viernes, 7 de junio de 2013

Una versión de Julio César fuera de contexto



México D.F., a jueves 6 de junio, 2013.— ¿De qué hablar cuando una versión como la de Claudia Ríos de la obra romana Julio César de Shakespeare —que acaban de estrenar en el Teatro Julio Castillo del Centro Cultural del Bosque— no tiene de donde agarrarla? Por el afán de modernizarla acabó con varias escenas para ponerlas fuera de contexto, con un vestuario que no podía ser peor, con los diálogos siempre en tono elevado y un reparto hecho al garete donde el actor no concuerda con el personaje con dos excepciones: Casio (Humberto Solórzano) y Bruto (Hernán Mendoza)

Todo lo dicen a gritos, ¿será por el tamaño del teatro, aunque estaba a una quinta parte de su aforo? Y si es por esto, ¿por qué no ponerla en un teatro más pequeño? O a lo mejor, nos hemos acostumbrado al close up cinematográfico donde los actores pueden murmurar y hemos perdido la costumbre del teatro? La modulación falla y muchas frases están embarradas. En otros casos, son los actores los que producen efectos al revés de lo esperado, como es el discurso de Bruto el frío y egocéntrico Senador que resultó ser mejor que el famoso discurso de Marco Antonio, con el que se supone levanta en armas al pueblo pero, en esta obra, deja mucho que desear aquel lugarteniente admirado por su ejército —hasta que en Alejandría se quejaban de que sólo servía como fuelle y abanico para enfriar a esa gitana— con gran empatía e inteligencia emocional con la que pudo haber conquistado a todos.

En la primera escena los artesanos que salen a la calle en calzones fuera de contexto y, por eso, pierden toda la gracia los albures de estos personajes, convertidos en gesticulaciones burdas, mientras los Tribunos los jalan las greñas. ¿Por qué siempre el pueblo en harapos?

Segunda escena, segunda. Julio César el general y dictador vitalicio de Roma en el 44 a.C., tenía 56 años de edad, pero eso no les importó y por eso vemos bajar de un aparatoso Cadillac rojo vino —como si estuviéramos en Las Vegas o padeciendo del ‘síndrome babilónico’ de Tavira cuando hace años incluía en el escenario una locomotora sin importarle lo que implicara y sin considerar lo que podía aportar al drama—, ahora vemos a un César envejecido —Eugenio Cobo, (1937-) con 76 años de edad—, sin carisma ni brillo en la mirada que medio escuchamos aconsejando a Marco Antonio para que lo alejara de esa gente como Casio ‘que no oye música, rara vez sonríe… y que nunca descansará mientras haya alguien superior a ellos… por eso, son peligrosos.’

El terror de la noche antes del idus de marzo, cuando suceden cosas aterradoras y Casca camina por las calles de Roma aterrado y con la espada desenvainada para reunirse con Casio… decidieron anular el pavor por la culpa de lo que van a hacer y mejor la reunión de Casca con los conspiradores es en un baño turco, ¿a esas horas?, con sus toallas y esclavos restregándoles los brazos con esponjas y, nosotros nos quedamos chiflando en loma sin entender por qué destruyen la escena que, para colmo del terror, al final los conspiradores bailen unos pasitos como ensayo de Full Monty.

Al día siguiente Julio César está vestido como lo vimos, digamos, hace un mes en las Lupercalias: con un traje blanco, cuello Mao abotonado y tres medallas grises. Apenas eran las ocho de la mañana y aparece Calpurnia, su esposa, la única confidente que en verdad deseaba el bien de César, quien se supone había soñado cosas horribles y conocía los presagios, aparece a esas horas de cóctel y peinada de Salón para ser tratada con desprecio.

La obra está fuera de contexto, incongruente entre causa-efecto, mal interpretada, con un vestuario ridículo como el de los senadores romanos en el idus de marzo: traje negro, corbata y una toga atravesada como vendedores de cortinas a plazos… ¿sería para que no se nos olvidara que estábamos en la Roma del 44 a.C.? No tengo la menor idea, pero ¡qué pena, caray!