare desde su infancia —como Mozart, la música o Andrés mi hermano, la arquitectura—, era el lenguaje y la actuación: imaginemos que estaba desde la infancia fascinado por el lenguaje y obsesionado por la magia de las palabras, pues oía cosas en los sonidos de las palabras que otros no oían y establecía asociaciones que otros no establecían, inundado por un placer muy suyo —como explica Greenblatt.

Y luego nos hace ver cómo es que en sus obras se produce, una y otra vez, una catástrofe imprevista —el naufragio es una de sus manifestaciones favoritas— que de repente convierte lo que parecía un desenlace feliz, un viaje próspero y tranquilo, en un desastre, en un horror y en una grave pérdida.

A fin de cuentas, vemos en varias de sus obras a esos monstruos reflejados en el espejo, tal como Greenblatt relaciona su vida con sus obras y por eso destaca que a lo largo de su carrera, Shakespeare no dejó de pensar en la ebriedad y en ese toma y daca que hace su vida y sus obras, logra expresar los deseos y los miedos más profundos e íntimos de (él y de) su público, como los nuestros que ahora pululamos, cuatro siglos después, en los teatros.

Greenblatt descubre al hombre real que escribió la colección más importante de literatura imaginativa del último milenio y supone que pudo haber sido víctima de un padre alcohólico a partir de que lo nombraron ‘catador de cerveza’, hasta que se aficionó por ella cosa que lo llevó a la ruina.

Y con eso se acomodan muchas piezas y asociamos algunas cosas, como aquel joven que iba a sacar a su suegro borracho de uno de los burdeles que había por la Calzada en Guadalajara para llevarlo al hospital para que le curaran la cruda infernal. Destruida su familia murió de cirrosis. El alcoholismo: el monstruo en el retrovisor.

Hamlet le explica a Horacio que hay ciertos individuos que por algún lunar de su naturaleza, es decir, por alguna propensión innata o debilidad, arruinan lo que habría podido ser una vida admirable y luego, Claudio, el usurpador del trono en Elsinore, arrejuntado con Gertrudis, la madre de Hamlet, beben todo el tiempo sabiendo que eso quita a nuestros méritos, por altos que sean, la médula de nuestro prestigio.

O el borrachito Cristóbal Sly, cuando le juegan una broma antes de empezar con La fierecilla domada y crudo, pedía a gritos una cerveza: ¡Por el amor de Dios, un vaso de cerveza!... ¡Pues qué! ¿Pretenden volverme loco? ¿No soy acaso Cristóbal Sly, hijo del viejo Sly de Burton-Heath…? Pidan informes sobre mí a Mariana Hacquet, la gorda tabernera de Wincot, y si les dice que no le debo catorce peniques de cerveza, considérenme el más descarado embustero de la cristiandad. No, señor; no estoy loco. ¿Hablo claro?… ¡Por última vez, denme un vaso de cerveza fuerte!

Tal cual. El monstruo en el espejo.


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