miércoles, 11 de enero de 2012

El rencor y el espíritu de revancha

PASO DE GATO. Año 10, No. 48 / enero / febrero / marzo 2012. 


Decir que Shakespeare sigue vivo, implica que su obra sigue vigente y lo que escuchamos o leemos, después de cuatrocientos años, tiene que ver con nosotros y con nuestras circunstancias. El año que entra es un año de candidatos, campañas políticas, discursos y elecciones, por eso, creo que viene a cuento asociarlo con dos de las obras romanas: Coriolano y Julio César. En la primera aparece Cayo Marcio (como Marte, el dios de la guerra y de la primavera), un noble General, valiente como pocos en el campo de batalla, incapaz como político y, menos, como candidato para Cónsul de la reciente República romana (429 a.C.). Por eso, no puede conseguir el voto del pueblo, ni puede negociar con los Tribunos sus enemigos mortales de siempre y todo se revierte para intentar llevar a cabo su revancha.

Presionado por Volumnia —madre y asesora de campaña—, no puede impedir que salga a las plazas de Roma, envuelto en su humilde toga cándida, blanca y reluciente como esa que portaban los políticos en campaña —por eso, les llamaban candidatus—, para abrir su toga y mostrar las veintitantas heridas que había recibido en esas batallas donde había defendido a los romanos, incluyendo las dos recientes que recibió en la toma de Corioles en contra de los volscos en donde obtuvo una victoria tal, que el Senado lo celebró nombrándolo Coriolano, como agnomen o apellido que ahora debía usar como propio, tal como dos siglos después lo recibiría Escipión, como el Africano.

Su oratoria en el campo de batalla era muy convincente, por ejemplo, cuando los motivaba para que lo siguieran:

Si hay entre ustedes alguno —y dudarlo fuese un delito—,
que le guste este color de sangre con el que estoy bañado;
si alguien siente una menor estima por él,
que por el deshonor de la mala fama;
si hay alguien aquí que anteponga su amor por Roma
y una muerte noble a la propia vida,
que él y los que piensen como él agiten así la mano,
manifiesten su voluntad y me sigan, a mí, a Marcio
(Coriolano 1.6. 68-72)


Pero, frente a ese mismo pueblo, ahora que estaba en campaña en Roma, su orgullo lo trababa y por eso fracasa y los tribunos, aprovechan para acusarlo de traidor exilándolo. Todo lo que le quedó, fue su deseo de revancha y, en coalición con los volscos y Aufidio, su enemigo, se propone arrasar a Roma con todo y sus habitantes.

En Julio César vemos a Marco Antonio, quien había sido su lugarteniente favorito en las Galias y amigo, cuando está solo con el cadáver de César, decide vengarse, no sólo de los conspiradores, sino de llevar a toda Italia a la destrucción sin importarle los efectos devastadores que inicia con su discurso, uno de los más famosos y paradigma del arte de la retórica, que empieza diciendo: Friends, romans, countrymen, lend me your ears… Pero unos minutos antes, sólo con el cadáver de su amigo, rencoroso, escuchamos sus deseos de vengarse:

¡Ay de las manos que vertieron esta valiosa sangre!
Sobre estas bocas rojas por las que emanó tu sangre,
te profetizo ahora mismo que caerá una maldición
sobre estos hombres y que habrá una guerra feroz
entre hermanos que devastará a Italia por entero;
serán tan frecuentes las escenas de terror,
que las madres no harán más que sonreír
cuando miren a sus infantes descuartizados
por las garras de la guerra, estrangulada toda piedad
por tan crueles hechos. El espíritu de César
ira recorriendo el país, buscando la venganza de Até
recién salida del infierno quien gritará en estos confines,
con su regia voz, la orden de iniciar la guerra sin cuartel
y será quien soltará a los perros para que el hedor
a guerra se eleve por encima de la tierra
con las carroñas humanas, implorando entierro
. (Julio César 3.1. 256-275)

El rencor y la revancha antes que cualquier otra cosa política, democrática o republicana, fueron el motivo principal para que Italia quedara devastada, con tal de lograr satisfacer sus intereses personales, tal como lo vemos en estas obra de Shakespeare.
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Martín Casillas de Alba es escritor, editor y maestro de asignatura del ITAM en donde ofrecerá durante el primer semestre del 2012 la materia Shakespeare: liderazgo y el drama político. Es autor de seis Historias de Shakespeare en versión novelada y en español local, publicadas por Editorial Santillana, así como, de treinta y siete apuntes sobre las obras de Shakespeare y una nueva versión de los 154 Sonetos publicados por El Globo Rojo.



