martes, 6 de marzo de 2012

El discurso de Volumnia

Por Sergio Galindo Villalba
Estudiante de Ingeniería Industrial del ITAM
Alumno del materia optativa: Shakespeare: liderazgo y el dilema político
Primer semestre del 2012.


Cayo Marcio (Ralph Finnes) es recibido por su madre Volumnia (Vanessa Redgrave).
En la tragedia de Coriolano, un gran general romano noble, valiente y orgulloso, encontramos un personaje cuya trascendencia en el desarrollo de la obra y en la vida del personaje principal, Cayo Marcio Coriolano, es crucial a cada momento, su madre Volumnia. Esta grandiosa mujer influye en Coriolano durante toda su vida tanto en su forma de ser como en las decisiones que este, su hijo único, ha de tomar. Volumnia nos es presentada como una mujer fuerte y dominante que suele ser lo suficientemente hábil como para lograr sus ambiciones. Es un personaje que tiene muy claro su papel en esta historia, guiar a su hijo en el camino de la grandeza y del poder en la Roma antigua sin importar lo que esto pueda implicar tanto para el como para Roma. Con una ambición desmesurada, Volumnia logra posicionar a su hijo como cónsul romano, pero luego de ser traicionado y desterrado por el pueblo, se ve obligada a rogarle a su hijo perdón, con la humildad y temor de una madre que sabe que le está pidiendo a su hijo que cambie su vida por la de Roma.

Desde pequeño, Coriolano fue criado en los caminos del honor y de la guerra. Volumnia creó un soldado valiente y temerario, que inspiraba temor a cualquier enemigo al que se enfrentara y que era capaz de infundir valor en sus compatriotas de formas muy extrañas. La guerra era para Cayo Marcio el aspecto más importante de su vida. Eliminar a los enemigos de Roma, en defensa o conquista de su madre patria era la verdadera razón de vivir de este gran personaje. En el campo de batalla estaba dispuesto a todo por conseguir la victoria, cosa que a veces podía ser interpretada como arrogancia y exceso de confianza. Fuera del campo de batalla, Coriolano era lo que representaba en él, pero sin el mismo cuidado que daba cuando tenía su espada fuera de su funda y no en ella. Es en estos momentos cuando encontramos la influencia de Volumnia como determinante, ya que dada su falta de interés por los asuntos públicos y políticos era esta la oportunidad de adquirir su tan deseado poder y posición por medio de su hijo, presumiendo sus heridas y sus heroicas historias de guerra para ganar la aceptación del pueblo.

En Cayo Marcio podemos encontrar una serie de atributos diversos que lo definen como un ser humano sumamente singular. Por un lado, el genio militar que entró solo a la ciudad de Corioles, y luego, acompañado por un selecto grupo de soldados logró el triunfo. Orgulloso y soberbio, honesto y congruente. Coriolano siempre peleó únicamente por su satisfacción y la de Roma, cosa que su madre no respetó cuando lo empujo a buscar un puesto en el servicio público romano, y nunca por la fama ni el reconocimiento y la adulación. Y por el otro, el animal salvaje, al que fácilmente se le puede provocar y que tiene más músculos que cerebro y más dientes y garras que sentido común y diplomacia, el personaje que al ser atacado por los tribunos del pueblo, arde en cólera y les de la oportunidad de desterrarlo de Roma, y convertirlo en un enemigo poderoso.

No es difícil de imaginar, después de los servicios que prestó Coriolano a Roma, el odio que este generó al ser desterrado injustamente de su tierra natal. A partir de ese momento, Roma se convirtió en el principal enemigo de Coriolano, superando incluso a su viejo némesis Tulo Aufidio, general volsco. Al convertirse en un enemigo de Roma, Coriolano comenzó una nueva empresa de cuyo rubro era él el mejor de los especialistas, la guerra contra sus compatriotas. En está etapa Coriolano, como su naturaleza lo dicta, está absolutamente dispuesto a utilizar cualquier medio siempre y cuando consiga su fin, destruir a Roma y a todos aquellos que lo traicionaron. Para esto hace algo inimaginable, acude a su viejo enemigo, Tulo Aufidio, ofreciendo sus servicios como arma contra Roma en la próxima campaña de los volscos. Es aquí, con Cayo Marcio Coriolano dirigiendo a un ejercito de volscos, que ya sentía más admiración hacia él que hacia su viejo general Aufidio, habiendo rechazado a sus amigos cuando trataban de convencerle a no destruir a Roma, alimentándose del miedo y del arrepentimiento de cada ciudadano romano que lo envió al exilio y disfrutando cada momento de su fría venganza que su hijo, su esposa y su madre salen de las puertas de Roma a su encuentro y suplican el perdón para los romanos. Con un discurso fuerte, argumentado y bien articulado,  este magnífico personaje convence al guerrero que cambie su campaña bélica contra su propia nación por una negociación que beneficiará tanto a volscos como a romanos. Sabiendo que eso significa su final, Coriolano cede ante la presión de su madre y acepta cambiar su vida por la de Roma.

