jueves, 15 de diciembre de 2011

Julio César, el retrato de liderazgos inconclusos

por María Arellano
Estudiante de Economía y Ciencia Política, ITAM
Curso optativo de Estudios Generales, Shakespeare: liderazgo y vida.



Foro Romano
La obra nos presenta a Roma en el año 44 a.C., cuando Julio César estaba en la cima de su gloria y poder. El cargo de dictador vitalicio y su prestigio ganado en los campos de batalla representaban, a ojos de muchos, un peligro para la república. En este escenario, se empieza a fraguar una conspiración para acabar con la vida de Julio César y evitar una tiranía. Aunque Julio César muere a la mitad de la obra, la trama y las acciones de todos los demás personajes giran alrededor del personaje de César. El surgimiento del descontento dentro de un grupo de senadores que, por diversas razones querían acabar con Julio César, va a permitir al autor presentarnos el retrato de los diferentes partidos involucrados y de diferentes aspectos de liderazgo. Por una parte, los conspiradores, entre los que destacan Bruto y Casio; por otro, Julio César y Marco Antonio. Aunque Julio César sea el personaje alrededor del cual se teje toda la acción y el motor para los demás, hay que analizar de qué manera los otros personajes ejercen aspectos de liderazgo para lograr sus objetivos, los conspiradores llevar a bien su proyecto y Marco Antonio vengar a César. 


La obra abre presentándonos el descontento latente que existía en Roma ante el riesgo de la monarquía, los tribunos de la plebe gritan ¡No más monarquías! (pp. 26), y hacen evidente que no están dispuestos a aceptar que la ambición de César ponga en riesgo a la república. 


Debemos de centrarnos primero en el personaje de Julio César, pues es el causante de toda la trama, por la amenaza de su ambición inicia la conspiración. Aunque perteneciente a una familia patricia, el prestigio y la gloria de César se debían ante todo a sus éxitos militares. Cómo lo resalta Marco Antonio en su discurso fúnebre, la república le debía mucho a César y sus victorias. César era, antes que un hombre político, un hombre de armas, su carácter se forjó en los campos de batalla, contaba con la lealtad de sus legiones, que demuestra al cruzar el Rubicón, con esto, César también demuestra su capacidad de estrategia política. Ante el riesgo de ser acusado de traición, juega a la perfección sus cartas, sabedor de su punto fuerte que era la lealtad de sus legiones, llega a Roma y derrota a Pompeyo, volviéndose dictador vitalicio de la república. 


César sigue siendo hoy en día una de las figuras de liderazgo más llamativas, pese a que murió a manos de sus enemigos. El carisma y el prestigio de César ganado en los campos de batalla no pudieron evitar que fuera víctima de su propio liderazgo. En efecto, el prestigio y el poder de César eran tales que a ojos de los conspiradores, eran un riesgo para la república. Aunque existía el Senado como un contrapeso, no se puede negar que César era la figura dominante de la vida política romana, era adulado por la población, lo vemos con la reacción en las Lupercalias cuando Marco Antonio le presenta una corona. 


César era un gran líder, era carismático y gozaba de un prestigio ganado, sus numerosas victorias militares atestiguan de eso. Sin embargo, no fue capaz de ver de qué forma el ambiente había cambiado, no fue capaz de escuchar los avisos ni confió en los augurios. César actuó como militar, confió en la lealtad de los senadores, en lugar de ver a éstos como político, desconfiando e interpretando sus posibles motivaciones y los celos que le tenían. 


César se niega a escuchar las súplicas de Calpurnia, no está dispuesto a mentirle a los senadores, tiene que ir al Senado. Esto refleja su carácter, no puede mentirle a los senadores, actúa como hombre de estado, responsable y recto. Sin embargo, debería de haberse mostrado más dispuesto a ver la amenaza que pesaba sobre su cabeza, su necesidad por mostrarse más dedicado a su puesto que a su persona también va a hacer que no oiga las súplicas y un último intento por avisarle de la conspiración, justo llegando al Senado. César incluso se muestra soberbio, cuando recuerda al adivino y le dice que ya son los idus de marzo. 


Incluso siendo un gran líder militar y un reconocido hombre político, César fue incapaz de escuchar consejos, un buen líder tiene que saberse rodear de gente de confianza, pero no sólo eso, sino que tiene que saber escuchar lo que éstos tienen que decir. 


