jueves, 5 de enero de 2012

La paradójica educación de los prínicpes


En el Renacimiento, los humanistas se preocupaban por la educación de sus príncipes, tal le pasaba a Erasmo de Rotterdam (1466-1536) que, influenciado por las ideas de Platón publicadas en su República, escribió sobre este tema compartiendo con el filósofo tanto su poca confianza en el pueblo como en la democracia. Erasmo proponía que el príncipe debía de ser sabio y debía de tener una buena cultura adquirida a través de dos clases de educación: la clásica, en donde el conocimiento de Las fábulas de Esopo les podrían enseñar tantas cosas como saber que, aunque fuera el más fuerte del mundo, nunca debería ser un tirano, ni debería de provocar al enemigo. El otro tipo de educación se refería a la cristiana, en donde el príncipe ideal no sólo debía ser sabio, sino que debía vivir y actuar con unas ideas más cercanas a los evangelios (negocium que es la acción, opuesta al ocium de los que piensan). Por eso proponía que el ejecutivo, el que actuaba, debía estar rodeado de buenos consejeros de gente pensante y con eso, lograrían su meta como era la concordia, es decir la cum-cordia o vivir corazón a corazón, como una manera más humana de ejercer el poder para gobernar en paz.

Esto era más o menos lo que proponía Erasmo en la Querella de la paz en el sentido ambiguo del título, pues sabía del drama político y de la discordia o el altercado que se produce cuando intentan gobernar en paz, en donde los príncipes deberían estar al servicio de los suyos para el bien común, como Erasmo lo proponía y que, tantas veces ese deseo se contraponía a la realidad, como le pasaba a Enrique V que deseaba gobernar en paz cuyas horas fuesen provechosas para quien las trabaja, mientras enfrentaba al ejército de Carlos VI de Francia, allá en los campos de Agincourt.

Maquiavelo (1469-1527), contemporáneo de Erasmo, también se dedicó a aconsejar a los gobernantes y para eso publicó El Príncipe que se puede leer como una manera de quitarle la máscara a los gobernantes para que conociéramos la manera en que lo hacían los Borgia, por ejemplo. Maquiavelo, como Esopo tiene sus moralejas: es mejor ganar la confianza de la gente, que confiar en su fuerza, que vienen como anillo al dedo para los que ostentan el poder.

Años después, William Shakespeare (1564-1616) nos presenta dos casos que contrastan en cuanto a los resultados de la educación que recibieron para ser unos buenos gobernantes: por un lado, está Enrique V, el joven rey que conquistó Francia quien prefirió estudiar en el “universidad de la calle” para conocer a los que serían sus súbditos donde estaba Sir John Falstaff, quien decía ser su padre putativo allá en la taberna La Cabeza de Jabalí en East-Cheap, el Tepito de Londres. En 1413, una vez coronado, el arzobispo de Canterbury se asombra de la transformación del príncipe: era impredecible tal como lo veíamos en su juventud. Apenas su padre exhaló el último suspiro, que el desenfreno, ese que tanto lo mortificaba, moría también y, desde ese mismo momento se le ha despertado la reflexión, como si el ángel de la consideración hubiera descendido para expulsar de su alma el pecado de Adán... Con esa educación, es uno de los reyes más populares de Inglaterra.

En cambio, Hamlet, el príncipe de Dinamarca, siguió al pie de la letra la educación propuesta por Erasmo: fue a la Universidad de Wittenberg a estudiar filosofía y regresa al castillo de Elisnor después de la muerte de su padre, la usurpación del trono por Claudio su tío que además se casó con su madre la viuda del rey Hamlet y, el hijo, tan bien educado, tan buen lector y universitario, fue incapaz de gobernar a pesar de ser un filósofo —como sabemos que duda eso de ser o no ser—, un amante de las artes dramáticas que fue incapaz de tomar las riendas hasta que era demasiado tarde, para entregarle el trono al noruego Fortinbrás. Paradojas de la vida.

Martín Casillas de Alba
México D.F. a  6 de enero, 2012.

Texto publicada en INFOSEL y en El Informador de Guadalajara en diciembre del 2011.

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