martes, 29 de mayo de 2012

Antonio y Cleopatra: cuando se paga con el corazón lo que ya se ha comido con los ojos

Por Carlos Ahumada
Estudiante de Relaciones Internacionales del ITAM
Alumno de la materia optativa: Shakespeare: liderazgo y drama político
Primer semestre del 2012.

Those who danced were thought to be quite insane 
by those who could not hear the music
Angela Monet

Antonio y Cleopatra, dirigida por Trevor Nun
 El amor, el poder y sus múltiples combinaciones lo pueden todo en este mundo. Una persona que ama el poder es capaz de destruir ciudades enteras con tal de lograr su objetivo o incluso, en casos extremos, tratar de acabar con una raza como en la década de los años 40’s. En contraste, una persona que utiliza el poder del amor para pintar un cuadro, componer un movimiento para una orquesta, dirigir un país hacia el progreso o escribir una poesía, adquiere un carácter indestructible, místico, imparable. El común denominador entre estas dos personas es la fuerza con la que luchan por sus propias convicciones volviéndolos un par de trenes que nunca nada los detendrá. Sin embargo, el objetivo de este breve ensayo es analizar, a través de la obra de Shakespeare Antonio y Cleopatra, una combinación entre el amor / pasión y el poder que es capaz de volver al león en una pequeña liebre. [1] Una combinación que no genera trenes imparables sino papalotes sin rumbo danzando por los aires.

Situada en los años posteriores al asesinato de Julio César en el año 44 a.C. y escrita en 1606, Antonio y Cleopatra es, como todas las demás obras del dramaturgo William Shakespeare, una apasionante historia cuyos personajes y dilemas carecen de todo sentido temporal. [2] Marco Antonio, uno de los hombres que conformaban el triunvirato que dominaba el mundo en ese entonces y Cleopatra, la reina de Egipto, se ven envueltos en una historia de amor, de pasión y de poder que termina por destruirlos a ambos. Al adentrarse en este mundo, uno convive con lugares espectaculares, con el misticismo de Egipto, con la belleza extravagante de Cleopatra y las barbas de un Antonio galante, nuestro Antonio. Los colores de las embarcaciones de Medio Oriente, las palmeras y el olor a loto, cardamomo, enebro y azafrán emborrachan los sentidos de todos aquellos quienes se atreven a leer esta historia. Es también en esta obra donde se puede encontrar la descripción más perfecta del momento en el que una mujer cautivadora, como lo es Cleopatra, inunda con su presencia el aire en donde se presenta. Dicha descripción es realizada por Enobarbo, el lugarteniente y hombre de confianza de Antonio, para contarles a Agripa y Mecenas sobre las aventuras de Antonio en Alejandría.[3] A continuación, se analizará brevemente el discurso para que nosotros, como lectores, podamos comprender la locura de Antonio y al mismo tiempo, enamorarnos, como él, de Cleopatra:

La barcaza donde iba ella sentada era como un trono bruñido que ardía sobre el agua; la popa era de oro trabajado, las velas eran púrpura y estaban tan perfumadas que hasta los vientos enloquecían de amor; los remos eran de plata y acordaban su ritmo con la melodía de las flautas, haciendo que las aguas donde golpeaban siguieran más de prisa, como si estuvieran enamoradas, entre los golpes y su ritmo…

En esta primera parte del discurso, a pesar de no hablar directamente de Cleopatra, se habla de su entorno el cual es igual de importante que su persona. Una barcaza que arde sobre el agua, una contraposición de términos fascinante hablándonos implícitamente de cómo las leyes físicas son desafiadas ante su presencia. Después, el color púrpura, color no espectral sino una mezcla entre rojo y azul asociada en los tiempos antiguos a la nobleza y a la ambición, los vientos enloquecidos de amor y los remos de plata, todo coordinado como si se tratara de una armonía perfecta que dependía de una sola mujer.

