martes, 26 de enero de 2016

Las travesías que acaban en tragedia

Ciudad de México, a jueves 28 de enero, 2016.— 

Cordelia en la corte del Rey Lear, obra de Sir John Gilbert, (1873).
"Mucha gente en Cataluña no percibe que le están animando a caminar hacia un espejismo… por eso, es preciso recordarles que están emprendiendo una travesía dramática que puede acabar en un trágico e innecesario naufragio" y con esto que leímos en El País escrito por Francisco J. Laporta el pasado lunes 25 de enero, pensamos en la vigencia del Rey Lear de Shakespeare como si esa variable fuese la prueba de fuego para que los autores entren con sus obras bajo el brazo y la cabeza en alto y muy campantes por los jardines del Parnaso donde habitan los dioses y los artistas que perduran en el tiempo.

La vigencia tiene que ver con situaciones por las que atravesamos y una sociedad se puede convulsionar por esas crisis que implican cambios de fondo. A nivel individual, la vigencia tiene que ver con las emociones y pasiones con las que hace siglos enloquecemos, como sucede con el amor con el que tantas veces vemos la realidad distorsionada (bien dicen que ‘el amor es ciego’) o cuando nos condenan y nos hacen cimbrar con la caída, sin reconocer lealtades ni fidelidades o cuando nos azotamos en la lona objetos de un malentendido o de una traición o cuando aplicamos el ‘respeto al derecho ajeno’ y somos víctimas de alguno de esos males que había encerrados en la jarra de Pandora hasta que los dejó escapar por curiosidad y se esparcieron por todo el género humano para que pululen por los aires como lo hace la envidia, los celos, el hostigamiento y tantas otras como esas que podemos reconocer al ver o leer las obras de Shakespeare y de esa manera confirmar su vigencia.

James Shapiro escribió The Year of Lear. Shakespeare in 1606, (Simon & Schuster, 2016), en donde revisa los sucesos alrededor del 1606, cuando se estrenó Rey Lear en la corte de Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia. Desde antes de ser coronado Rey, promovía la unión de Escocia e Inglaterra como Bretaña y para eso, ya había escrito Basilikon Doron, donde advertía los peligros de dividir (o de mantener divididos) los reinos, como lo había hecho Bruto tal como lo contaban en la obra anónima, La lamentable tragedia de Locrine, el hijo mayor del rey Bruto, en donde Bruto había dividido el reino entre sus tres hijos: Locrine, Albanact y Camber en lugar de hacerle caso a Abraham, el de la Biblia, para que Isaac heredara sus reinos a su hijo mayor, porque si repartes tus reinos, sembrarás la semilla de la división y la discordia entre tus herederos.

La propuesta la llevó Jacobo I al Parlamento pero, un día antes de la solemne reunión el 5 de noviembre de 1605, fue descubierta la ‘conspiración de la pólvora’ y agarraron al escocés Guy Fawkes con sus antorchas en la mano, escondido en el sótano del Palacio de Westminster, con dos decenas de barriles de pólvora para volar por los aires el Palacio provocando la muerte no sólo de mi persona (el Rey), sino de mi esposa y todo el cuerpo del Estado.

Ahora la vigencia Rey Lear es notable pues esta obra inicia cuando este viejo Rey divide su reino entre sus hijas Gonerila, Regania, desheredando a Cordelia, la más querida de todas a quien  exilió hasta que los dos mueren prisioneros. Y nosotros pensamos en la debacle que hay ahora en Cataluña, ‘caminando hacia el espejismo’ para separarse de España y de la Unión Europea, como algunos escoceses del Reino Unido y éste de la Unión Europea.


Mejor vean Rey Lear y el caos, producto de la separación. ¿No creen?

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