Saber estar a la escucha de las preocupaciones de los demás es imprescindible para un líder, Casio por ejemplo logra convencer a Bruto conociéndolo, sabiendo escuchar las preocupaciones de Bruto. Casio sabe qué argumentos presentarle a Bruto para convencerlo, escucha primero sus compromiso con la república y sutilmente le dice que no quiere hablar abiertamente el tema de la conspiración, pero escucha los argumentos de Bruto. Casio también es capaz de saber que si le hace creer a Bruto que más gente lo apoya y pide que actúe para preservar la república, éste va a unirse a los conspiradores, es por eso que Cina para persuadirlo manda a su casa de manera anónima un escrito. Casio sabe el valor que tendría tener a Bruto de su lado, por su honor y prestigio dentro de la república, (...) sería bueno que Bruto estuviera con ellos, sabía los efectos que tendría, pues el pueblo lo tenía en muy alta estima y, así, lo que ellos harían solos podría sonar más bien a un vil delito, en cambio, con la alquimia de Bruto, ese terrible acto se convertiría más bien en virtuoso y meritorio. (pp. 49). 


Casio sabe la importancia de rodearse de las personas correctas, y Bruto es una de ellas, pues es esencial para el éxito de la conspiración. Casio sabe no sólo convencer a Bruto de la legitimidad de su acción, sino que también sabe quedarse en el margen, es Bruto quien se enfrenta a la población tras el asesinato de César, es Bruto quien justifica los actos de todos los conspiradores y asume su responsabilidad. 


Aunque Casio tiene características necesarias en un buen líder, como es saber estar a la escucha de los demás, saber reconocer el momento oportuno para actuar y convencer a los demás, también le faltan rasgos característicos de un líder. 


Si contrastamos la motivación de Bruto y la de Casio para derrocar a Julio César, nos parece que Casio actuaba más por celos, el resentimiento que le tiene a César es evidente, cuando habla con Bruto durante las Lupercalias vemos que Casio le tiene rencor a César por muchos motivos, y son éstos y no su compromiso con la república lo que incentivan su adhesión a la conspiración. 


Casio falla al tener una visión de corto plazo, su objetivo era asesinar a César, pero nunca se preguntó qué pasaría después, no trazó una estrategia para estabilizar a la república acéfala ni para granjearse el apoyo de personas como Marco Antonio. Es entendible que dado lo pasional de sus motivos, no fuera racional al elaborar un plan, sin embargo, un buen líder tiene que tener siempre muy claro cuál es el objetivo y cuáles son los medios de los que dispone, un buen líder tiene que saber diferenciar los medios de los fines. Parece que para Casio, el asesinar a César era un fin en si mismo, mientras que para Bruto era un medio únicamente, pues el fin era preservar la república y la libertad. 


Además, Casio demuestra no tener las cualidades de un líder cuando es acusado por Bruto de prestarse a actos de corrupción, un líder debe de mantener su credibilidad y legitimidad, pues para ser un líder se debe de contar con el respeto y el apoyo de los demás. 


En este sentido, Bruto encarna más que Casio los ideales de un liderazgo que se rige por un ideal claro. Bruto no va actuar contra César por rencores o celos, sino que realmente cree que está haciendo algo necesario para la república, como declara tras el golpe: si ese amigo se pregunta por qué Bruto se alzó en contra de César, ésta es mi respuesta: Bruto no amaba menos a César sino que amaba mucho más a Roma, (pp. 101). Bruto es capaz de luchar por un bien superior, la libertad y la república, y creyendo que éstas se encontraban en peligro, decide participar en la conspiración, pero nunca dudamos de su honor, aunque Marco Antonio intente socavarlo, Bruto se mantiene fiel a sus ideales a lo largo de la obra. 


Cuando está en campaña contra las legiones de Marco Antonio y de Octavio, le reprocha a Casio, su aliado, el uso de la corrupción para conseguir fondos, sabe pertinentemente que están cayendo en algunos de los excesos que se hubieran podido reprochar a César: ¿No fue por justicia por lo que corrió la sangre del gran Julio? ¿Qué villano tocó su cuerpo para matarlo sin reclamar justicia? ¿Qué no actuamos para defender a la República? ¿Habría alguien de nosotros, que herimos al hombre más encumbrado del mundo, sólo para solapar a unos ladrones que manchan ahora sus dedos con los sobornos y que venden plazas y empleos aprovechando el poder que ocupan unos puestos influyentes con amplios honores, en medio de la impunidad que se les ofrece, y todo por una vil basura que obtienen con ello? Preferiría ser perro y ladrarle a la luna que ser un romano así. (pp. 128). 


