miércoles, 16 de mayo de 2012

Antonio no es Antonio

Por David Rivera Castro
Estudiante de Derecho del ITAM
Alumno del materia optativa: Shakespeare: liderazgo y vida.
Primer semestre del 2012.



Antonio y Cleopatra en la versión de Trevor Nun (1972)
Con  la tragedia Antonio y Cleopatra de 1607 William Shakespeare muestra que las pasiones son una posibilidad humana y no están constreñidas ni son características de un sexo en específico. Con este ensayo intentaré mostrar cómo se refleja esta idea en la obra mencionada. Específicamente en las dos figuras protagónicas, en quienes encontramos un cruce entre género y sexo. Así, Antonio, de sexo masculino, posee características atribuibles –ordinariamente y más en la época isabelina– al género femenino. Cleopatra, en cambio, de sexo femenino, posee aquellas normalmente otorgadas al masculino. Esta transgresión shakespeareana, además de inesperada, apoyaría la teoría de que la condición humana –aquello que nos hace humanos–, no depende del sexo.


I.  La metamorfosis de Antonio
En Julio César, obra de 1599, el autor inglés nos presenta a un personaje de gran habilidad e inteligencia políticas, capaz de pararse solo frente al pueblo romano y con unas palabras provocar que se rebele en contra de los conspiradores que acababan de matar a Julio Cesar, y que estaban, con los cuchillos aún goteando sangre, a unos metros de él.[1] Así, Antonio provoca la guerra civil que culminará en Filipos con la muerte de los principales conspiradores: Bruto y Casio. La victoria también marca la división del mundo en tres partes, África para Lépido, las provincias del este para Antonio y el resto para César Octavio.
En “Antonio y Cleopatra” encontramos a Antonio dos años después, maestro pero no soberano único de Egipto. Desde la primera línea un soldado nos anuncia que Antonio ya no es Antonio:

FILÓN
Este descontrol de nuestro general se pasa de la raya…
Su corazón de capitán, que hacía estallar las hebillas del peto
en medio del fragor de las batallas,
ha perdido su temple, y sirve ahora de fuelle y
abanico para enfriar la lujuria de una egipcia…
Veréis en él a uno de los tres pilares del mundo
transformado en el bufón de una ramera.
Mirad y comprobadlo.[2]

Y comprobar cómo este héroe se entrega completamente a su amante es lo que hacemos durante toda la obra. Su primer diálogo lo pronuncia mientras persigue a una caprichosa Cleopatra que lo increpa sobre su afecto hacia ella:

CLEOPATRA
Si me amáis de verdad, decidme cuánto.
Antonio: Muy pobre es el amor que puede calcularse.
Cleopatra: He de saber hasta dónde me aman.
Antonio: Debes entonces descubrir un nuevo cielo y una tierra nueva.[3]

La frialdad, el cálculo y la retórica del hombre de Estado han sido reemplazados por la fatuidad, la frivolidad y la debilidad del humano enamorado. Y no solamente los que están a su alrededor son los que se han dado cuenta de ello:

CÉSAR
De Alejandría éstas son las noticias:
pesca, bebe y derrocha las lámparas nocturnas en orgías.
No es mucho más viril que Cleopatra;
ni es la reina de Tolomeo mucho más femenina que él;
apenas si concede audiencias, o si reconoce tener compañeros.
Encontrarás aquí un hombre que es resumen
de todos los defectos que un hombre puede acarrear.[4]

II. El cálculo de Cleopatra

Cleopatra es el otro pilar de la obra. Ella, al mismo tiempo que mujer, es reina, y como tal hace todo para –lo que Nicolás Maquiavelo propone como el objetivo primordial de todo príncipe– mantener el poder. Ha sido amante, por lo menos, del hijo de Pompeyo, de Julio César, con quien tuvo un hijo, y ahora de Antonio. En su momento le juró a cada uno de ellos su amor eterno:

CLEOPATRA 
¿A César lo amé tanto?

CARMIANA
¡Ah, el magnífico César!

CLEOPATRA 
¡Que otra parecida exclamación se te atragante! Di: “Ah, el valiente Antonio!”.

CARMIANA 
¡Ah, el valiente César!

CLEOPATRA 
Haré, por Isis, que te sangren los dientes si equiparas de nuevo a César con mi hombre, el mejor de los hombres.