En cuanto a su persona, cualquier descripción resulta pobre: ella estaba tendida en un dosel tejido en oro y seda, más bella que Venus, en un cuadro donde la fantasía supera la naturaleza. Unos niños hermosos, con unos hoyuelos, hacían guardia a sus lados: eran como unos Cupidos sonrientes con abanicos de muchos colores...

Muchas veces, las palabras son inútiles al tratar de explicar la belleza de una mujer. Pareciera ser que Dios nos privó de conocer ciertas palabras para no banalizar la grandeza de corte trascendental que tienen algunas de ellas.

Enobarbo hace referencia a Venus, la diosa romana relacionada con el amor, la belleza y la fertilidad. Venus es el equivalente mitológico de la diosa griega afrodita, y ha sido comparada con otras diosas de lugares lejanos como la misma Isis de Egipto. Venus tomó prestado de Afrodita algunos atributos importantes como la belleza, sin embargo, el más significativo para nuestro análisis es la conservación de la manzana dorada de la discordia que, según la mitología griega, la diosa Eris la destinó para la más bella en la boda de Peleo y Tetis, encendiendo una egomaníaca disputa entre Hera, Atenea y Afrodita que terminaría llevando a la Guerra de Troya. Así, sin querer, Enobarbo nombró a Cleopatra como la más bella. Mas bella incluso que Hera, Atenea, Afrodita y quizás, Isis. Más adelante, menciona a unos niños como si se trataran de cupidos. Para completar la escena, Cupido es el dios del deseo amoroso en la mitología romana e hijo de Afrodita y Marte, dios de la guerra. Cuenta la leyenda, que Cupido fue criado en la selva para salvarlo del aniquilamiento que le tenía preparado Júpiter. Cupido fue dotado con flechas de oro para infundir amor y con flechas de plomo para quitarlo. Un día al ver que no crecía y no maduraba, Venus, preocupada, consultó al Oráculo de Temis el cual le dijo que el amor no podía crecer sin pasión. No cabe duda que la pasión es necesaria en el amor, sin embargo, en exceso puede acabar incluso con los sentimientos más puros como les pasó a Antonio y Cleopatra con su desbordada locura.

El viento parecía inflamar sus delicadas mejillas mientras refrescaban, soplando como lo hacían los que estaban a su alrededor. Sus doncellas eran unas Nereidas, unas bellas sirenas que la miraban de frente y adornaban la escena con algunas genuflexiones. Al timón parecía que estaba una de ellas: el velamen de seda se inflaba con el tacto de sus suaves manos como las flores, cumpliendo su tarea con gran habilidad. De la barcaza salía un extraño perfume, invisible, golpeaba los sentidos del malecón cercano y, por eso, los habitantes de la ciudad se lanzaron sobre ella para admirarla…

Cleopatra no viajaba sola. Ella viajaba con bellas doncellas que además de hacerle compañía, le eran fieles incondicionalmente incluso hasta en el lecho de su muerte. Para referirse a ellas, Enobarbo utiliza a las Nereidas, quienes en la mitología griega eran las cincuenta hijas de Nereo, el dios de las olas del mar y Doris, una hija de Océano. Las Nereidas son consideradas hermosas mujeres que habitaban las profundidades del Mar y que emergían a la superficie algunas veces para rescatar a marineros que naufragaban. La seda fue un producto muy importante para los romanos de esa época. Una vez que se conquistó la zona de Egipto alrededor del año 30 a.C., se empezó a comercializar la seda lo cual representaba importantes flujos de oro al exterior del imperio por lo que el Senado, sn éxito, trató de prohibir por razones económicas y morales. Posteriormente, y para finalizar su relato, Enobarbo menciona cómo Antonio fue invitado al banquete que había preparado Cleopatra en el cual pagó con el corazón lo que ya había comido con los ojos.