El discurso de Volumnia se da en el campamento volsco, donde están Coriolano y Tulo Aufidio reunidos cuando entra Volumnia, Virgilia, Valeria y el pequeño Marcio vestidas de luto, simbolizando el duelo y la humildad con la que van a intervenir a favor de Roma, estas personas que siempre han sido tan importantes para Coriolano, en particular su madre. Aquí el gran general las recibe y se arrodilla ante ellas, pero Volumnia lo levanta, y le dice que ella es quien se arrodillará, fuera de lugar entre una madre y un hijo, frente a él, razón por la que Coriolano queda completamente sorprendido. Esta señal de humildad por parte de Volumnia ante su hijo es un comienzo preciso en el intento de convencimiento para retirar a los ejércitos volscos de las puertas de Roma. Los sentimientos y el conflicto que tuvo que haber surgido en Coriolano para permitir un diálogo, luego de haber construido una venganza efectiva y haberse mentalizado para ignorar cualquier súplica que tratara hacerlo cambiar de parecer, demuestran que la inteligencia y habilidad de Volumnia no son aspectos que se deban subestimar.

Coriolano dice que escuchará a las mujeres y sus peticiones y dirigiéndose a los volscos les pide que escuchen porque no oirá cosas de Roma en privado. Volumnia comienza un discurso basado en acusaciones, culpas y chantajes, sin embargo, bien necesario para lograr su cometido. Señala que su apariencia basta para mostrar cuánto han sufrido desde su destierro, y suelta el primer golpe a la seguridad y sed de guerra de Coriolano mencionando el hecho de que al verlo ahí, enfrente de ellas, habiendo sufrido tanto después de que este fue enviado al exilio, no pueden verlo con lágrimas de alegría ni júbilo y consuelo, sino con miedo y pesar de ver al respectivo hijo, esposo y padre destruir hasta los cimientos su patria y pueblo. Este es un impacto grande sobre Coriolano, sin embargo, no suficiente como para quebrar al gran general. A pesar de la admiración y toda la influencia que ejercían estas tres mujeres y este niño sobre sus acciones, su odio contra Roma era mayor, mas podemos difícilmente imaginar que los deseos de asedio pudieran permanecer intactos.

El siguiente argumento del discurso es, sin lugar a duda, un chantaje que, viniendo de una madre, puede lograr despedazar el corazón menos sensible del soldado más desdichado. Volumnia lo condena por el dilema que les está haciendo pasar a sus seres queridos. Lo culpa de quitarles la facultad de orar a los dioses por un buen resultado en esta situación, ya que para ellas no existe tal cuando las opciones son ver su ciudad en ruinas y su amado Marcio triunfante sobre los escombros o viceversa. Le hace saber que quien sea que sea el ganador de esta batalla, el pesar será para ellas. Es en este momento que Volumnia lanza la primera amenaza contra su hijo, advirtiendo lo que pasaría con esa mujer que lo crió y lo forjó en el hombre que en ese momento era, haciéndole saber que ella no esperaría el fin de la guerra, sino que al dar el primer paso en el asalto de Roma, estaría hollando el seno de la madre que lo trajo al mundo.

Para este momento del intento de convencimiento, Volumnia reduce el ataque emocional y apela a un convencimiento diplomático con el cuál le ofrece una solución y todas las bondades que ésta traerá. Ella sugiere fomentar paz y tratados que beneficien a ambas naciones y logren desarrollarse conjuntamente, aunque haciéndolo parecer aun más tentador por plantearlo, tomando en cuenta, además de todo lo que se ha de pactar, a los volscos como los misericordiosos y a los romanos como los perdonados. Este giro al dialogo sin emociones no dura mucho, ya que luego de proponer esto, Volumnia enumera una serie de cosas que pasarán en caso de que no haga caso y cancele el asalto a Roma. Le advierte la deshonra que esto implica y el terrible agravio hacia su nombre, antes conocido como el noble Cayo Marcio Coriolano, al despiadado que destruyó su país.

Luego de esto viene otro fuerte golpe a la imagen propia de Coriolano hacia su madre, un desgarrador golpe psicológico al decir, dada la circunstancia y luego de haber dicho lo que dijo, le recuerda que nunca ha tenido la minima consideración con su madre, que por su bien no se preocupó por tener otro hijo para poder instruirlo en el mundo del honor y de la batalla, de las heridas de valor y grandeza. Le acusa, podríamos fácilmente imaginar, en un fuerte y profundo tono de voz de deshonroso en caso de rechazar las peticiones de su madre, y llama a las otras mujeres a arrodillarse y avergonzarlo postrándose ante sus pies, acusándolo de guardar en mayor estima su apodo de Coriolano que a su madre, a su esposa y a su hijo; amenazando con regresar a la ciudad a morir igual que sus vecinos, señalando la fuerza con la que su hijo implora el perdón alargando los brazos.