Bruto nunca pierde de vista que el objetivo de la conspiración, el fin que se ha dado a sí mismo, es defender a la República, contra César, pero también contra Casio si fuera necesario, por eso no tiene reparos en recordarle cuáles eran los motivos de la revuelta y las razones por las que él se unió. 


Aunque Bruto tiene una idea clara que lo guía, no tiene otras cualidades necesarias de un líder, es incapaz de juzgar de manera adecuada a su auditorio, ni de evaluar los riesgos potenciales tras su acción contra César. Bruto pensaba que todos, al igual que él, verían la necesidad del asesinato de César ante el riesgo que podía representar para la República, y justificarían y legitimarían el sacrificio de Julio César para preservar un bien superior. Esta es una equivocación respecto a Marco Antonio, pero también respecto al resto de la población. 


Por una parte, Bruto no cuenta con la oposición de Marco Antonio, no ve el peligro que puede representar para la causa de los conspirados, piensa que va a poner el interés de la República por encima de su lealtad y amistad, y claramente no era el caso. 


Por otra, Bruto no sólo se equivoca en el juicio que hace de Marco Antonio, sino también en el de la población, pues cree que hablándoles de manera racional va a ganarlos a su causa, les pide que lo juzguen con sabiduría, Marco Antonio sabe manipular a las masas, mientras que Bruto les pide que entiendan razones. Un líder siempre tiene que tener muy claro quién es su auditorio, conocer a su interlocutor para poder convencerlo y presentar sus argumentos de la mejor forma posible. 


Marco Antonio era el fiel amigo y compañero en armas de Julio César, antes de que estalle la conspiración, lo vemos siempre al lado de César, dispuesto a escucharlo y defenderlo. Parece sorprendente que Marco Antonio no haya visto la amenaza que existía contra su amigo, un buen líder debe de estar al tanto de lo que está pasando, debe de tener la mayor información posible para poder tomar las mejores decisiones. Tanto Marco Antonio como Julio César fueron incapaces de ver la conspiración que estaba surgiendo, no quisieron o no pudieron ver los signos de ésta para pararla a tiempo. 


Marco Antonio sabe mantener la sangre fría ante el asesinato de Julio César, en lugar de atacar de frente a los conspiradores, esconde sus verdaderas intenciones tanto para mantenerse a salvo, como para poder ganarse el apoyo de la población. Marco Antonio sabía que su margen de acción estaba acotado y que si actuaba impulsivamente correría la misma suerte que César, conocía el contexto y las armas, retóricas, de las que disponía. 


Marco Antonio espera el momento propicio para presentar su postura, de manera velada. Su discurso no pretende abiertamente llamar a la revuelta, primero defiende y le recuerda a los romanos todos los logros y las victorias de César, al que hacía poco vitoreaban. Marco Antonio hace ver lo ridículas que pueden parecer las acusaciones de ambición de César, pese a la honorabilidad de Bruto. Marco Antonio se presenta más cercano, muestra su dolor ante la pérdida de su amigo, y pone en tela de juicio los motivos y la legitimidad del asesinato de éste, presenta a los conspiradores bajo otra luz, ya no de salvadores de la República sino de traidores y asesinos. 


Marco Antonio sabe cómo manejar a la población, construye su discurso de tal forma que nunca se le pueda acusar de incitar directamente a la rebelión, pero sabe que es lo que va a lograr, además, siendo el amigo de César y estando en posesión de su testamento, es el heredero político más evidente en esos momentos, ante la ausencia de Octavio. 


Si Marco Antonio es el mejor orador de todos, pues tiene un potente motor en el ánimo de venganza, no tiene un plan claro para el largo plazo. Como Casio, se centra únicamente en la venganza de corto plazo, sin tener una estrategia y visión política más clara. Marco Antonio pierde de vista que si su amigo siguiera vivo, probablemente no llevaría a cabo un baño de sangre, buscaría mantener la unidad para preservar la República. Cegado por la venganza, Marco Antonio pierde la capacidad de cálculo estratégico que mostró al principio. 


Marco Antonio propone la división del poder en un triunvirato, pero no respeta a Lépido, un líder tiene que ser capaz de rodearse de consejeros, en este caso, Lépido era más que un consejero, era el igual de Marco Antonio. 


El discurso fúnebre de Marco Antonio nos hace pensar que será el gran heredero de César, un líder militar y político capaz de ejercer el poder. Su capacidad para mantener la cabeza fría y para dar un discurso tal que se gana a toda la población son cualidades que Casio no tiene. 


