martes, 6 de marzo de 2012

La traición de Coriolano

Por David Rivera Castro
Estudiante de Derecho del ITAM
Alumno del materia optativa: Shakespeare: liderazgo y el dilema político
Primer semestre del 2012.


Coriolano (Ralph Finnes) despidiéndose de su esposa Virgilia.
Estamos en el siglo V antes de Cristo. El pueblo de Roma tiene hambre. Los plebeyos han tomado las calles para exigir la repartición del trigo. Con lo que le sobra a los patricios quedarían satisfechos. El noble Menenio Agripa intenta calmarlos contándoles la metáfora de las tripas [1]. Si el estómago está lleno el resto del cuerpo puede vivir. Lo mismo pasa con el cuerpo social. Así como el estómago reparte los nutrientes a los miembros del cuerpo, los patricios se encargan de distribuir la riqueza a los demás habitantes de Roma. Sin él –ellos– el resto perecerían. Pero los plebeyos no quieren escuchar. Entra con sus palabras el general Cayo Marcio: Y vosotros ¿qué tramáis rebeldes, vosotros que llegarías a sacaros escamas al arrancar la sarna infecta de vuestra opinión? Así empieza William Shakespeare su Tragedia de Coriolano escrita en 1607. [2]

La historia que se desarrolla después de este momento no cuenta con gran complejidad. Así como ninguno de sus personajes. Se trata de una historia lineal de cuyos participantes conoceremos únicamente su superficie. Y sin embargo, el escritor de Stratford-upon-Avon logra maravillarnos con su manera de presentar lo humano.

Desde la primera escena Cayo Marcio ataca la volubilidad de los plebeyos: Vuestra opinión cambia a cada instante y llamáis noble a quien no ha poco odiabais [3]. Los reclamos, tanto del protagonista como de otros personajes, hacia el fácil cambio de opinión –de los plebeyos en particular pero de la gente en general– se vuelven una constante que llega hasta el final de la obra [4]. Pero es ésta misma la que nos muestra que el cambio de ideario no representa, realmente, un inconveniente para el ser humano. El propio Coriolano [5] lo exterioriza:

Oh, mundo, cuán volubles son tus cambios. Los que juraron ser amigos 
y que aún juntos, al parecer, sólo alojan un corazón en el pecho,
los que comparten el tiempo, la comida, el lecho y las fatigas,
fundidos, por así decirlo, en un amor inseparable,
en un momento y por cuestiones baladíes,
pueden llegar a separarse y a convertirse en crueles
enemigos. Del mismo modo, los enemigos más fieros
que pasaban sus noches en vigilia devorados por el odio
y las maquinaciones para destruirse el uno al otro
por cualquier causa, por cualquier circunstancia que no vale
un cascarón, se convierten en amigos del alma,
e incluso unen sus destinos. Así me aconteció a mí,
 que odio el lugar en que he nacido y quiero a esta ciudad
que es mi enemiga. Entraré. Si me mata se habrá hecho
justicia. Pero serviré a este país si me perdona. [6]

Marcio no desprecia la posibilidad de la alteración de las ideas. Al contrario, la presenta como parte necesaria de la existencia. Lo que él desdeña es al carácter inconstante. Sin embargo, su gran error –que lo lleva a su desgracia final– es no darse cuenta que la traición que hay que reclamar más fuertemente no es la traición a las creencias [7], por más rápida y frecuente que ésta sea, sino la traición a uno mismo.

Debemos ser desertores de las ideas. El ser se construye gracias a la aceptación de la derrotabilidad de ellas y de la falibilidad humana. Frente a éstas no debe tenerse, jamás, una lealtad absoluta. Afirmar lo contrario es tomar el camino del dogmatismo. La ciencia, el arte, y con ellas el hombre, se fundan en esta posibilidad, maravillosa, de mutación ideológica. [8]

No puede decirse lo mismo del distanciamiento de uno con su voz interna. Coriolano escucha en dos ocasiones voces externas y decide sobreponerlas a la suya. La primera lo lleva a la miseria. La última a la muerte.   