En un momento muy emotivo, donde se junta el poder de una esposa y un hijo implorando perdón y de una madre  avergonzándose muy inteligentemente y usando las palabras adecuadas para convencer a la persona que conoce mejor en el mundo, ya que ella misma la creó y la forjó, que Coriolano sucumbe ante la presión. Al terrible impacto que tuvieron cada una de las palabras que salieron de la boca de su madre, intensificando el más pequeño residuo de algo diferente al odio que existiera en él y convirtiéndolo en un animal doméstico, deseoso de seguir los mandatos de su amo con tal de no recibir mayor castigo. Es en ese momento que Coriolano toma las manos de su madre y acepta la fatal consecuencia.

A lo largo de la obra de Coriolano, Shakespeare nos presenta, una vez más, un escenario que trasciende a las épocas y a las situaciones históricas, y demuestra ser válido para un sin fin de realidades. Este discurso, de uno de los personajes más impresionantes que figuran en el mundo del teatro, Volumnia, no solo nos muestra el poder de la madre de la bestia y su influencia sobre ella, sino que además, nos regala un momento de poesía y de reflexión. Considerar las situaciones y las consecuencias, escuchar las opciones y los consejos, mantener una perspectiva objetiva y conocerse a si mismos son claramente aspectos que podrían evitar momentos terribles en la realidad contemporánea como son estos.


La traición de Coriolano

Por David Rivera Castro
Estudiante de Derecho del ITAM
Alumno del materia optativa: Shakespeare: liderazgo y el dilema político
Primer semestre del 2012.


Coriolano (Ralph Finnes) despidiéndose de su esposa Virgilia.
Estamos en el siglo V antes de Cristo. El pueblo de Roma tiene hambre. Los plebeyos han tomado las calles para exigir la repartición del trigo. Con lo que le sobra a los patricios quedarían satisfechos. El noble Menenio Agripa intenta calmarlos contándoles la metáfora de las tripas [1]. Si el estómago está lleno el resto del cuerpo puede vivir. Lo mismo pasa con el cuerpo social. Así como el estómago reparte los nutrientes a los miembros del cuerpo, los patricios se encargan de distribuir la riqueza a los demás habitantes de Roma. Sin él –ellos– el resto perecerían. Pero los plebeyos no quieren escuchar. Entra con sus palabras el general Cayo Marcio: Y vosotros ¿qué tramáis rebeldes, vosotros que llegarías a sacaros escamas al arrancar la sarna infecta de vuestra opinión? Así empieza William Shakespeare su Tragedia de Coriolano escrita en 1607. [2]

La historia que se desarrolla después de este momento no cuenta con gran complejidad. Así como ninguno de sus personajes. Se trata de una historia lineal de cuyos participantes conoceremos únicamente su superficie. Y sin embargo, el escritor de Stratford-upon-Avon logra maravillarnos con su manera de presentar lo humano.

Desde la primera escena Cayo Marcio ataca la volubilidad de los plebeyos: Vuestra opinión cambia a cada instante y llamáis noble a quien no ha poco odiabais [3]. Los reclamos, tanto del protagonista como de otros personajes, hacia el fácil cambio de opinión –de los plebeyos en particular pero de la gente en general– se vuelven una constante que llega hasta el final de la obra [4]. Pero es ésta misma la que nos muestra que el cambio de ideario no representa, realmente, un inconveniente para el ser humano. El propio Coriolano [5] lo exterioriza:

Oh, mundo, cuán volubles son tus cambios. Los que juraron ser amigos 
y que aún juntos, al parecer, sólo alojan un corazón en el pecho,
los que comparten el tiempo, la comida, el lecho y las fatigas,
fundidos, por así decirlo, en un amor inseparable,
en un momento y por cuestiones baladíes,
pueden llegar a separarse y a convertirse en crueles
enemigos. Del mismo modo, los enemigos más fieros
que pasaban sus noches en vigilia devorados por el odio
y las maquinaciones para destruirse el uno al otro
por cualquier causa, por cualquier circunstancia que no vale
un cascarón, se convierten en amigos del alma,
e incluso unen sus destinos. Así me aconteció a mí,
 que odio el lugar en que he nacido y quiero a esta ciudad
que es mi enemiga. Entraré. Si me mata se habrá hecho
justicia. Pero serviré a este país si me perdona. [6]

Marcio no desprecia la posibilidad de la alteración de las ideas. Al contrario, la presenta como parte necesaria de la existencia. Lo que él desdeña es al carácter inconstante. Sin embargo, su gran error –que lo lleva a su desgracia final– es no darse cuenta que la traición que hay que reclamar más fuertemente no es la traición a las creencias [7], por más rápida y frecuente que ésta sea, sino la traición a uno mismo.

