martes, 9 de febrero de 2016

Escritora, hotelera, cabañista... presen- ause-

Mientras vamos caminando, nos sorprende con sus juegos para que tratemos de adivinar ¿quiénes somos?



Bárbara Jacobs (1947-) es una escritora de profundidad y alcance, reconocida con varios premios, entre ellos, el Villaurrutia (1987) cinco años después de que le publiqué Doce cuentos en contra (Martín Casillas Editores, 1982). Primero la había conocido familiarmente y luego, en los 70’s, fuimos compañeros del taller del cuento con Tito Monterroso en Difusión Cultural de la UNAM. Hace unos días he terminado de leer La dueña del Hotel Poe (ERA, México 2014) obra que he disfrutado tanto en sí misma, como por la empatía que le tengo y que me permitió reconocer e imaginar casi todos los juegos que hace y agregar algunas resonancias de otras lecturas como El Quijote de la Mancha, el libro de Margit Frenk Don Quijote ¿murió cuerdo? —ya citado— y relativo a El mono gramático de Octavio Paz, una obra que escribió durante su estancia en Cambridge en 1970, tal como lo explican en Octavio Paz y el Reino Unido (Conaculta-FCE, 2015) fue el parteaguas en la vida del Premio Nobel.

Entre otras cosas, La dueña tiene que ver con la ‘voz narradora’ que utiliza cada uno de los seudónimos: Ada Donada, Alfa Sigma o BD, en donde se le ocurre preguntarse después de… que se refiere a mí (¿Mí? ¿Y tú quién eres?), como leemos en la página 109, antes de seguir caminando para saber quién es o quiénes somos tal como lo aclara Jason Wilson en su ensayo sobre Paz cuando escribe que la pregunta es ¿quién está mirando a quién? y ¿quiénes somos?, pregunta que forma parte de la tradición surrealista sintetizada en la frase que abre el libro de Nadja de André Breton de 1929: Qui suis-je?


Por otro lado, Bárbara nos orilla para que el escritor sea como lector de sí mismo y nosotros los lectores de lo que aquél escribe y más adelante, vemos cómo es que Bárbara se parece a ‘la dueña del Hotel Poe’, que puede y no ser a la vez, como en esos autorretratos que están hechos tan de cerca que las imágenes se sobreponen cuando tratamos de verlos, sobretodo a través de la lectura cíclica o laberíntica en donde juega, una y otra vez, con la voz del narrador de la dueña del Hotel Poe, aunque ella dice que sólo quiere mostrar el revés de la trama y esta voz narrativa, diferente pero parecida a la de El Quijote que sabemos desea que, además de pintar los paisajes, hiciera una narración detalladísima de los acontecimientos, de las actitudes y acciones de los personajes y de sus más recónditas imaginaciones y la aguda percepción de su peculiar psicología —como dice Margit Frenk—, es decir, que sea la voz la que se dirige al lector y que se baste a sí misma, independientemente de su autor.

Nos dicen los expertos que en la penúltima secuencia de El mono gramático, Octavio Paz intentaba al escribir, trazar un texto que fuese efectivamente un camino que pudiese ser leído, recorrido como tal… y, a medida que escribía, el camino de Galta [1] se borraba o yo me desviaba y me perdía entre sus vericuetos.

Se trata de la metáfora tradicional de la vida como camino que tiene que ser recorrido y, cuando leo esto, hago una nota al margen, tal como lo hace Bárbara Jacobs.

Por supuesto que aceptamos la invitación de la dueña (como lectores) a la primera fiesta virtual que conozco —y que, por cierto, son las que más se nos antoja asistir en estas fechas—, donde tratamos de ver ¿quién está mirando a quien? o ¿quiénes somos? o, como se pregunta Bárbara, ¿qué soy sino lo que soy? y, sonreír no con los versos, sino con las oraciones de cabo roto, bien roto (p. 227 a 233) de esta escritora, hotelera, cabañista, huésped permanen- […] presen- ause-, hasta que la fiesta termina, como en la buenas novelas cuando alguien le pone punto final.


Martín Casillas de Alba
Ciudad de México a 10 de febrero, 2016.




[1] Galta está en las afueras de Jaipur; en Rajastán en la India… cuyos únicos habitantes actuales son los monos, mendicantes y parias.

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