lunes, 18 de junio de 2012

Porque fuerte como la muerte es el amor


Por Manuel Reyes Arango
Estudiante de Ingeniería del ITAM
Alumno de la materia optativa: Shakespeare: liderazgo y drama político
Primer semestre del 2012.

Ponme como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu brazo,
porque fuerte como la muerte es el amor…
Cantares 8:6.
La muerte de Cleopatra, en una versión romántica.
Ya sea en la literatura, o a lo largo de la historia de la humanidad han existido parejas de enamorados que por distintas circunstancias o peculiaridades han sido recordadas ampliamente. Desde  Romeo y Julieta, John Lennon y Yoko Ono, Dante Alighieri y Beatriz Portinari, Hernán Cortés y La Malinche, hasta Marylin Monroe y John F. Kennedy la forma en cómo estas parejas se han amado ha sido digna de todo tipo de mitos, leyendas y especulaciones; estas parejas que tuvieron tan distintos finales cada una con sus  propias particularidades han representado grandes historias de amor, sin embargo ninguna se compara al amor trágico, verdadero y apasionado de Marco Antonio y Cleopatra.  Según el emperador romano César Octavio: ninguna tumba sobre la tierra tendrá dentro de sí una pareja tan famosa.  Pero, ¿puede el amor inundar al ser humano y ser arrobado por la belleza del ser amado hasta el grado de desencadenar en él una especie de locura? La historia de Marco Antonio y Cleopatra parece confirmar con razones de sobra que sí.

Antonio y Cleopatra de William Shakespeare es una tragedia que es diferente a otros relatos de amor en un aspecto fundamental: el personaje principal no es un joven enamorado de otra adolescente de su edad en una relación en la que las repercusiones de sus actos trascienden apenas su ámbito familiar. Antonio quien es considerado uno de los tres pilares del mundo, pone en juego los dominios que le correspondían del triunvirato conformado por él, Octavio Cesar y Lépido, además del prestigio que hasta entonces había ganado como militar. El amor que siente por la reina egipcia trasciende el plano personal y sus repercusiones tienen consecuencias políticas.

En una de las primeras escenas uno de los soldados lo describe de la siguiente manera:  esa mirada que tenía cuando desfilaba con sus tropas o cuando pasaba revista en el campamento antes de iniciar la batalla, ese guerrero como si fuese un Marte dorado, ahora, ¡ve nomás cómo se inclina sobre el rostro moreno de esa egipcia! Y aquel corazón de capitán que, en medio de los ardores de la batalla hacía que se rompieran las hebillas de los petos, ahora sólo sirve como fuelle y abanico para enfriar la lujuria de esa gitana.

Poco a poco Antonio abandona sus responsabilidades políticas para entregarse a los brazos de la reina, en vez de ocuparse de los asuntos militares ahora prefiere beber vino a cantaros en la corte egipcia y pasar todo el tiempo posible jugando con ella. Otro de sus militares observa con preocupación que Antonio no hace otra guerra que no sea entre los muros y fronteras de la recamara del palacio de la reina.

Desde tiempos tan lejanos y en culturas tan diversas se ha intentado dar explicaciones lógicas al amor, una de ellas son las ideas de Platón expuestas en su obra el Symposium o mejor conocida como El Banquete. En ésta, se explica el mito griego del amor: en un principio la raza humana estaba formada no por dos, sino por tres sexos: masculino, femenino y hermafrodita (una combinación de las características del sexo masculino y femenino). Cada uno era hijo del sol, la tierra y la luna respectivamente. Estos seres, al igual que sus padres eran esféricos, tenían cuatro manos, cuatro piernas, y dos caras idénticas sobre un cuello circular que soportaba una sola cabeza que podía girar en direcciones opuestas. De carácter eran vigorosos, fuertes y orgullosos, lo que un día los llevó a rebelarse contra los dioses, y éstos enfurecidos decidieron acabar con ellos. Pero Zeus intervino por ellos e impidió que fueran destruidos argumentando que era imposible acabar con los sacrificios y ofrendas que los hombres les ofrecían a los dioses. Fue entonces que permitieron que la raza humana continuara existiendo, pero para evitar que en el futuro volvieran a rebelarse, Zeus los debilitó dividiéndolos en dos. Además les advirtió que una nueva insolencia dejaría a los hombres cojeando en una sola pierna.

En nuestros antepasados el amor no existía hasta que fueron partidos en dos. Fue entonces que cada mitad suspira y anhela la parte que le ha sido arrancada y cada vez que se en encuentran se abrazan y pretenden vivir y crecer juntas nuevamente. No se separan ni para buscar alimento. En esta metamorfosis que los humanos sufrieron los órganos reproductivos se reubicaron y ahora cada vez que ciertos miembros de esta raza se abrazan pueden engendrar nuevos mortales, ya que hasta entonces la reproducción se había llevado a cabo por emisión sobre la tierra, como lo hacen los saltamontes.

Desde que sucedieron esos acontecimientos toda la raza humana hemos sido únicamente la mitad de nosotros mismos y hemos sido condenados a buscar a nuestra otra mitad para volver a ser un ser completo.  Así los hombres que fueron parte de un ser hermafrodita aman a las mujeres. Las mujeres que pertenecieron a un ser todo femenino son lesbianas, al igual que los hombres que son mitades de un todo masculino aman a los hombres. En este mito griego es sólo a través del amor que se logra la plenitud. Después de terminar de leer la tragedia de William Shakespeare queda claro que de acuerdo a este mito, Antonio sin duda era la otra mitad de Cleopatra.

