miércoles, 24 de febrero de 2016

La riqueza del mundo imaginado

Ciudad de México, a 24 de febrero, 2016.— 


«Todo está en Shakespeare: su época y la nuestra, lo que hay en ellas de idéntico y de diferente, la grandeza de la literatura y los milagros que el arte realiza en la vida de las gentes, así como la manera en que la vida de los humanos destila al mismo tiempo felicidad y desgracia, dolor y alegría, pasión, traición, heroísmo y vileza. Toda la inconmensurable riqueza del mundo fantaseado por Shakespeare sale a la luz de manera cegadora y espléndida en este Cuento de invierno concebido por el director inglés-irlandés Declan Donnellan». (Ilustración de Fernando Vicente).

Esto es lo que opinó el domingo pasado Mario Vargas Llosa (El País, 21.02.16) a propósito de esa obra de teatro que vio en Madrid en la versión del director inglés/irlandés con un reparto de primera  y subtítulos en español, donde confirma, una vez más, lo que decía hace tiempo que… Una buena obra de teatro es el mejor simulacro de la vida, tal como resultó esa puesta en escena que delata la absurdidad y las bellaquerías en que se mueve la vida política.

Hace dos o tres años, durante la Feria de Minería, preparé un texto e hice una lectura dramatizada basada en la misma obra que titulé La ira de Leontes y que empieza como lo hacen los cuentos de hadas de la siguiente manera:

«Había una vez un en Sicilia un rey llamado Leontes que había invitado a su amigo Políxenes, el rey de Bohemia, para que pasara en su casa una temporada de vacaciones. Habían pasado tantos meses que el rey de Bohemia quería regresar a su tierra, después de haber pasado tanto tiempo feliz de la vida, pues ahora, tenía ciertos temores —decía—, como esos que podemos tener después de una larga ausencia, en donde es posible que empiecen a soplar los vientos helados de la conspiración o cuando se suceden esas calamidades que la gente luego dice que ‘lo habían predicho’…».

Así es como empezamos a ver y a oír (que es casi lo mismo cuando leemos en voz alta), la manera en que los celos —peores que los del moro de Venecia y sin el maldito Yago—, provocados por la locura a Leontes quien, en un momento dado, cree que Hermiona, su mujer, fiel y encantadora, con un embarazo de más de ocho meses, la engaña con su mejor amigo y, en ese momento, cae ese rayo que destruye casi todo lo que tenía a su alrededor y que Shakespeare los relata con unos versos inestables y caóticos que reflejan el estado mental de Leontes.

En esta lectura escuchamos, impotentes, cómo, en medio de la locura de este obcecado rey, condena a su mujer y la hace prisionera, al tiempo que el niño Mamilio, su primogénito, muere de tristeza y para colmo, ordena que maten a su hija, recién nacida en la celda como en esos cuentos (como el de Edipo Rey o Blanca Nieves) abandonándola en medio del campo en Bohemia (por eso se llama ‘Perdita’) para ser rescatada por unos pastores que la cuidan.

Estilamos al mismo tiempo ‘felicidad y desgracia, dolor y alegría, pasión, traición, heroísmo y vileza’, para que volvamos a sentir la imperiosa necesidad de tener una segunda oportunidad, una especie de renacimiento, una ocasión de perdonar a quien hayamos ofendido y, de pasada, rescatar lo que sea rescatable de aquello que teníamos e intentamos destruir.

Es una obra en donde ‘todo está en movimiento y el mundo de Shakespeare se vuelve cinético y disyuntivo que sobrevive con cierta delicadeza a sus propias contradicciones’ y, de esta manera, aprendemos tanto con este simulacro de la vida, como nunca antes lo habíamos podido hacer.


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