CARMIANA
Perdóname, pero sólo repito lo que solías decir.[5]

En el pensamiento de Cleopatra sí está Antonio, pero su imagen no obnubila su razón. Al contrario, se preocupa por que Antonio no deje de amarla. Pero en el fondo no le preocupa perder su amor, sino su protección. Por eso no le estremece que Antonio tenga a Fulvia como esposa a principio de la obra, como tampoco le importa realmente que se case con Octavia en el segundo acto. Antonio puede obrar como le plazca, siempre y cuando no la desampare políticamente. De ahí su enojo cuando escucha las noticias del nuevo matrimonio de Antonio:

CLEOPATRA
Al elogiar a Antonio, he despreciado a César (Octavio).[6]

Después de un par de derrotas navales, y ante la entrada inminente del ejército de César Octavio, Antonio decide suicidarse. Pero, antes de morir acepta el intercambio del que fue partícipe y propone a Cleopatra continuarlo con un nuevo hombre:

ANTONIO
Una palabra dulce reina:
busca junto a César tu honor y tu seguridad.[7]

Así, una vez muerto Antonio, Cleopatra intenta encontrar en César Octavio un nuevo protector:

CLEOPATRA
Si tu amo desea convertir a una reina en su mendiga,
habréis de decirle que la majestad,
si se guarda el decoro, no puede mendigar menos de un reino.
Si para mi hijo le complace darme el derrotado Egipto,
me dará tanto de lo que ya es mío, que de rodillas, lo agradeceré.

PROCULEYO
Déjame comunicarle tu dulce sumisión,
y encontrarás a un vencedor que pedirá la gracia de venir
en tu ayuda cuando le estás rogando de rodillas.

CLEOPATRA
Te lo ruego, dile que soy vasalla de su fortuna,
y que le envío la grandeza que ha conquistado.
De hora en hora me instruyo en la doctrina del obedecer,
y tendré mucho gusto en mirarle a la cara.[8]

 Sin embargo, César Octavio la ve sólo como un trofeo que piensa presentar en Roma durante su desfile triunfal. Al enterarse de ello, Cleopatra prefiere suicidarse que vivir como esclava. 

III.  Nadie sino Antonio podía vencer a Antonio

Estos breves bosquejos de ambos personajes nos permiten elaborar los razonamientos que señalé al principio. Por una parte tenemos a Antonio cuya fuerte figura masculina se deshace ante la gran pasión que siente por Cleopatra. Ante un sentimiento de amor que descarta por completo a la razón. Como en algún momento señala César, el héroe no logra conciliar sus obligaciones de general romano, integrante del triunviro junto con el mismo César y con Lépido, con sus goces privados. El sentimiento amoroso por la reina egipcia lo carcome y lo debilita.
Por otro lado está Cleopatra quien absorbe todo lo que Antonio, en tanto hombre, debería ser. Ella es calculadora y utiliza su cuerpo para preservar su reino, lo cual no significa que no tenga sentimientos afectivos con los que se acuesta. Pero ella en ningún momento pierde la cabeza.
Antonio abandona la vida pública para complacer su vida privada. Cleopatra, en cambio, utiliza su vida privada para preservar su vida pública.
De esa forma Shakespeare rompe con la relación hombre-jefe de estado-racional y con la de mujer-subyugada[9]-sentimental, para reemplazarlas con un cruce entre una y otra. Tenemos, entonces, un hombre-subyugado-sentimental y a una mujer-jefa de estado-racional. Las características que hemos decido asignarle a un género o a otro, por lo tanto, no son atribuibles a un sexo o a otro, sino a los humanos tout court.
Así, con Antonio y Cleopatra Shakespeare nos plantea que la condición humana es una participación simultánea que todos tenemos de ciertos sentimientos e ideas. Y que éstos no dependen ni cambian con el sexo de las personas. Las diferencias entre hombres y mujeres no se encuentran, por tanto, en un conjunto de ideas o afecciones propias a unos o a otros, puesto que, en realidad, todos las compartimos.

NOTA: versión editada por Martín Casillas de Alba. 
Maestro de asignatura de la materia optativa Shakespeare: liderazgo y vida.



[1] Ver Julio César, acto III escena ii.
[2]  Antonio y Cleopatra Acto I, escena i, líneas 1-13. El famoso “Behold and see” en el original sirve también como recurso meta-teatral para presentar e introducir la obra. Y, por supuesto, para darle el carácter de lo que es: una obra, y no la realidad.
[3] Ídem I, i, 14-17.
[4] Ibíd. I, iv, 3-9.
[5] Ibíd. I, v, 69-76.
[6] Ibíd. II, v, 112.
[7] Ibíd. IV, xv, 48-49.
[8] Ibíd. V, ii, 15-33.
[9] Uso este término para referirme a esclava de sus circunstancias. 

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