Debemos ser desertores de las ideas. El ser se construye gracias a la aceptación de la derrotabilidad de ellas y de la falibilidad humana. Frente a éstas no debe tenerse, jamás, una lealtad absoluta. Afirmar lo contrario es tomar el camino del dogmatismo. La ciencia, el arte, y con ellas el hombre, se fundan en esta posibilidad, maravillosa, de mutación ideológica. [8]

No puede decirse lo mismo del distanciamiento de uno con su voz interna. Coriolano escucha en dos ocasiones voces externas y decide sobreponerlas a la suya. La primera lo lleva a la miseria. La última a la muerte.   

Al volver victorioso de Corioles, Cayo Marcio es nombrado cónsul por el Senado. Para hacer el cargo oficial, la tradición prescribía que el futuro cónsul debía vestirse con la toga de la humildad –una toga blanca–, mostrar sus heridas de guerra y salir a pedir su voto al pueblo. Marcio no podía estar más en desacuerdo:
Os pido que me perdonéis
si no procedo según es costumbre pues jamás podría vestir
la toga de humildad, mostrarme desnudo y con mis súplicas
arrancarles el voto en nombre de mis heridas. Os lo ruego,
haced que no tenga que pasar por eso. [9]   

Pero las súplicas de los patricios [10], entre ellos Menenio Agripa y Cominio, sumadas a los empujes de su madre, Volumnia [11], lo llevan a aceptar una conducta que él mismo reconoce como hipócrita [12]:

Señor, adularé al pueblo, ese jurado hermano mío, para ganarme su más
afectuoso reconocimiento, pues es este proceder el que más
gentilmente acogen; y puesto que la sabiduría de sus deseos
se inclina por mi sombrero antes que por mi corazón, habré
de poner en práctica la más hipócrita de las reverencias y
quitarme el sombre ante ellos del modo más engañoso. Es
decir, noble señor, que imitaré el fingimiento de alguno de
esos hipócritas tan populares y lo ofreceré con mucho gusto
a todo aquél que lo desee. Así pues, os pido que me  nombréis
cónsul. [13]

Al entrar al campo político –ajeno a su verdadero interés– Coriolano se sumerge, también, en las intrigas que éste conlleva. Pero Marcio no es un hombre político y no domina las palabras con la destreza que domina las armas.  El pueblo decide otorgarle el voto, pero, instigados por los tribunos del pueblo –que ven en la ascensión de Coriolano su descenso–, se lo retiran momentos después. Coriolano explota en cólera, rompe con los tribunos y con los plebeyos. Éstos, en reacción e inducidos por los tribunos, deciden desterrarlo de Roma. Es la primera derrota de Marcio. [14]

Para vengarse de esa ciudad llena de basura hecha de yerba corrupta [15], Marcio decide aliarse con los volscos y su líder Tulo Aufidio. Así, comienza la marcha hacia Roma. [16]

El pánico reina en su antigua ciudad [17]. El avance de Marcio es implacable: no hay plaza que no se le rinda antes de sitiarla [18]. Los romanos han mandado varias embajadas para intentar pactar la paz. Pero Coriolano se niega. Así como los volscos. La última esperanza romana recae en la madre de Marcio [19].

Cuando Coriolano ve llegar a Volumnia intenta, en vano, cerrarse, poner una barrera ante sus súplicas:

¡Retrocede, oh, tú, amor! 
¡Rompeos, vínculos de la naturaleza! 
¡Rompeos privilegios de la sangre! 
¡Que sea virtuoso ser obstinado! [20]

Pero los ruegos de su madre son demasiado fuertes [21], y prevalece, de nuevo, la voz externa a la interna. Coriolano termina cediendo y con ello traicionándose:

Oh madre, madre…
¿Qué habéis hecho? El cielo se ha abierto
los dioses nos miran riéndose de esta escena
contra natura. ¡Oh madre querida, madre…!
Ganasteis una victoria para Roma, madre,
pero para tu hijo, créeme, oh, créeme…
para tu hijo una derrota de grave riesgo,
si no es mortal. Mas nada importa, Aufidio,
si no puedo hacer una guerra lealmente,
prepararé una paz digna. Mi buen Aufidio, en mi lugar
¿habrías escuchado menos la voz de vuestra madre?
¿Le habrías concedido menos de lo que yo le concedo?[22]

 Pero Coriolano no es dueño absoluto de sus circunstancias [23] –nadie lo es– y esta segunda traición interna conlleva una externa: la de los volscos. Ni Aufidio [24], ni el pueblo volsco, ni su Senado [25] se lo pueden perdonar:
… pues por pocas lágrimas de mujer, tan baratas como la mentira, 
ha vendido la sangre y el esfuerzo de nuestra campaña. 
Por esto ha de morir. [26]

Así, con este final trágico, la obra de Shakespeare no muestra cómo Coriolano se centra en criticar la traición a los ideales, el cambio de criterios, pero no se da cuenta que éstos son por su naturaleza efímeros y cambiables. A quien realmente se ha de seguir, y al no darse cuenta de ello lo paga con la vida, es al yo interno. Aquella voz que nos habla y con la que debemos dialogar. La verdadera traición, aquella que no debemos permitir, no es externa y no es a las ideas; es interna y es la traición a uno mismo.   
            


