jueves, 5 de abril de 2012

Los augurios al inicio de campaña

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 7 de abril, 2012.

Mujeres romanas.
El 14 de febrero celebraban en Roma las Lupercalias o el día del amor. Para el mes siguiente, el 14 de marzo, era el idus y entre esas dos fechas los augurios señalaban por todas partes que algo andaba mal, tanto que Calpurnia le suplicó a Julio César, su marido, que no fuese ese día nefasto al Capitolio: había soñado y los augurios señalaban lo mismo.

Amenazaba una fuerte tormenta y se veían los relámpagos brillar en la bóveda celeste iluminando el cielo con unos rayos que, extrañamente, cruzaban de un lado para el otro el horizonte antes de que se cimbrara la tierra con sus tumbos. Temblaba y volvía a temblar y la noche antes del idus, el senador Casca apretaba el paso a su casa cuando se topó con Cicerón quien, al verlo, le preguntó que le pasaba, asombrado por el aspecto que traía:

—¿Por qué estás sin aliento y miras de esa manera Casca, qué te pasa? —al tiempo que esbozaba una sonrisa maliciosa con la que todo mundo lo reconocía.

—¿Qué no te da pavor cuando la tierra tiembla y se convierte en algo inestable? ¡Ay, Cicerón! Has visto una tempestad que parte a los nudosos robles. ¿No?, pues yo he contemplado cómo el ambicioso océano se hincha, ruge y echar espuma alzándose tan alto como si tratara de alcanzar a las nubes amenazadoras, pero nunca como esta noche, nunca como ahora con una tempestad en la que parece que va a llover fuego. Debe haber una guerra civil en los cielos o el mundo se ha portado tan insolente con los dioses que ahora descargan su furia y amenazan con destruir a Roma.

Todo era especulación y temores infundados; todo lo que sucedía o decían que pasaba era para los romanos material que interpretaban a su manera: el vuelo de los pájaros, los intestinos de las víctimas y, ahora, los sismos o los rayos y la amenazadora tormenta y todo lo demás que había visto Casca esa noche.

En México empezaron las campañas y ese inicio estuvo lleno de augurios y presentimientos como en la Roma antigua: en Guadalajara, daba la impresión que estaban festejando a plena luz; en el DF hubo mareos, protestas, desórdenes y un sismo que sacudió parte del país; en Tabasco, un poco más tarde, el candidato arrancó en medio de una lluvia y una tormenta eléctrica agorera, como lo la de Roma pero ahora en Macuspana, donde podían ver cómo se caían los árboles y los postes por una lluvia pertinaz.

Cicerón no se dejaba engañar por las supersticiones y reconoció que, a pesar de que eran tiempos extraños, cada quien podía interpretar esas señales a su manera independientemente del origen. Tenía razón.
 Martín Casillas de Alba

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