Al volver victorioso de Corioles, Cayo Marcio es nombrado cónsul por el Senado. Para hacer el cargo oficial, la tradición prescribía que el futuro cónsul debía vestirse con la toga de la humildad –una toga blanca–, mostrar sus heridas de guerra y salir a pedir su voto al pueblo. Marcio no podía estar más en desacuerdo:
Os pido que me perdonéis
si no procedo según es costumbre pues jamás podría vestir
la toga de humildad, mostrarme desnudo y con mis súplicas
arrancarles el voto en nombre de mis heridas. Os lo ruego,
haced que no tenga que pasar por eso. [9]   

Pero las súplicas de los patricios [10], entre ellos Menenio Agripa y Cominio, sumadas a los empujes de su madre, Volumnia [11], lo llevan a aceptar una conducta que él mismo reconoce como hipócrita [12]:

Señor, adularé al pueblo, ese jurado hermano mío, para ganarme su más
afectuoso reconocimiento, pues es este proceder el que más
gentilmente acogen; y puesto que la sabiduría de sus deseos
se inclina por mi sombrero antes que por mi corazón, habré
de poner en práctica la más hipócrita de las reverencias y
quitarme el sombre ante ellos del modo más engañoso. Es
decir, noble señor, que imitaré el fingimiento de alguno de
esos hipócritas tan populares y lo ofreceré con mucho gusto
a todo aquél que lo desee. Así pues, os pido que me  nombréis
cónsul. [13]

Al entrar al campo político –ajeno a su verdadero interés– Coriolano se sumerge, también, en las intrigas que éste conlleva. Pero Marcio no es un hombre político y no domina las palabras con la destreza que domina las armas.  El pueblo decide otorgarle el voto, pero, instigados por los tribunos del pueblo –que ven en la ascensión de Coriolano su descenso–, se lo retiran momentos después. Coriolano explota en cólera, rompe con los tribunos y con los plebeyos. Éstos, en reacción e inducidos por los tribunos, deciden desterrarlo de Roma. Es la primera derrota de Marcio. [14]

Para vengarse de esa ciudad llena de basura hecha de yerba corrupta [15], Marcio decide aliarse con los volscos y su líder Tulo Aufidio. Así, comienza la marcha hacia Roma. [16]

El pánico reina en su antigua ciudad [17]. El avance de Marcio es implacable: no hay plaza que no se le rinda antes de sitiarla [18]. Los romanos han mandado varias embajadas para intentar pactar la paz. Pero Coriolano se niega. Así como los volscos. La última esperanza romana recae en la madre de Marcio [19].

Cuando Coriolano ve llegar a Volumnia intenta, en vano, cerrarse, poner una barrera ante sus súplicas:

¡Retrocede, oh, tú, amor! 
¡Rompeos, vínculos de la naturaleza! 
¡Rompeos privilegios de la sangre! 
¡Que sea virtuoso ser obstinado! [20]

Pero los ruegos de su madre son demasiado fuertes [21], y prevalece, de nuevo, la voz externa a la interna. Coriolano termina cediendo y con ello traicionándose:

Oh madre, madre…
¿Qué habéis hecho? El cielo se ha abierto
los dioses nos miran riéndose de esta escena
contra natura. ¡Oh madre querida, madre…!
Ganasteis una victoria para Roma, madre,
pero para tu hijo, créeme, oh, créeme…
para tu hijo una derrota de grave riesgo,
si no es mortal. Mas nada importa, Aufidio,
si no puedo hacer una guerra lealmente,
prepararé una paz digna. Mi buen Aufidio, en mi lugar
¿habrías escuchado menos la voz de vuestra madre?
¿Le habrías concedido menos de lo que yo le concedo?[22]

 Pero Coriolano no es dueño absoluto de sus circunstancias [23] –nadie lo es– y esta segunda traición interna conlleva una externa: la de los volscos. Ni Aufidio [24], ni el pueblo volsco, ni su Senado [25] se lo pueden perdonar:
… pues por pocas lágrimas de mujer, tan baratas como la mentira, 
ha vendido la sangre y el esfuerzo de nuestra campaña. 
Por esto ha de morir. [26]

Así, con este final trágico, la obra de Shakespeare no muestra cómo Coriolano se centra en criticar la traición a los ideales, el cambio de criterios, pero no se da cuenta que éstos son por su naturaleza efímeros y cambiables. A quien realmente se ha de seguir, y al no darse cuenta de ello lo paga con la vida, es al yo interno. Aquella voz que nos habla y con la que debemos dialogar. La verdadera traición, aquella que no debemos permitir, no es externa y no es a las ideas; es interna y es la traición a uno mismo.   
            