[1] Esta metáfora ha sido utilizada en distintos momentos históricos para explicar un concepto de Estado como un cuerpo viviente donde todos los miembros sociales tienen una función, de la misma manera que los miembros del cuerpo tienen la suya. Así, las manos no deben intentar hacer lo que le corresponde a las piernas o las orejas. Los artesanos tampoco deben, entonces, aspirar a las tareas de la nobleza o la realeza.  
[2] En los dos años anteriores había escrito Otelo (1604), El rey Lear (1605), Macbeth (1606) y Antonio y Cleopatra (1606). 
[3] Aquel que os trajera las buenas palabras, adulándoos encubriría su desprecio. Y vosotros, perros callejeros, ¿qué haríais vosotros, enemigos de la paz, de la guerra, si una os llena de temor y la otra de orgullo? Aquel que en vosotros confiara encontraría en vosotros a la liebre, nunca al león. Encontraría gansos, jamás zorros; más vulnerables sois, mucho más que la brasa de carbón sobre el hielo o el granizo bajo el sol. Toda vuestra virtud  se reduce a honrar a quien merece castigo por sus injurias y a maldecir la ley que le ha condenado. Quien es digno de grandes es digno de vuestro odio. Y vuestros deseos son los de aquel hombre que estando enfermo, desea más lo que más daño le causa; el que está a merced de vuestro favor nada con lastres de plomo y derribáis robles con juncos. ¡A la horca con vosotros! ¿Queréis confianza? Vuestra opinión cambia a cada instante y llamáis noble a quien no ha poco odiabais. Y llenáis de vileza a quien antes enaltecíais. Pues inundáis la ciudad por todas partes lanzando gritos contra el Senado que con la protección de los dioses os mantiene en orden para que no podáis devoraros. Coriolano a los plebeyos (I. i. 156-177).
[4] En la última escena los conspiradores volscos reclaman cómo ahora “estos pobres miserables cuyos hijos él asesinó rompen sus gargantas para darle la bienvenida”, refiriéndose a los ciudadanos que siguen a Coriolano en su entrada triunfal a Corioles (V. vi. 50-53).
[5] Después de la conquista de Corioles el Senado le otorga a Cayo Marcio el nombre de Coriolano.
[6] Coriolano (IV. iv. 13-27).
[7] En realidad, si aceptamos que la traición –como concepto– involucra, necesariamente, dos miembros, un lazo de lealtad, el  rompimiento de éste por parte de uno de aquéllos y, por supuesto, un posterior ataque de parte del miembro desertor al otro miembro. Y que es, entonces, la ruptura de un deber de fidelidad. Debemos también aceptar, desde una epistemología no dogmática, que respecto a las ideas nunca puede hablarse de traición, puesto que con ellas jamás se tiene un deber de lealtad.
[8] Basta pensar únicamente en dos de los grandes autores que han hablado al respecto:
-Popper, Karl, En busca de un mundo mejor, Paidós, Barcelona, 1994.
-Kuhn, Thomas, La estructura de las revoluciones científicas, Fondo de Cultura Económica de España, Madrid, 2005.
[9] Coriolano (II. ii. 134-138). La incomodidad de Marcio está presente en varios pasajes, especialmente: ¡Vanagloriarme diciéndoles “hice esto y estotro”, mostrarles las cicatrices ya curadas, que mejor fuera ocultarlas, como si las hubiera sufrido sólo para comprar sus votos! (II. ii. 146-149). 
[10] Os pido, noble señor, que os ciñáis a la costumbre y aceptéis, como siempre hicieron vuestros antepasados, el honor según el ceremonial. Menenio a Coriolano (II. ii. 140-144)
[11] Ya he vivido lo suficiente para ver cumplidos mis deseos, y para ver alzados los castillos de mi fantasía. Sólo me falta una cosa que a buen seguro nuestra Roma ha de otorgaros. Volumnia a Coriolano (II. i. 186-189)  
[12] Coriolano sabe que no está siendo sincero con él mismo y se reclama su conducta: ¡Oh, dulces votos! ¡Fuera mejor morir, perecer de hambre, antes que mendigar el salario bien merecido! ¿Por qué tengo yo que estar aquí, vistiendo esta vieja y pobre toga y mendigando a éste, y a estotro, y a quienquiera que pase sus votos inútiles? ¿Sólo por la costumbre? Si hubiéramos de obedecer siempre los deseos de la costumbre, el polvo de tiempos antiguos yacería acumulado ante nosotros y las montañas de errores serían demasiado altas como para que la verdad pudiera verse sobre ellas. Antes de hacerle tal burla, mejor sería que la dignidad y los grandes honores recayeran sobre aquéllos que a tales designios quisieran someterse. Coriolano (II. iii. 108-120).  