Después de este análisis, es difícil dejar lugar para alguna duda respecto a la pasión que pudo haber desarrollado Antonio por Cleopatra. ¿Es posible no enamorarse de esa diosa egipcia? ¿Es posible no arriesgar el mundo entero por un amor como ese? Personalmente, lo considero imposible. En la historia del mundo ha habido mujeres capaces de detener el tiempo, mover ejércitos, derrumbar imperios, destruir reputaciones o impulsar a algún hombre a hacer grandes cosas. En el caso de Antonio, Cleopatra fue capaz no solo de destruir la reputación de Antonio frente a los romanos sino de acabar con su vida entera.

En la historia contemporánea ha habido casos espectaculares de hombres que intercambian el poder por la pasión y los transforma, como lo dijimos al principio, de leones a liebres, de trenes a papalotes en el aire. El primer caso en la historia reciente al que nos podemos referir es el caso de Bill Clinton, el entonces presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, y Mónica Lewinsky quien era una pasante haciendo practicas profesionales en la Casa Blanca. Para Bill Clinton, esta relación extramarital no solo le trajo problemas personales con su esposa Hillary Clinton sino que también su carrera política y reputación se vio para siempre empañada por este evento. En un sentido similar, se encuentra Silvio Berlusconi, quien fuera Primer Ministro de Italia. Berlusconi enfrentó un juicio por haber pagado a una menor por tener relaciones con el.

Otro caso podría ser el de Dominique Strauss-Khan quien fuera presidente del Fondo Monetario Internacional y candidato favorito para ganar las elecciones presidenciales en Francia. Strauss-Khan tuvo que renunciar a sus puestos tras ser acusado de acoso sexual e intento de violación a una recamarera en el hotel Sofitel de Nueva York. Por otra parte, el 30 de diciembre de 2010, el ex presidente de Israel, Moshe Katsav, fue arrestado por ser culpable en dos violaciones, obstrucción de justicia y otros cargos.

Aunque estas historias no son idénticas a la vivida por nuestros personajes, si se pueden encontrar similitudes importantes. Muchas veces los hombres perdemos la cabeza por un momento de pasión. Realizamos cosas que van incluso en contra de nuestra propia naturaleza o de nuestros sueños, aspiraciones o deseos. Es cuando alguien se ve involucrado en una de estas situaciones en donde realmente se demuestra a si mismo y a los demás el nivel de madurez, de contención y de fortaleza que se tiene. Es en estas situaciones donde un verdadero hombre y una verdadera mujer son capaces de distinguir el amor de la perdición, de distinguir el acompañarse en los caminos individuales de fundirse en una sola entidad sin rumbo, de privilegiar el amor sobre la pasión. ¿El amor se puede sin locura? No lo creo. ¿Hasta que punto son sinónimos? No lo se. Lo que si se es que, como le dijo el Oráculo de Temis a Venus, el amor no crece sin pasión¿Es inevitable este mismo destino para las parejas que se aman intensamente sin involucrar la cabeza? Eso, mi querido lector, le corresponde a usted contestar.

Editada por Martín Casillas de Alba
Maestro de Asignatura ITAM
Shakespeare: liderazgo y vida.
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[1] Me permito hacer una mezcla entre pasión y amor que más adelante explicaré a detalle.
[2] Cuando se habla de la ausencia de un sentido temporal en sus historias, me refiero específicamente a que los temas que se tratan dentro de sus trabajos no son temas característicos únicamente de la época en la que se desarrollan, sino que son problemas o situaciones con las que se puede encontrar el hombre contemporáneo.
[3] Marco Vespasiano Agripa fue un reconocido militar romano quién acompaño a Augusto desde el año 45 a.C. Era tal la cercanía entre estos dos personajes que, posteriormente, Agripa contrajo matrimonio con la hija de Augusto, Julia. Por otro lado, Mecenas fue un hombre culto cercano a Augusto sobretodo en la guerra civil. No obstante, su personalidad extravagante no era del todo agradable para Augusto. Se retiró de la vida pública en el año 23 a.C. 

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