Sin embargo, la falta de una visión, que es reemplazada por la sed de venganza hace que Marco Antonio no se vuelva el líder que esperábamos. Casio sabe reconocer el valor de sus compañeros y sabe ganarse a Bruto para su causa, pero actúa contra César movido por razones pasionales, como Marco Antonio, y su corrupción durante la campaña militar no son el reflejo de un líder. 


Bruto tiene una visión clara, su misión es proteger la República, siempre tiene eso en mente pero su incapacidad para prever la oposición de Marco Antonio son una equivocación notable. De todos los personajes de la obra, todos tienen cualidades de liderazgo, pero todos también tienen fallas que hacen de ellos líderes incompletos. 


César, pese a caer asesinado por los conspiradores, es el causante de las acciones de los demás, ante el miedo de su ambición, su ya gran poder y prestigio, Casio motiva a Bruto para actuar. Es por el recuerdo de Julio César que Marco Antonio decide vengarse de los conspiradores y llamar, de manera velada, a la revuelta. En última instancia, Julio César y su aura son las que mueven a los demás personajes, y esa capacidad de motivación, sea positiva o negativa, es la marca de un gran líder.

México D.F., a 15 de diciembre, 2011.
                                                                              

El poder tras el poder

por Nallely Vázquez.
Estudiante de Relaciones Internacionales, ITAM
Curso optativo Shakespeare: liderazgo y vida.

Asesinato de Julio César en el idus de marzo del año 44 a.C.
Cuando Julio César proclamó su frase "divide y vencerás” no calculó que su propia vida correría la mala suerte de verse terminada gracias a la división que se generó entre él y dos de sus más allegados colaboradores, Casio y Bruto, lo cual llevó al primero a maquinar una traición persuadiendo a Bruto a que le ayudara a completar la obra.

La persuasión es el arte propio de la política, a través de ella se construyen grandes imperios, pero cuando sus propósitos son la división y la ruptura, pueden llegar a ser el arma más letal. No en vano Dante Alighieri puso en el Dite, último lugar del infierno, a los tres grandes traidores de la historia: Casio, Bruto y Judas. Este ensayo tiene como fin explicar las habilidades que Casio utilizó para convencer a Bruto y llevar a cabo su plan y se hará una reflexión sobre el papel que juega la persuasión como herramienta que ha sido utilizada en la historia por personajes que han influido fuertemente en diversos líderes.

Julio Cesar, es una obra trágica basada en hechos reales, que reproduce la conspiración contra el dictador romano Julio Cesar, su homicidio y sus consecuencias. Dicha obra narra cómo Bruto, uno de los personajes principales, se une al grupo de los senadores conspiradores, pues sospechaba que Cesar intentaba convertir a la república romana en una monarquía bajo su dominio. Dado esto, Bruto se une a la conspiración por cuestiones honoríficas y de lealtad a la patria; no obstante, Casio y los otros conspiradores se unen por motivos de envidia y ambición. A pesar de las advertencias que recibe Cesar sobre su muerte, como los presagios del adivino que se cuide del idus de marzo o las premoniciones de su propia esposa, Cesar los ignora, y éste es atacado en el capitolio por los conspiradores hasta provocar su muerte. Los conspiradores explican al pueblo que el motivo que los llevo a cometer tal acto fue para salvar a Roma y no por sus propios intereses. Una vez muerto Cesar, la participación de Marco Antonio se vuelve crucial, pues tras pronunciar su discurso sobre el cadáver del líder, audazmente vuelve la opinión pública en contra de los homicidas. Con esto se desata la guerra, entre el bando de Marco Antonio y Octavio, sobrino nieto de Cesar y los conspiradores. Finalmente, Casio y Bruto deciden suicidarse antes de ser capturados con lo que dan fin a la guerra.

Esta obra despertó en mi un interés por comprender qué papel puede tener un consejero en la vida de la política, y hasta qué punto estos consejeros llegan a ser a veces, incluso, más fuertes que los propios líderes en el poder. A lo largo del estudio comprendí que mucho del poder procede, no directamente de quien lo detenta, sino de quien está “detrás del poder”, cuántas veces no hemos escuchado decir que “detrás de un gran hombre hay una gran mujer”, aquí deberíamos extenderlo a decir que detrás de un gran líder es posible encontrar un buen consejero. No siempre se trata de una buena influencia, pero en otras ocasiones sí lo es.

