miércoles, 23 de septiembre de 2015

El encuentro de Stephen Greenblatt con Shakespeare

México D.F., a 23 de septiembre, 2015.-

Encontré esta nota de The New York Times que habla de una diferente manera de enseñar a ese Shakespeare que tanto nos gusta.


Una vez que la leamos con calma, podremos comentarla en este blog, que para eso está.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Cuando se acotó el poder absoluto

México D.F., a sábado 19 de septiembre, 2015.—

El 15 de junio de 1215, cuando el rey Juan firma la Carta Magna.

Cómo entender mejor esos sucesos que cambian las relaciones de poder como sucedió en 1215 cuando el rey Juan I firmó la Carta Magna que cambió para el resto de nuestra historia esa relación y logró, no tanto por su contenido, sino por el hecho, que los nobles hayan acotado el poder absoluto, forzando al Rey a aceptar los términos que establecían. La Carta empieza así: “Dado de nuestro puño y letra en el prado que se llama Runnymede, entre Windsor y Staines, el día decimoquinto del mes de junio del decimoséptimo año de nuestro reino…”, y a continuación se listan los sesenta y tres puntos con los que los aristócratas aseguraban sus derechos feudales frente al poder del Rey en esta Carta Magnarum Libertatum que ha sido el origen de lo que años después sería el Parlamento, ese que los reyes tienen que consultar para la toma de decisiones. Bueno, pues este año se celebran ochocientos de su firma.

Una manera de conocer esto sería a través de la historia, con las Crónicas de Inglaterra, Escocia e Irlanda de Holinshed (1587) o con el Book of Martyrs de John Foxe (1563), pero también hay otras maneras de hacerlo como he preferido hacerlo con la lectura de La vida y muerte del rey Juan, una obra histórica de Shakespeare (1596) que resulta es más divertida con la que podemos reconocer la temperatura de los sucesos y los personajes en los tiempos del rey Juan I (1199-1216) o Juan Sin-Tierra, para tener de esa manera y desde una nueva perspectiva, el contexto de la Carta Magna.

En la Edad Media no estaba claro quién tenía derecho a heredar la corona y en este caso si era Juan, el hermano menor de Ricardo I, Corazón de León, con treinta y dos años de edad o Arturo, con trece, quien era el primogénito de Godofredo, un hermano intermedio con ahora su viuda Constanza, duquesa de Britania.

Los nobles estaban atentos a esos vientos huracanados como ahora los políticos que quieren mantenerse en el poder a como de lugar y, para eso, cambian de partido y del PAN se van al PRD o al PRI. Igual en aquel entonces, pasaron de estar con el rey Juan, a apoyar a la duquesa o, de plano, con el Delfín francés.

La hipocresía, la doblez, la falsedad y el perjurio, así como, las conspiraciones, el saqueo de los monasterios, los juicios sumarios, las amenazas por excomunión de parte del Papa Inocencio III, estaban a la orden del día, incluyendo varios dilemas morales y éticos.

Shakespeare escribió esta obra en 1596 y nos ofrece, con la misma enjundia de otras de sus obras históricas, el contexto y las carencias de liderazgo de un Rey que declaró la guerra y mandó matar a su sobrino Arturo, para ser abandonado por sus nobles y que se fueran con el Delfín que ya invadía la Isla.

El rey Juan se doblegó y cedió su reino como feudo de Roma y firmó la Carta Magna un año antes de morir envenenado por un fraile. Así podremos tener una mejor idea del inicio del siglo XIII y la decadencia de un Rey que ejercía el poder absoluto.

Por ahí escuchamos el discurso de Constanza cuando sabe que ha perdido a su hijo que nos remite al dolor de esas madres que los han perdido en otras guerras, como en la de Ayotzinapa, logrando, de alguna manera una catarsis.



lunes, 14 de septiembre de 2015

Una obra trágico-cómica

México D.F. a lunes 14 de enero, del 2015.- Si fuese una partitura, el tono que podría haber escogido Flavio González Mello, quien adapto y dirigió el Hamlet de William Shakespeare, sería en 'Mi bemol sostenido'pero como no es un musical sino una obra de teatro, creo que lo que ha logrado es una obra trágico-irónica, un nuevo género que debería de incluirlo en su catálogo el maestro Polonio (Emilio Guerrero) para que lo agregue en los tipos de obras que pueden representar la compañía de actores itinerante que ha llegado al castillo de Elsinore para distraer al Príncipe.

Es una obra parteaguas de las versiones que hemos visto y que ahora pueden ver en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural de la UNAM, con un aforo de 45 persones (por eso, hay que comprar los boletos con tiempo y mucha paciencia).

