jueves, 12 de diciembre de 2013

El que ríe al último, ríe mejor

Maestri como un Falstaff de memoria.
He leído en The Economist del pasado 30 de noviembre , en el artículo titulado “Bigger on the inside” (pp. 63), una nota sobre el fenómeno que cada vez es más popular: transmitir a las pantallas en alta definición óperas, circos y shows de televisión, a lo que le añadiría obras de teatro, tal como lo hacen desde el London National Theatre. En esa misma nota entrevistan a Alejandro Ramírez, el dueño de Cinépolis donde declara que “tenemos presencia en 78 ciudades donde, en la gran mayoría, no hay ópera” como los 300 mil que hasta ahora han asistido este año a verla en diferentes salas del mundo, y como podrán asistir para ver al Cirque du Soleil en 3D y, con eso, el abanico de posibilidades de disfrutar obras de ese nivel en cualquiera de las 78 ciudades de México, es una realidad.

No sabía que Falstaff fue la última ópera que compuso Verdi cuando tenía 80 años y menos que el final de esa ópera podría ser un mensajito que nos dejaba o parte de su filosofía de la vida, cosa que no me esperaba de él que siempre imaginé como un hombre más bien solemne. Por eso, es sorprendente que haya puesto en la boca del viejo Sir John Falstaff esto que nos asegura: todo en el mundo es una burla. El hombre es burlón y en su cerebro siempre vacila la razón. ¡Todos somos engañados! Todo hombre se ríe de los demás, pero el que ríe al último, ríe mejor.

Verdi fue el hombre más famoso de la Italia del siglo XIX y la gente hacía pintas con un “¡VIVA VERDI!”, en donde VERDI eran también las siglas del movimiento italiano de liberación contra la dominación austriaca y que escondían a la policía el “¡VIVA Vittorio Emmanuele Re d´Italia!”

De pronto, parece que hace a un lado la solemnidad, se suelta el pelo y se pone a trabajar con su amigo el libretista Arrigo Boito para componer esta comedia lírica basada en ese viejo enorme como conocimos a Falstaff retomado del personaje que sale en Enrique IV, Primera y Segunda parte y su caricatura en Las alegres comadres de Windsor de Shakespeare.

Hoy sábado transmiten del MET de NY la ópera Falstaff de Verdi bajo la dirección de James Levin y el barítono Ambrogio Maestri (1970-) hará el papel principal de esta comedia tejida con el hilo del buen humor, las equivocaciones y la desfachatez de ese caballero venido a menos que le urge resolver su estado civil y económico y que se equivoca al intentarlo, para ser el seductor burlado.

Por ser caballero (Sir) se sentía —y era— superior a Alice Ford (Ángela Meade) y Meg Page (Jennifer Johnson Cano) dos comadres de Windsor ofendidas porque las pretende ese que se cree es un caballero y las dos se ponen de acuerdo para burlarse y así escarmentar al gordo adorable, tramposo, mitómano, corrupto y falso caballero que no tiene pelos en la lengua cuando se pregunta, entre otras cosas, qué es el honor que era el argumento de los poderosos para justificar la guerra y la destrucción.

Falstaff es un torrente musical, como lo comenta Sergio Vela en aulabierta, donde nos explica que es una obra carente de arias y, por eso, la gente cree que resulta poco melodiosa… pero, es tal la proliferación de ideas melódicas que resulta avasalladora… hasta el gran final con una fuga majestuosa.


viernes, 6 de diciembre de 2013

El espejo y la segunda oportunidad

Mañana por la mañana los conduciré al barco…
A Nelson Mandela, ese gran espejo sudafricano (1918-2013).

México D.F. a sábado 7 de diciembre, 2013.— La función del espejo es múltiple: podemos ver nuestro rostro como somos o como nos imaginamos que somos y no como en las ferias donde había una sección especial con espejos de todo tipo y nos veíamos panzones, flacos, desgarbados como jirafas o enanos y rechonchos en donde mejor nos reíamos de eso que nos decían esas imágenes, como si en realidad fuésemos como nos veíamos. También están esas personas que nos funcionan como espejo (o nosotros mismos funcionamos como tales) cuando podemos preguntar a otra persona, cómo ven lo que estamos haciendo aceptando de esta manera que algunas veces nos podemos perder en el bosque sin saber bien lo que estamos haciendo para que alguien nos ubique.

Si nos atrevemos a preguntar es que hemos dejado a un lado la soberbia y con humildad nos permitimos preguntarle al otro cómo ven lo que estamos haciendo y si lo preguntamos, es para escuchar la respuesta. La primera vez que me di cuenta de la importancia de tener a un verdadero espejo fue con La tempestad de Shakespeare cuando al final, el orgulloso Próspero, después de haber hecho todo lo que pensaba había que hacer, incluida la tempestad y el naufragio de los pasajeros que ahora estaban en la isla.

Próspero le pregunta a Ariel, el espíritu de la Isla: dime, ¿cómo están el rey y su comitiva? Eso que podemos interpretar como si le hubiera preguntado ¿cómo ves lo que he hecho? Ariel le dice lo mal que la están pasando sus prisioneros y le cuenta cómo el viejo Gonzalo, que tanto lo ayudó cuando lo exilaron, llora sin parar como la lluvia de invierno y concluye, diciéndole que si él fuese humano, se conmovería muchísimo.

Ese era el espejo que necesitaba Próspero para ver reflejados sus actos y, con esa respuesta, se quedó helado: se vio a él mismo reflejado: si tú —le dice a Ariel— que sólo eres aire impalpable, te conmueves con este espectáculo… yo, aunque herido en el alma por las crueles injurias que he recibido, tomo no obstante el partido de mi razón contra mi cólera, pues hay más mérito en la virtud que en la venganza

Y decide ponerlos en libertad y renuncia a todo: hace un círculo con su bastón mágico y está listo para empezar de nuevo tal como es, abandonando su magia. Tener capacidad de renunciar a todo nos libera y nos permite andar ligeros y, como Ariel, por fin liberados.

Tener la capacidad de preguntarle a otro: ¿cómo ves lo que estoy haciendo? es una cuestión de madurez, de humildad y de tener los pies en la tierra. Cómo añoramos que los poderosos casi nunca lo hacen y, de pronto no sepan qué tienen que hacer para corregir su rumbo.

De algo sirve el teatro: Mañana por la mañana —les dice Próspero a la comitiva— los conduciré hasta su barco y de ahí a Nápoles para celebrar la boda de nuestros hijos. Después, me retiraré a Milán en donde uno de cada tres de mis pensamientos será sobre mi tumba.

Tener a alguien como espejo y aceptar lo que veamos reflejado es directamente proporcional a la salud mental y a tener la oportunidad de corregir errores como en esta que fue la última obra de Shakespeare donde les ofrece a sus personajes una segunda oportunidad que es lo que más deseamos tener en nuestra vida. ¿No creen?