La traición a Julio César y su asesinato tuvo que ser maquinado por una mente ágil y sagaz que supiera lograr su objetivo y también que supiera persuadir a otros para que le ayudaran en su plan, es así como Casio utiliza diferentes herramientas para influir en Bruto, y son las que me propongo enumerar ahora; en primer lugar, conocer bien a quien vas a influir, en este caso hay que precisar que Casio y Bruto eran senadores, parientes políticas y fueron compañeros de escuela, por lo que se conocían bien; en segundo lugar, Casio busco tener confesiones íntimas con Bruto, es decir que pudiera crear un ambiente de confianza para que Bruto pudiera abrirse con Casio en su sentir, esta característica se refiere al carácter audaz y perspicaz de quien influye en otro, en este caso se trata nuevamente de la figura de Casio, de quien confiesa César que no le tiene confianza, así, comentamos en clases lo que opina César de la gente como Casio: si pudiera me apartaba más de hombres como Casio —le dice César a Antonio mientras salían de la fiesta—, este tipo lee mucho, es muy observador y sabe penetrar en los motivos de los demás; no le gustan los espectáculos como a ti, ni oye música y, en muy raras ocasiones sonríe y cuando lo hace, es con tal gesto que parece que se burla de sí mismo; esta calaña de hombres no encontrarán nunca sosiego, pues sé que rechazan a todos los que son superiores a ellos.

En tercer lugar tenemos que Casio busco compartir sus ideas con Bruto y sobre todo hacerlas compatibles, es decir, ambos pensaban que Cesar se estaba convirtiendo en un amenaza para la república romana. Finalmente podemos nombrar como última característica el hecho de que Casio le dijo a Bruto ¿qué tiene el nombre de César que pueda resonar más que el tuyo?, acción que ataca a lo más hondo de la personalidad de Bruto, pues le contagia la envidia a través de lastimar su vanidad y el orgullo, a causa del prestigio que tenía Bruto.

Es posible que no todas las características que se han mencionado sean las que aparezcan en el arte de la persuasión, sin embargo, es factible creer que los consejeros y políticos que han movido el curso de la historia a través de su persuasión hayan empleado alguna de estas características, pensemos por ejemplo en los casos más antiguos como el de Aspasia, (470 - 400 a.C.) en Grecia, quien fue concubina de Pericles, pues en Atenas estaba prohibido el matrimonio con no atenienses. Este tirano que gobernó durante treinta años encontró en Aspasia los consejos y compañía -es decir, la confianza-, que no encontró con su anterior mujer. Aspasia tuvo gran influencia en la vida cultural y política de Atenas, maestra de retórica, tanto como logógrafa como pedagoga. Se rodeaba de los más ilustres pensadores de su época y era capaz de discutir con los filósofos en términos de igualdad, convirtiendo su casa en un centro intelectual de Atenas, [1] sus consejos llegaron a tal punto en la vida de Pericles que ella le atribuyen el que Pericles iniciara la guerra contra Samos, por no haber cedido estos en sus enfrentamientos con los de Mileto.

De la misma manera se puede pensar en ejemplos ilustres de la historia del siglo XVII en Europa, cuando la aparición de consejeros en el poder era una práctica común. Estos inicios de la Modernidad también tuvieron ejemplos de influencias en el poder, tal como nos lo menciona Goeffrey Parker en el capítulo La sociedad europea y el Estado, del libro Europa en Crisis, 1598-1648, pues comenta de un hecho muy común que se dio en un momento de la Europa del Antiguo Régimen, la creación de los favoritos que eran aquellos ministros en quienes se delegaban las responsabilidades de un Rey absoluto, quien cargado de trabajo, no vio otra opción más que confiar sus responsabilidades en estos personajes que fueron quienes terminaron dirigiendo el reino. Así, después de 1600, la solución a este problema en la mayor parte de los Estados europeos, consistió en delegar el control detallado sobre la administración en un primer ministro o “favorito”.[2] De esta manera, nos comenta Parker de nombres entre tantos otros que hubo en estos años por todas partes en Europa, notable es el caso del sonado Richelieu (1624-42), quien tenía una particular manera de gobernar y para contrarrestar el poder de la nobleza, hizo de Francia un reino absolutista y centralizado, lo mismo que contrarrestó el poder de la dinastía de los Habsburgo, aliándose incluso con los protestantes, siendo que era católico. Asimismo, Mazarino (1643-61) en Francia, se dice de este último que gracias a intervenciones políticas se logró la paz de Cherasco en los años de 1631, gracias a lo cual fue recompensado con una nunciatura extraordinaria en París (1635); este cargo lo aproximó al cardenal Richelieu y al rey Luis XIII generándose la confianza a la que hacíamos alusión unos puntos arriba.