[13] Coriolano (II. iii. 91-101).
[14] Sólo el nombre me queda ya. La crueldad y la envidia del pueblo, con permiso de los nobles más cobardes han devorado el resto, permitiendo que un plebiscito de esclavos me desterrara de Roma. Coriolano. (IV. v. 69-74).
[15] Cominio (V. i. 25).
[16] Marcio se dirige a Aufidio con estas palabras: Si aquí me presento ante ti es por vengarme de quienes me desterraron. Sólo por eso. Coriolano (IV. v. 78-80).
[17] Cominio expresa la desesperación romana y se refiere al avance de Coriolano de la siguiente forma: ¡Él es su dios ahora! Los acaudilla como si no hubiera sido creado por la Naturaleza sino por otra divinidad que forjara mejor que ella a los hombres. Y le siguen contra nosotros, pobres diablos, como niños que cazan mariposas en verano o carniceros que matan moscas. (IV. vi. 94-99).
[18] Aufidio (IV. vii. 29). 
[19] Así que no hay esperanza, sino en su noble madre y en su esposa, quienes pedirán clemencia para su país, según me han dicho. Cominio respecto Volumnia y Virgilia (V. i. 70-73).
[20] Coriolano (V. iii. 24-26). 
[21] Algunas de las súplicas maternas son las siguientes:
Tendremos que perder, oh dioses, nuestro país, que es nuestra vida misma, o perderte a ti que eres nuestro consuelo. Volumnia a Coriolano (V. iii. 110-112).
En cuanto a mí, hijo mío, no tengo la intención de esperar la suerte que el fin de esta guerra me reserva. Si no acierto a convencerte de que debes mostrar benevolencia a ambos bandos sin buscar la ruina de uno sólo, no podrás iniciar el asalto contra tu patria, de eso ten seguridad, sin que antes pisotees el vientre de tu madre, ese que a ti te trajo al mundo. Volumnia a Coriolano. (V. iii. 120-126).
Sabes hijo mío que el fin de esta contienda es incierto; y que lo único que es cierto es que si conquistas Roma, el beneficio que lograrás será un nombre que habrás de llevar lleno de maldiciones, y las crónicas escribirán “el hombre era noble, pero su honor fue borrado en la última contienda en la que destruyó su patria, quedando como ejemplo execrable para el futuro”. Volumnia a Coriolano (V. iii. 141-149). 
No hay hijo en el mundo que deba más a su madre. Volumnia a Coriolano (V. iii. 159-160).
En toda tu vida has tenido cortesía alguna con tu madre, y ella como gallina clueca que no ha querido a ningún otro polluelo cacareando, sí, de ese modo, te ha acompañado siempre a las contiendas, devolviéndote a casa lleno de honores, sano y salvo. Di que es mentira lo que digo y despídeme… Pero si es verdad, tú no eres honesto, y caerá sobre ti la peste de los dioses por negarme una obediencia que es patrimonio de todas las madres. Volumnia a Coriolano (V. iii. 161-169).
[22] Coriolano. (V. iii. 183-194).
[23] Lo que ahora haga está subordinado a otros intereses. Y aunque el derecho de vengarme es mío, el perdón sólo vive en el corazón de los volscos. Coriolano a Menenio (V. ii. 83-84).
[24] Nobles señores, jefes del Estado, escuchadme: él ha traicionado con sutil perfidia vuestros intereses y por cuatro lágrimas saladas ha entregado vuestra ciudad de Roma –digo “vuestra ciudad”–  a su madre y a su esposa, rompiendo aquello que había jurado hacer, como se rompe el hilo de la seda podrido. Éste que jamás ha aceptado que se le aconseje en la guerra, ante las cuatro lágrimas de su nodriza ha llorado y ha gemido arruinando vuestra victoria, de forma que hasta los pajes se han sonrojado lo mismo que los hombres de bien, que se miraban los unos a los otros sin creer lo que veían. Aufidio (V. vi. 90-99).
[25] Un Senador: … las faltas que antes cometiera, creo, tenían fácil perdón, pero finalizarlo todo cuando todo tenía que haber comenzado… sacrificar todas las ventajas que teníamos, dejarnos todo el gravamen de la guerra y hacer un pacto cuando lo que se imponía era la capitulación: eso no tiene excusa. (V. vi. 62-67).
[26]  Aufidio (V. vi. 44-46).

