miércoles, 3 de febrero de 2016

Cuando las cosas son y no son al mismo tiempo

Son tantas y tales son sus vueltas y revueltas, sus enredos y sus contradicciones que queda uno sorprendido y anonadado.




Don Quijote y Rocinante en la versión de C. Ortega, 2009.
Ciudad de México, a 4 de febrero, 2016.— El análisis que hace Margit Frenk en Don Quijote ¿muere cuerdo? y otras cuestiones cervantinas (FCE, Centzontle, 2015) nos permite ver el intríngulis de su creación de tal manera que podemos disfrutar más la lectura de esa obra, al tiempo que descubrimos, que no comienza donde creíamos que lo hacía, con eso que citamos a cada rato: En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme… Sino que, en realidad, empieza en el Prólogo, en donde dice lo siguiente: Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento…, un texto que empieza revelándonos «la enorme complejidad del arte desplegado por Cervantes en el Quijote.»

¿Desocupado lector? Tiene toda la razón y más ahora que es raro conocer a alguien que tenga o se dé el tiempo para leer esta obra y quiera estar un rato solo y su alma leyendo ‘para sí’ y divirtiéndose con todos los juegos que nos propone.

En la Edad Media les llamaban Ocium a los que se dedicaban a pensar como Erasmo, Montaigne, Maquiavelo, etc., contrastando con los de acción que negaban el ‘Ocium’ y por eso se decían Negocium o como Margit ahora les llama Otiosus lector.

De entrada Cervantes nos dice que desea que ese hijo de su entendimiento fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudieran imaginarse. Bueno, pues, entre otras cosas, nos quiso decir que… «ya que tienes tiempo para leer mi libro, podrás adentrarte gozosamente en su lectura, leerlo con el mismo placer con el que yo lo fui escribiendo. Además, espero que te fijes en los mil intríngulis de su escritura.»

Para nuestra sorpresa, las cosas que vamos leyendo «son y no son al mismo tiempo» o «son esto, pero también lo contrario» (tal como lo encontré en el libro más reciente de Bárbara Jacobs: La dueña del Hotel Poe) y así entramos a esta fiesta esbozando una sonrisa, cuando leemos que… Muchas veces tomé la pluma para escribille, y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría. ¡Ándale, pues! Es decir, el prólogo está y no escrito, hasta que entra un amigo que, al verlo pensativo, le pregunta qué le pasaba y él contesta …que pensaba en el prólogo que había de hacer a la historia de don Quijote, y que me tenía de suerte que ni quería hacerle. Entonces, el amigo le dice lo que no quería escribir y para colmo, como sabe que no tendrá juicios laudatorios, como se acostumbraba en el siglo XVII, decide pasar el micrófono a los personajes de ficción como Urganda, la desconocida; Amadís de Gaula y Belianís de Grecia; la Señora Oriana y Gandalín, el escudero de Amadís o esta Del Donoso, poeta entreverado (que escribe poemas donde mezcla cosas diversas), a Sancho Panza y Rocinante, con unas ‘décimas de cabo roto’:

          Soy Sancho Panza, escude—
          del manchego don Quijo—;
          puse pies en polvoro—,
          por vivir a los discre—,
         que el tácito Villad—, 

y un etcétera (delicioso), antes que leamos lo escrito por Orlando el Furioso y, para terminar, el diálogo entre Babieca, el caballo del Cid y Rocinante, el de don Quijote, en donde éste concluye diciendo: 

          ¿Cómo me he de quejar en mi dolencia,
          si el amo y escudero o mayordomo
          son tan rocines como Rocinante?

Concluido el Prólogo, ahora sí pasamos a la acción en donde la voz (de la que hablaremos en otra ocasión) no quiere acordarse de ese lugar de la Mancha y, de ahí en adelante, desocupados como estamos, lámpara al ristre, seguimos esta historia que es la más grande jamás escrita sobre los caballeros andantes que ha habido en el mundo. 

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