Lo mismo se podría decir de Colbert, quien a diferencia de los anteriores, se dedicó a aconsejar al rey Sol y proponerle administrar a Francia fundando Academias de artes, ciencias, música, teatro, arquitectura, así como reformas administrativas y económicas hasta hacer de su reinado un imperio a la altura de Inglaterra y Holanda, o incluso más, esto logró también una confianza y un proyecto común, además de hacerle ver su superioridad por encima de todas las naciones europeas, lo que correspondería al cuarto punto.

Otro ejemplo de esta época, asociado a la idea de superioridad de una potencia frente a otras, es el afamado de los duques de Lerma (1598-1618) y Olivares (1622-42) en España, quienes sirvieron bajo el mandato de Felipe IV de España. Durante la primera etapa de su reinado compartió la responsabilidad de los asuntos de Estado con Don Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares, quien realizó una enérgica política exterior que buscaba mantener la hegemonía española en Europa. Tras la caída de Olivares, se encargó personalmente de los asuntos de gobierno, ayudado por cortesanos muy influyentes, como Luis Méndez de Haro, sobrino de Olivares, y el duque de Medina de las Torres.

Por último quisiera cerrar con la Inglaterra de Shakespeare, donde los nombres de Francis Walsingham y el barón de Burghley aparecían como los favoritos de Isabel I. Francis Walsingham se ganó a tal punto la confianza de la Reina, que creó una eficaz red de espionaje, con la que descubrió la conspiración que planeaba asesinar a Isabel, iniciada por el conspirador inglés Anthony Babington y autorizada por María Estuardo, reina de Escocia.

La forma que utiliza William Shakespeare para describir los aspectos psicológicos y desentrañar la naturaleza humana, nos permiten ver el mundo desde una óptica más profunda, tal como se nos muestra en la obra de Julio César, donde se vemos que el poder de la persuasión es capaz de llevar a la cumbre o de tirar al precipicio a cualquier emperador, no importa lo poderoso que sea, y que una de las herramientas más fuertes en la política, más incluso que las armas y la fuerza física, es la fuerza del consejo y la persuasión.


México D.F., a 15 de diciembre, 2011.


[2] Geoffrey Parker, La sociedad europea y el Estado, del libro Europa en Crisis,1598-1648 (tr. del ingles Alberto Jiménez), México, Siglo XXI, 1981, p,50-85 

El espíritu de Julio César

por Anabella Barbosa Chiñas.
Estudiante de Relaciones Internacionales, ITAM.
Curso optativo Shakespeare: liderazgo y vida.


En una de sus grandes tragedias romanas, Shakespeare narra el asesinato de Julio César y los acontecimientos que le sucedieron, sentando las bases para el establecimiento del futuro Imperio Romano. El dilema que se plantea en esta obra es ciertamente político, pero además de la ambición y la lucha por el poder, los personajes se debaten entre el honor, el patriotismo y la amistad. Los sentimientos hacia estos personajes son, por lo tanto, ambiguos y esta ambigüedad constituye la esencia misma de los personajes.

En la obra shakespeariana César, Bruto y Casio no representan ni a los grandes héroes ni a los grandes enemigos, su carácter es simplemente humano. Y sus problemas también lo son. Es por esta razón, quizás, que Julio César se mantiene siempre actual y conserva su vigencia. Porque los temas que se abordan siguen interesando a las nuevas generaciones y porque los dilemas de los personajes son dilemas perennes en el raciocinio humano. Para realizar un breve análisis de la obra, haremos un recorrido por el carácter de los personajes principales: Julio César, Bruto, Casio y Marco Antonio.

La obra gira en torno a la figura de Julio César, pero podemos observar que quienes acaparan las escenas casi totalmente son Bruto y Casio y sus contradicciones. Para Harold Bloom: Shakespeare decidió que su obra requería exactamente un César declinante, una mezcla altamente plausible de grandezas y debilidades.[1] Este César vulnerable, que regresó de las Galias victorioso y que, posteriormente venció a Pompeyo para convertirse en cónsul y dictador vitalicio ahora se muestra un poco sordo y bastante necio. Se cobija bajo sus supersticiones y no ve más allá de lo que quería ver. Es advertido del idus de marzo como recordatorio de que no todos estaban convencidos de sus nombramientos y de que sus opositores estaban cerca y dudaban de sus intenciones para Roma. Y, sin embargo, no podemos pensar que Shakespeare le resta grandeza a su figura. Julio César era amado por sus hombres: el pueblo, Marco Antonio y el propio Bruto respetan y aprecian al gran general y éste demuestra una enorme capacidad para leer a las personas. Anticipa que Bruto es un hombre de cuidado, su carácter lo distingue de los demás y tiene una fascinación por los libros y el saber. Su propia fatalidad se encuentra en gran medida en su propia vanidad y autoconfianza.