Hay quien confunde el amor de Antonio con un simple sentimiento de deseo o lujuria, pero por otro lado hay quien afirma que lo que se desea puede llegar a amarse, lo que amamos, porque lo amamos lo deseamos. En uno de los diálogos entre Mecenas y Enobarbo, éste le describe a Cleopatra como una mujer excepcional: la edad no puede marchitarla ni la costumbre podrá agostar su infinita variedad; otras mujeres satisfacen los apetitos que despiertan: ella, cuanto más los satisface, mas hambre provoca… Un argumento riguroso que deja clara la diferencia entre amor y deseo es que: el deseo muere automáticamente cuando se logra, fenece al satisfacerse. El amor, en cambio, es un eterno insatisfecho[1] Un sentimiento que provocaba la reina egipcia en el triunviro romano, a quien los besos y caricias de la egipcia nunca le eran suficientes.

En su libro Estudios sobre el amor, José Ortega y Gasset describe que el amor se caracteriza por sentirse ‹‹encantado›› por otro ser que nos produce ‹‹ilusión›› íntegra, y el sentirse absorbido por él hasta la raíz de nuestra persona, como si nos hubiera arrancado de nuestro propio fondo vital y viviésemos trasplantados a él, con nuestras raíces vitales en él. Esta parece ser una descripción exacta de lo que Marco Antonio sentía por Cleopatra. Cesar estaba seguro de que la forma en que Antonio actuaba era consecuencia de que había sido embrujado con hierbas y que ni si quiera era dueño de sí mismo.

En uno de los tantos diálogos entre Cleopatra y Marco Antonio, esta le pregunta que si de veras quiere le diga cuanto la ama. Él le responde que pobre es el amor que se puede contabilizar. Es que quiero saber cuáles son los límites del amor que puedo inspirar, le dice ella. Él le responde: entonces necesitarías descubrir un nuevo cielo y una nueva tierra. En la respuesta que da Antonio a la reina egipcia pareciera decirle implícitamente que al contabilizar su amor por ella, éste se podría desdibujar o volatizarse. El filósofo español Ortega y Gasset considera que el amor solo se puede calcular y medirse a sí mismo en el dolor y el sufrimiento de que es capaz de producir. En Antonio y Cleopatra, como se verá al final, su amor llega hasta la muerte.

En la batalla en la que se enfrentan Cesar y Antonio en Actium, contra lo que se esperaba y las recomendaciones de sus soldados, Antonio decide que el enfrentamiento se lleve a cabo por mar, a pesar de que su armada era mucho más fuerte por tierra. Cleopatra había prometido el apoyo a Antonio con naves egipcias. En el transcurso de la batalla y cuando la suerte parecía favorecerle, sin ninguna razón evidente, Antonio decide abandonar la pelea y seguir a Cleopatra que huye hacia Alejandría.  La victoria es para Cesar. Una de las características que generalmente se aceptan respecto al amor, es que el que ama tiene la insuperable convicción de que su amor está justificado. Amar es creer (sentir) que el amado es, en efecto, amable por sí mismo… Antonio, aun viendo todo lo que ha perdido le pide a su amada que no llore ni una sola lágrima, pues esta vale más que lo que pudieron haber ganado o perdido. Cleopatra es amable en sí misma, nada importa que por seguirla haya perdido la batalla. Un solo beso de ella es lo único que puede compensar todo lo perdido.

Ya con el juicio completamente rematado Antonio decide pelear nuevamente con Cesar Octavio, y nuevamente vuelve a perder. Él se siente traicionado por la reina egipcia. Ella para volver a conquistar el amor de Antonio decide mandarle un recado diciéndole que se ha suicidado con su nombre entre los labios, pero su plan fracasa. Antonio en vez de ir a buscar a su amada, decide matarse también, pero no lo logra y queda malherido casi al borde de la muerte, lo que le permite llegar a los brazos de Cleopatra. Sobre este punto, se puede decir que amar a alguien implica casi siempre dos cosas: querer entregarse y entregarse sin querer. O dicho en las palabras del filósofo español antes mencionado: en el amor, lo típico es que nos escapa el alma de nuestra mano y queda como sorbida por la otra. Y a donde quiera que la voluntad nos lleva, vamos irremediablemente entregados al ser amado, inclusive cuando nos lleva al otro extremo del mundo para apartarnos de él.

Completamente desolada por la muerte de Antonio, la reina egipcia temía ser llevada como parte de los trofeos que en un futuro se mostrarían en Roma, por lo que le pidió ayuda a sus damas Iras y Carmiana para que la vistieran con su corona y sus más hermosos atavíos, ya que iba a navegar por última vez por otro Cidno para reencontrarse con el militar romano. Utilizando un áspid para acabar con su vida, la reina egipcia dejó este mundo para ir en busca de su amado Antonio. Con tan trágico final es justificable pensar que los dioses son presa del amor con la misma intensidad que los mortales, y que como explica en uno de sus versos el poeta zacatecano López Velarde la pasión terrenal es solo un poco el reflejo de la gloria celestial

En lo particular después de leer la historia de Antonio y Cleopatra, y por algunas experiencias personales, empiezo a descubrir cada vez con mayor fuerza algo que antes era solo una intuición: que al igual que Dante, yo también creo que el amor mueve el Sol y todas las demás estrellas.


[1] José Ortega y Gasset. Estudios sobre el amor.

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