viernes, 2 de marzo de 2012

Coriolano y Aufidio en una compleja relación

Por Carlos M. Ahumada Neyra
Estudiante de Relaciones Internacionales del ITAM
Alumno del materia optativa: Shakespeare: liderazgo y el dilema político
Primer semestre del 2012.
Coriolano con Aufidio en la versión de Ralph Finnes
Situada en el año 495 a.C., una de las épocas que han generado una mayor fascinación por parte de los historiadores, Coroliano es quizás una de las obras más sobresalientes de William Shakespeare. A pesar de esto, no es un texto reconocido al mismo nivel de Hamlet o de Romeo y Julieta. Utilizando el teatro como una buena representación de lo humano, Coroliano no es una obra que hable del amor convencional o de los problemas de carácter filosófico. Coroliano habla de la guerra, del honor y de la traición y de cómo estos pueden convivir separados por una línea de carácter asintótico haciendo interesante ver cómo es que puede actuar el hombre.

El objetivo de este ensayo, es analizar la escena crucial en el desenvolvimiento de la trama  que, si se lee entre líneas, nos puede dar mucha luz sobre un par de condiciones humanas a las cuales nos enfrentamos diariamente. Dentro de esta escena, la parte neurálgica será el discurso que pronuncia Tulio Aufidio al recibir a Cayo Marcio que ha pedido incorporarse  como parte de su ejército para derrotar a Roma, sino, que lo considere como un hermano para la causa de los Volscos.

Cayo Marcio es el retrato más preciso de lo que un verdadero soldado romano significaba: es un exiliado de Roma tras haber perdido la oportunidad de ser Cónsul por su falta de habilidad política y su necedad al mostrar una excesiva sinceridad a su pueblo, fue invadido por una ira que no se alcanza a dimensionar a través de las palabras inspirada por su odio y resentimiento. Por eso, Coriolano acude en búsqueda de su mayor enemigo sobre la tierra, Tulio Aufidio, comandante de los volscos, quien tenía como objetivo vencer a los romanos.

Es en el pueblo de Antio donde Cayo Marcio se presenta al general Aufidio, reconociendo Cayo Marcio las atrocidades que había cometido en esas tierras y sin temor a la venganza que pudieran tomar en su contra. Coroliano le ofrecer sus servicios y con eso intenta realizar su vendetta en contra los romanos y esto es lo que provoca en Aufidio una reacción extraordinaria:

Oh, Marcio, Marcio, cada una de tus palabras arranca de mi corazón antiguas raíces de odio. Si Júpiter pudiese hablar de las cosas divinas, desde aquella nube de ahí, y dijera: “es la pura verdad”, no daría a sus palabras mayor crédito que doy a las tuyas, mi noble Marcio…

En este primer momento del discurso, Aufidio reconoce en Marcio sinceridad. A pesar del odio que le tiene, existe una admiración y un respeto que alcanza umbrales de solemnidad. Posteriormente, hace referencia a Júpiter quién es el dios más grande del olimpo dentro de la mitología romana. El culto a Júpiter fue promovido por Numa Pompilio, Rey romano sucesor de Rómulo alrededor de 690 a.C. Júpiter, la contraparte romana del Dios griego Zeus, era el encargado de mediar entre los Dioses y los hombres, quién siempre tomaba decisiones justas y equilibradas además de tener dentro de sus atribuciones al cetro, el águila y el rayo. El hecho de que se compare las palabras de Cayo Marcio con aquellas que podría pronunciar el mismo Júpiter habla del júbilo que experimentaba Aufidio en ese momento además de la comparación, probablemente a nivel subconsciente, de Cayo Marcio con un Dios.

Deja que mi brazo rodee el cuerpo contra el que tantas veces se ha roto mi lanza enfurecida, para con sus astillas herir a la luna… Así yo te abrazo, oh yunque de mi espada, y así disputo con pasión, noblemente, tu cariño, con el mismo calor y empeño que usé luchando contra tu gallardía.

Continuando con la proclamación de Aufidio, se puede notar, de manera muy sutil, la felicidad que experimenta al tenerlo finalmente de su lado al pedirle a Cayo Marcio que le permita rodear su cuerpo con el brazo.

Posteriormente, se hace referencia al yunque. Es importante señalar que en la mitología romana, el yunque es un elemento que acompaña a Vulcano, dios del fuego y de los metales. Hijo de Júpiter y esposo de Venus (quién le fue infiel con el dios de la guerra Marte), Vulcano era quien forjaba el hierro y hacia armas para los dioses. En este sentido, Aufidio se pudo haber identificado con Vulcano al ser el quién a través de la ayuda de Cayo Marcio, proveyera de las armas y los elementos necesarios a los Volscos para de una vez por todas derrotar a Roma. No obstante, existe otra interpretación que no involucra a la mitología. Al nombrarlo como yunque de su espada, Aufidio también se podría estar refiriendo a Coroliano como el elemento que permite forjarse como hombre y forjar su honor y valentía. Justo de aquí es de donde se desprende el coraje con el que pretende ganarse su cariño, el mismo coraje que un día utilizó para pelear contra él.