[1] Esta metáfora ha sido utilizada en distintos momentos históricos para explicar un concepto de Estado como un cuerpo viviente donde todos los miembros sociales tienen una función, de la misma manera que los miembros del cuerpo tienen la suya. Así, las manos no deben intentar hacer lo que le corresponde a las piernas o las orejas. Los artesanos tampoco deben, entonces, aspirar a las tareas de la nobleza o la realeza.  
[2] En los dos años anteriores había escrito Otelo (1604), El rey Lear (1605), Macbeth (1606) y Antonio y Cleopatra (1606). 
[3] Aquel que os trajera las buenas palabras, adulándoos encubriría su desprecio. Y vosotros, perros callejeros, ¿qué haríais vosotros, enemigos de la paz, de la guerra, si una os llena de temor y la otra de orgullo? Aquel que en vosotros confiara encontraría en vosotros a la liebre, nunca al león. Encontraría gansos, jamás zorros; más vulnerables sois, mucho más que la brasa de carbón sobre el hielo o el granizo bajo el sol. Toda vuestra virtud  se reduce a honrar a quien merece castigo por sus injurias y a maldecir la ley que le ha condenado. Quien es digno de grandes es digno de vuestro odio. Y vuestros deseos son los de aquel hombre que estando enfermo, desea más lo que más daño le causa; el que está a merced de vuestro favor nada con lastres de plomo y derribáis robles con juncos. ¡A la horca con vosotros! ¿Queréis confianza? Vuestra opinión cambia a cada instante y llamáis noble a quien no ha poco odiabais. Y llenáis de vileza a quien antes enaltecíais. Pues inundáis la ciudad por todas partes lanzando gritos contra el Senado que con la protección de los dioses os mantiene en orden para que no podáis devoraros. Coriolano a los plebeyos (I. i. 156-177).
[4] En la última escena los conspiradores volscos reclaman cómo ahora “estos pobres miserables cuyos hijos él asesinó rompen sus gargantas para darle la bienvenida”, refiriéndose a los ciudadanos que siguen a Coriolano en su entrada triunfal a Corioles (V. vi. 50-53).
[5] Después de la conquista de Corioles el Senado le otorga a Cayo Marcio el nombre de Coriolano.
[6] Coriolano (IV. iv. 13-27).
[7] En realidad, si aceptamos que la traición –como concepto– involucra, necesariamente, dos miembros, un lazo de lealtad, el  rompimiento de éste por parte de uno de aquéllos y, por supuesto, un posterior ataque de parte del miembro desertor al otro miembro. Y que es, entonces, la ruptura de un deber de fidelidad. Debemos también aceptar, desde una epistemología no dogmática, que respecto a las ideas nunca puede hablarse de traición, puesto que con ellas jamás se tiene un deber de lealtad.
[8] Basta pensar únicamente en dos de los grandes autores que han hablado al respecto:
-Popper, Karl, En busca de un mundo mejor, Paidós, Barcelona, 1994.
-Kuhn, Thomas, La estructura de las revoluciones científicas, Fondo de Cultura Económica de España, Madrid, 2005.
[9] Coriolano (II. ii. 134-138). La incomodidad de Marcio está presente en varios pasajes, especialmente: ¡Vanagloriarme diciéndoles “hice esto y estotro”, mostrarles las cicatrices ya curadas, que mejor fuera ocultarlas, como si las hubiera sufrido sólo para comprar sus votos! (II. ii. 146-149). 
[10] Os pido, noble señor, que os ciñáis a la costumbre y aceptéis, como siempre hicieron vuestros antepasados, el honor según el ceremonial. Menenio a Coriolano (II. ii. 140-144)
[11] Ya he vivido lo suficiente para ver cumplidos mis deseos, y para ver alzados los castillos de mi fantasía. Sólo me falta una cosa que a buen seguro nuestra Roma ha de otorgaros. Volumnia a Coriolano (II. i. 186-189)  
[12] Coriolano sabe que no está siendo sincero con él mismo y se reclama su conducta: ¡Oh, dulces votos! ¡Fuera mejor morir, perecer de hambre, antes que mendigar el salario bien merecido! ¿Por qué tengo yo que estar aquí, vistiendo esta vieja y pobre toga y mendigando a éste, y a estotro, y a quienquiera que pase sus votos inútiles? ¿Sólo por la costumbre? Si hubiéramos de obedecer siempre los deseos de la costumbre, el polvo de tiempos antiguos yacería acumulado ante nosotros y las montañas de errores serían demasiado altas como para que la verdad pudiera verse sobre ellas. Antes de hacerle tal burla, mejor sería que la dignidad y los grandes honores recayeran sobre aquéllos que a tales designios quisieran someterse. Coriolano (II. iii. 108-120).  