Bruto es persuadido por Casio para entrar a la conspiración y enfrenta entonces la terrible disyuntiva: la ambición de Julio César provoca su desconfianza e ira como defensor de la libertad romana porque, efectivamente, Bruto odia las ambiciones de César, pero no a César mismo y todos sus planes irían acompañados por una cierta repugnancia que debe justificar ante él mismo todo el tiempo, argumentando que César representaría el final de la República. Pero aquí es donde Bruto revela su propia ambigüedad. César todavía no ha puesto a la República en peligro inminente y sus actos tienen la función de “prevenir” el Imperio. Irónicamente lo único que logra con su conspiración es asegurar el Imperio. Bruto lucha entre la razón y el sentimiento, quizá movido por su propia ambición. Pero durante la obra esto no queda claro, pues Bruto era un hombre honorable y su padecimiento es verdadero. Su amor por Roma era mayor que su amor por César y tal vez, sólo en menor medida, alcanzó a vislumbrar su propia gloria a expensas de César.

Casio, por otro lado, es un gran estratega político. Tanto él, como Bruto y los otros conspiradores se declaran defensores de Roma y desarrollan un entramado político que logra abatir a César. Su plan contiene detrás los rencores y la propia ambición de Casio, quien, con todo y sus conocimientos políticos, nunca logra -después de persuadir a Bruto- que su amigo escuche sus consejos. Casio, Bruto y los conspiradores sostienen que representan a la República, pero su plan maestro culmina con la muerte de César. La falta de visión los hace ineptos, son descuidados y se ven vergonzosamente opacados y vencidos por la astucia de Marco Antonio. Los conspiradores hacen gritar por la ciudad: ¡Libertad e independencia!, creyendo contar con el apoyo del pueblo, pero Antonio, con un hábil discurso funerario ante el cadáver de César, levanta al pueblo, mientras el forzado discurso de Bruto deja fría a la masa. La insurrección popular obliga a huir a los conspiradores, se forma el gobierno del Triunviro con Antonio, Octavio y Lépido, quienes se movilizan contra el ejército de Bruto y Casio.

En todo esto, Marco Antonio debe ser analizado con cuidado. El mejor lugarteniente que tuvo César en la guerra de las Galias poseía un sincero cariño por su general y su rol en la historia dio un giro trascendental para él y para Roma. Antonio siempre había sido considerado un hombre carismático, pragmático y no demasiado serio. Mantuvo relaciones estrechas con César y era fiel a su gobierno. Es en el momento del asesinato de César que Marco Antonio alcanza su punto de mayor astucia política y en razón de venganza y ambición pone al pueblo en contra de los conspiradores.

Marco Antonio habla como un político puro: Amables romanos... amigos compatriotas... Durante casi todo su discurso muestra un tono conciliador y de adhesión total tanto a los romanos como a los conspiradores. Marco Antonio trata de convencer al público, sin que el público o los conspiradores logren darse cuenta. Su situación es delicada, pues lo que pase con Roma le afectará directamente. Antonio intenta convencer al pueblo, pero no conoce de antemano el resultado que va a obtener y apuesta todas sus cartas en la elocuencia de su discurso. Su mayor arma fue, quizás, actuar como si fuera un ciudadano romano más. Mientras habla, constantemente hace alusiones a Bruto, aunque con una fina ironía sobre la honorabilidad de Bruto y los demás y dice que no quiere incitar a la ira sino a la pena. Su pasión y elocuencia terminan convenciendo a la masa confundida por la contraposición de ambos discursos. Al decir que él no es ningún orador elocuente ni talentoso, Antonio actúa como un buen político. La gente se suele fiar más de la gente cercana al pueblo que de los intelectuales o de quienes parecen demasiado elitistas. En los grandes debates políticos actuales podemos ver la fuerza que obtienen quienes apelan al pueblo y se identifican con él.