Flavio tomó la obra entre sus manos y le dio ese tono de manera sostenida a partir de la ‘tercera-llamada-tercera’, cuando comienza Fernando Bonilla, como uno de los enterradores que, junto con Omar Medina, como el otro enterrador, veamos todo lo que va a suceder desde esta óptica que aparenta ser cómica pero que en realidad es trágica e irónica, en donde el público primero está a un lado de una tumba enorme y negra como su madre —que se transforma en una espléndida alberca de ese especie de Spa-Elsinore, un hueco en la tierra al que después nos manda Flavio para que veamos desde ahí los sucesos de las últimas dos partes de su obra, esta que dura cuatro horas con todo y sus dos intermedios, para que veamos, desde esa perspectiva, cómo es que van cayendo como moscas los personajes de la obra como cae Arturo Ríos, quien ya había muerto y se había convertido en el Fantasma-Hamlet pero que también hace el papel del rey Claudio, ese rey fratricida que ha usurpado el reino de Dinamarca con todo y la cuñada, la ahora también reina, antes de morir de una estocada, a pesar de pronunciar ‘Hamlet’ exagerando su tono, ese que ya no tengo porqué repetirlo, muy a la manera de Flavio, pleno de ironía en ese gesto menor, con el que nos imaginamos que el rey se burla del joven príncipe, aunque al final le hace beber agua de su propio chocolate, poco después que ha muerto Laertes (Leonardo Ortizgris), a quien también le dieron de esa misma agua para caer al suelo arrepentido, de una vez en esa tumba enorme, en donde nos encontramos, después de ver a su hermana Ofelia (Marianna Burelli) que se ha ahogado en el remanso de un río. Ahí mismo también cae la reina Gertrudis (Nailea Norvind), después de haber desplegado —ya sabemos cómo—, su sexualidad y ligereza de espíritu —con cierta ironía—, hasta que, feliz de ver a su hijo dominar las tres tocadas de esgrima y, sin saber que había caído en una ratonera, bebe del vino que su marido había preparado para su hijo, el Príncipe Hamlet representado por Pedro de Tavira Egurrola que, sin duda, se lleva las palmas de la obra en una actuación de primera, agotadora por las 1,509 líneas que le toca declamar sin perder, en ningún momento, el tono de la obra para convertirse, si la puesta en escena fuese un partido de fútbol, en el Capitán del equipo.

El público es parte de la obra. El quinto poder es miembro de la corte del rey aplaudiendo su primer discurso, o como parte del cortejo que acompaña a Laertes al entierro de su hermana Ofelia muy de cerca o como asistente, tras bambalinas, del encuentro entre Hamlet y su madre resuelto como debió de haber sido en esa extraña Edad Media en la que sucedieron todas estas desventuras.

La obra dentro de la obra, es decir, La Muerte de Gonzaga o La Ratonera, la resuelve Flavio de manera magistral usando los espejos translúcidos en donde todo mundo puede ver su imagen deformada a semejanza, como esas pantallas para representar detrás de ellas esa especie de película muda en donde vemos, como en los años veintes, a la reina y a su rey que desea dormir una siesta antes de que aparezca el villano con el veneno que le va a surtir por la oreja. ¡Genial!

El famoso discurso de ‘se es o no se es’, como lo propone ahora Flavio, lo adapta para ofrecerlo cuando menos nos lo imaginamos, quitándole, de una vez por todas, su solemnidad y poder así incorporarla al Mi bemol sin que dejemos de esbozar una sonrisa —irónica.

Con la llegada de Rosencrantz y Guildenstern, Flavio logra componer un movimiento que podríamos clasificar como Allegro con mota, en una especie de reunión de viejos amigos de la prepa en donde Hamlet detecta la hipocresía tan clara que por eso, justifica cuando les dice que Dinamarca es una cárcel pero que él, aunque ‘viva en una cáscara de nuez, se puede sentir el rey del universo’, y viendo a sus dos compañeros así, tirados en el suelo, Flavio compone frente a sus amigos de la infancia y nos dice en un Andante ma non molto aquello de… ¡Qué espléndida obra es un hombre!, ¡qué noble en su razón!, ¡qué infinito en su facultad!... y nos duele, como nos va doliendo ese sufrir tan disparejo del joven bipolar, maniaco-depresivo, como podría ser diagnosticado en nuestros días el joven Hamlet.

Flavio González Mello ha logrado lo que pocos directores de teatro han podido hacer: montarse sobre una obra como ésta —que se supone es la joya de la corona— y quitarle el albardón y toda clase de decorados, para correr a pelo dejando que se vean al natural por un lado, la tragedia y la pena y por el otro, la furia de saber que algo está podrido en Dinamarca pero que, de todas maneras, es ahí donde ha decidido vivir y morir, para que sea Horacio o el Enterrador, quien nos cuente, una y otra vez, esa historia, pues bien sabe que ‘la vida de un hombre no es mucho más que contar hasta uno’, para, seriamente compadecernos, a pesar de todas las ironías, con Horacio de que ‘aquí se quiebra un noble corazón’ y con esto, más o menos, nos despiden deseándonos buenas noches ‘oh dulces príncipes’, mientras que los ángeles acompañan a Hamlet ‘cantando hasta su final descanso’ y nosotros escuchamos el tambor (con la música compuesta por Eduardo Gamboa), para anunciar la entrada a Fortinbrás, el noruego, que llega con su uniforme militar para tomar posesión del reino de Dinamarca fácilmente ha conquistado.

‘Ordenen que estos cuerpos —dice Horacio y nosotros pensamos en los nuestros— sean expuestos en lo alto de un tablado y desde ahora déjenme contarles al mundo ignorante, cómo es que sucedieron todas estas cosas para que así conozcan de las acciones carnales y sangrientas contra natura, de los irreflexivos juicios, de los homicidios casuales, de las muertes conseguidas con astucia y causadas por la fuerza y, a manera de conclusión, los propósitos errados que cayeron en las cabezas de sus inventores’.

Una obra que marca con claridad, tanto su razón de ser, como por su intención, una nueva etapa que aplaudimos con ganas a Flavio González Mello, el dramaturgo que ha llegado con esta obra a su plena madurez.