[13] Coriolano (II. iii. 91-101).
[14] Sólo el nombre me queda ya. La crueldad y la envidia del pueblo, con permiso de los nobles más cobardes han devorado el resto, permitiendo que un plebiscito de esclavos me desterrara de Roma. Coriolano. (IV. v. 69-74).
[15] Cominio (V. i. 25).
[16] Marcio se dirige a Aufidio con estas palabras: Si aquí me presento ante ti es por vengarme de quienes me desterraron. Sólo por eso. Coriolano (IV. v. 78-80).
[17] Cominio expresa la desesperación romana y se refiere al avance de Coriolano de la siguiente forma: ¡Él es su dios ahora! Los acaudilla como si no hubiera sido creado por la Naturaleza sino por otra divinidad que forjara mejor que ella a los hombres. Y le siguen contra nosotros, pobres diablos, como niños que cazan mariposas en verano o carniceros que matan moscas. (IV. vi. 94-99).
[18] Aufidio (IV. vii. 29). 
[19] Así que no hay esperanza, sino en su noble madre y en su esposa, quienes pedirán clemencia para su país, según me han dicho. Cominio respecto Volumnia y Virgilia (V. i. 70-73).
[20] Coriolano (V. iii. 24-26). 
[21] Algunas de las súplicas maternas son las siguientes:
Tendremos que perder, oh dioses, nuestro país, que es nuestra vida misma, o perderte a ti que eres nuestro consuelo. Volumnia a Coriolano (V. iii. 110-112).
En cuanto a mí, hijo mío, no tengo la intención de esperar la suerte que el fin de esta guerra me reserva. Si no acierto a convencerte de que debes mostrar benevolencia a ambos bandos sin buscar la ruina de uno sólo, no podrás iniciar el asalto contra tu patria, de eso ten seguridad, sin que antes pisotees el vientre de tu madre, ese que a ti te trajo al mundo. Volumnia a Coriolano. (V. iii. 120-126).
Sabes hijo mío que el fin de esta contienda es incierto; y que lo único que es cierto es que si conquistas Roma, el beneficio que lograrás será un nombre que habrás de llevar lleno de maldiciones, y las crónicas escribirán “el hombre era noble, pero su honor fue borrado en la última contienda en la que destruyó su patria, quedando como ejemplo execrable para el futuro”. Volumnia a Coriolano (V. iii. 141-149). 
No hay hijo en el mundo que deba más a su madre. Volumnia a Coriolano (V. iii. 159-160).
En toda tu vida has tenido cortesía alguna con tu madre, y ella como gallina clueca que no ha querido a ningún otro polluelo cacareando, sí, de ese modo, te ha acompañado siempre a las contiendas, devolviéndote a casa lleno de honores, sano y salvo. Di que es mentira lo que digo y despídeme… Pero si es verdad, tú no eres honesto, y caerá sobre ti la peste de los dioses por negarme una obediencia que es patrimonio de todas las madres. Volumnia a Coriolano (V. iii. 161-169).
[22] Coriolano. (V. iii. 183-194).
[23] Lo que ahora haga está subordinado a otros intereses. Y aunque el derecho de vengarme es mío, el perdón sólo vive en el corazón de los volscos. Coriolano a Menenio (V. ii. 83-84).
[24] Nobles señores, jefes del Estado, escuchadme: él ha traicionado con sutil perfidia vuestros intereses y por cuatro lágrimas saladas ha entregado vuestra ciudad de Roma –digo “vuestra ciudad”–  a su madre y a su esposa, rompiendo aquello que había jurado hacer, como se rompe el hilo de la seda podrido. Éste que jamás ha aceptado que se le aconseje en la guerra, ante las cuatro lágrimas de su nodriza ha llorado y ha gemido arruinando vuestra victoria, de forma que hasta los pajes se han sonrojado lo mismo que los hombres de bien, que se miraban los unos a los otros sin creer lo que veían. Aufidio (V. vi. 90-99).
[25] Un Senador: … las faltas que antes cometiera, creo, tenían fácil perdón, pero finalizarlo todo cuando todo tenía que haber comenzado… sacrificar todas las ventajas que teníamos, dejarnos todo el gravamen de la guerra y hacer un pacto cuando lo que se imponía era la capitulación: eso no tiene excusa. (V. vi. 62-67).
[26]  Aufidio (V. vi. 44-46).

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