jueves, 5 de enero de 2012

La paradójica educación de los prínicpes


En el Renacimiento, los humanistas se preocupaban por la educación de sus príncipes, tal le pasaba a Erasmo de Rotterdam (1466-1536) que, influenciado por las ideas de Platón publicadas en su República, escribió sobre este tema compartiendo con el filósofo tanto su poca confianza en el pueblo como en la democracia. Erasmo proponía que el príncipe debía de ser sabio y debía de tener una buena cultura adquirida a través de dos clases de educación: la clásica, en donde el conocimiento de Las fábulas de Esopo les podrían enseñar tantas cosas como saber que, aunque fuera el más fuerte del mundo, nunca debería ser un tirano, ni debería de provocar al enemigo. El otro tipo de educación se refería a la cristiana, en donde el príncipe ideal no sólo debía ser sabio, sino que debía vivir y actuar con unas ideas más cercanas a los evangelios (negocium que es la acción, opuesta al ocium de los que piensan). Por eso proponía que el ejecutivo, el que actuaba, debía estar rodeado de buenos consejeros de gente pensante y con eso, lograrían su meta como era la concordia, es decir la cum-cordia o vivir corazón a corazón, como una manera más humana de ejercer el poder para gobernar en paz.

Esto era más o menos lo que proponía Erasmo en la Querella de la paz en el sentido ambiguo del título, pues sabía del drama político y de la discordia o el altercado que se produce cuando intentan gobernar en paz, en donde los príncipes deberían estar al servicio de los suyos para el bien común, como Erasmo lo proponía y que, tantas veces ese deseo se contraponía a la realidad, como le pasaba a Enrique V que deseaba gobernar en paz cuyas horas fuesen provechosas para quien las trabaja, mientras enfrentaba al ejército de Carlos VI de Francia, allá en los campos de Agincourt.

Maquiavelo (1469-1527), contemporáneo de Erasmo, también se dedicó a aconsejar a los gobernantes y para eso publicó El Príncipe que se puede leer como una manera de quitarle la máscara a los gobernantes para que conociéramos la manera en que lo hacían los Borgia, por ejemplo. Maquiavelo, como Esopo tiene sus moralejas: es mejor ganar la confianza de la gente, que confiar en su fuerza, que vienen como anillo al dedo para los que ostentan el poder.

Años después, William Shakespeare (1564-1616) nos presenta dos casos que contrastan en cuanto a los resultados de la educación que recibieron para ser unos buenos gobernantes: por un lado, está Enrique V, el joven rey que conquistó Francia quien prefirió estudiar en el “universidad de la calle” para conocer a los que serían sus súbditos donde estaba Sir John Falstaff, quien decía ser su padre putativo allá en la taberna La Cabeza de Jabalí en East-Cheap, el Tepito de Londres. En 1413, una vez coronado, el arzobispo de Canterbury se asombra de la transformación del príncipe: era impredecible tal como lo veíamos en su juventud. Apenas su padre exhaló el último suspiro, que el desenfreno, ese que tanto lo mortificaba, moría también y, desde ese mismo momento se le ha despertado la reflexión, como si el ángel de la consideración hubiera descendido para expulsar de su alma el pecado de Adán... Con esa educación, es uno de los reyes más populares de Inglaterra.

En cambio, Hamlet, el príncipe de Dinamarca, siguió al pie de la letra la educación propuesta por Erasmo: fue a la Universidad de Wittenberg a estudiar filosofía y regresa al castillo de Elisnor después de la muerte de su padre, la usurpación del trono por Claudio su tío que además se casó con su madre la viuda del rey Hamlet y, el hijo, tan bien educado, tan buen lector y universitario, fue incapaz de gobernar a pesar de ser un filósofo —como sabemos que duda eso de ser o no ser—, un amante de las artes dramáticas que fue incapaz de tomar las riendas hasta que era demasiado tarde, para entregarle el trono al noruego Fortinbrás. Paradojas de la vida.

Martín Casillas de Alba
México D.F. a  6 de enero, 2012.

Texto publicada en INFOSEL y en El Informador de Guadalajara en diciembre del 2011.