Quiero que sepas primero que un día yo amé a la doncella que hice mi esposa; pues bien, nunca un hombre lanzó suspiros más sinceros. Y viéndote aquí, criatura nobilísima, más danza mi corazón de felicidad en mi pecho que cuando mi recién desposada virgen cruzó el umbral de mi casa…

Durante mucho tiempo, varios analistas literarios y expertos en el dramaturgo inglés, han estado intrigados por la vida íntima de Shakespeare. Mientras que algunos opinan que era homosexual, otros lo niegan pero afirman que era bisexual. Sin embargo, independientemente de su inclinación sexual, se puede encontrar, no sólo en esta obra si no en todo su trabajo, referencias homoeróticas como la que se puede presenciar aquí. Al referirse a Cayo Marcio como criatura nobilísima y al decirle que siente más felicidad e incluso excitación en ese momento en el que, una vez convertida en su esposa, su mujer entró a su casa, el autor nos deja dos opciones de interpretación: la primera, la presencia de homosexualidad abierta en la época; la segunda, la comparación de la guerra, el honor y la amistad en medio de esos dos, con el placer de estar con una mujer.

Tu, émulo de Marte, has de saber que tenemos un ejército en pie de guerra y que de nuevo era mi intención arrancar el escudo de tu brazo, o perder yo el mío. Ya me has vencido más de doce veces, y desde entonces cada noche en mi ensoñación veo que tu y yo luchamos juntos, y sueño también que rodamos juntos y que nos arrancamos el casco y que nos apretamos , el uno al otro, la garganta…Luego, más muerto que vivo me despierto, y no hay nada junto a mí….”

Una vez acabado el discurso sentimental, Aufidio hace una entrada espléndida al tema que le interesa: la guerra. Tú, émulo de Marte. ¿Qué más bella introducción para ganarse el respeto, la admiración e incluso el cariño de una persona como Coroliano cuya naturaleza de guerra le hace ser lo que es?

Marte, al igual que Vulcano, es hijo de Júpiter y de Juno aunque se dice que Juno lo engendró sin la intervención de Júpiter a través de la fecundación de una flor, razón por la cual también se le asocia con la primavera. Aunque al principio estaba asociado con el ganado, la fertilidad y la agricultura, Marte pronto ganó adeptos como su representación del Dios de la Guerra a quién  rendían tributo antes de salir a pelear.

No es casualidad que Shakespeare haya nombrado a Coroliano como Cayo Marcio. En este sentido, no solo Aufidio reconoce en él cierto grado de divinidad asociado con la guerra si no que el mismo autor se lo otorgó desde un principio dándole ese nombre.  Es interesante notar que es a Marte a quién se le atribuye la paternidad de Rómulo y Remo y por lo tanto, por extensión, guardián del pueblo de Roma. ¡Qué gran ironía! Cayo Marcio, Marte, los protectores de Roma buscando a Tulio Aufidio, enemigo, para derrotar lo que ellos mismo protegieron utilizando la gallardía más pura que jamás se haya visto.

El hecho de que Aufidio mencione que incluso en sus sueños aparece él luchando lado a lado, es un reflejo de su obsesión, quizás no solo para vencerle sino incluso como elemento que le otorga sentido y personalidad a su propia vida.  

Querido Marcio, no tuviéramos otra causa para luchar contra Roma más que tu propio destierro, y todos- desde los de doce hasta los de setenta años- nos levantaríamos, las armas dispuestas, y cual cascada impetuosa inundaríamos las entrañas de la ingrata Roma…Entra, mi amigo, y estrecharás la mano de los senadores que vinieron a saludarme, antes de partir a la guerra contra vuestras centurias, aunque no contra la propia Roma.”

Con esto, Aufidio cierra su discurso. A manera de conclusión, el comandante Volsco le ofrece a su amigo Marcio que estreche la mano no con los senadores como élite política sino como representantes del pueblo con el que estaba a punto de generar un pacto donde el orgullo y el honor iban a ser los actores principales. Aufidio asegura que su destierro hubiera sido motivo suficiente para inundar a Roma con la furia del ejército volsco aunque bien sabían ambos que sus motivaciones eran distintas a pesar de que al final del día convergieran en un solo objetivo que era la destrucción de Roma.

Con este breve análisis, se expone no solo la calidad del autor para retratar lo humano, si no también la complejidad de las ramas que existen detrás del follaje shakesperiano que nos pueden conducir por mundos interminables llenos de imágenes, colores, historias y bellas explicaciones sobre nuestro andar diario por esta tierra.

NOTA: editado para esta publicación por Martín Casillas de Alba.