El desenlace de la historia se encuentra en una cruenta guerra civil en Roma, de la que Marco Antonio sale victorioso. Esta historia nos muestra las argucias por el poder, los conflictos internos de hombres honorables y no tan honorables. Nos presenta personajes humanos con los que los lectores se pueden identificar y dilemas políticos de gran actualidad. Así como en la obra, el espíritu de Julio César permanece en la mente de quien lo conoce, aunque con él haya muerto Roma.



México D.F., a 15 de diciembre, 2011.


[1] Harold Bloom, Shakespeare: The Invention of the Human, Riverhead Books, 1998,  p. 125.

¿Motus o influêre?

por Isabelle Torres Llamas
Estudiante de Relaciones Internacionales del ITAM
Curso optativo: Shakespeare: liderazgo y vida.



Julio César en las Galias.
Motivar o influir, ¿cuál es camino del líder? Si se observan las raíces latinas de ambas palabras, veremos las similitudes en su significado, pero también las diferencias: la palabra motivación proviene de los términos latinos motus que significa movido o motio el cual es movimiento, mientras que influir proviene de influêre donde in- es hacia adentro y fluere es fluir o manar. Es así que motivar significa mover o impulsar, mientras que influir es dejar fluir hacia uno mismo; ambas palabras requieren de acción, así como un líder se distingue del resto del las personas con sus acciones, las dos connotan virtudes de liderazgo, pero con sus delicadas diferencias. Entonces, ¿por qué está “bien visto” que un líder motive, pero cuando se habla de influir, se piensa en un término negativo como manipular? ¿Cuál es la verdadera diferencia entre motivar e influir?

En este trabajo, se intentará observar las similitudes y diferencias entre influir y motivar, utilizando las obras de William Shakespeare: Enrique V y Julio Cesar. Por ello, el trabajo se divide en tres parámetros que nos permitirán hacer dicha comparación: el timing, el vínculo y la exaltación.

El timing: ¿cuándo motivar y cuándo influir?
Para observar la diferencia entre motivar e influir, se necesita entender que ambas estrategias se utilizan en dos momentos diferentes a la hora de realizar un proyecto; un proyecto puede ser desde amotinar al pueblo de Roma o conquistar Francia, hasta promover conciencia ecológica entre los vecinos. Un proyecto inicia con la visión del líder, pero esta visión se enfrentará al status quo, por lo que, en un principio, el liderazgo que influye es la mejor estrategia para realizar alterar la forma de pensar o actuar de las personas que involucra el proyecto. En cambio, el liderazgo que motiva es la mejor estrategia una vez que el proyecto ya está encaminado, pero se enfrenta a una dificultad, aquí el líder, utilizando la motivación, puede lograr reanimar a los colaboradores para seguir adelante.

Un ejemplo de liderazgo que influye es el discurso que Marco Antonio da en el funeral de Julio Cesar, en el cual busca influir sutilmente en el pueblo para que éste se levante contra los asesinos de Cesar: ¡Miren esto!... Ahí está el rostro de este gran héroe, desfigurado por los traidores, como lo pueden ver. Buenos amigos... amables amigos, no me hagan que los provoque y produzcan un torrente de amotinamiento.

Como se discutía antes, Marco Antonio busca iniciar un proyecto que enmana de su deseo de venganza, en cambio, Enrique V en su arenga antes de la batalla de Agincourt busca impulsar a su ejército a combatir con ánimo. En este punto de la obra, el proyecto ya fue definido (reclamar la corona francesa) la dificultad a la que se enfrentan es que el ejército inglés se encuentra superado en números, por lo que en su discurso Enrique V busca alentar la esperanza y disminuir los temores: Mira primo, para morir, somos demasiados y la patria perderá bastante si nos pierde, pero, si quedamos con vida, cuantos menos seamos mayor será la gloria.

El vínculo, la relación entre el líder y sus colaboradores.
Para poder influir en una persona, en primera instancia, se necesita crear un vínculo entre la persona que va a influir (el líder) y la influenciada. Para crear este vínculo se necesita conocer a la persona, tener cierto grado de intimidad, compartir algunos ideales y que haya una retroalimentación. En cambio para motivar, el vínculo ya existe pero está debilitado, por lo que el líder debe reforzar este vínculo al recordarles a sus colaboradores la importancia del proyecto, la razones por las que se unieron y que si bien están teniendo problemas, es sólo temporal.


Para ver cómo Marco Antonio logra crear este vínculo, se necesitaría un estudio detallado de todo el discurso, pero grosso modo podemos observar que empieza por compartir los ideales que eran en ese momento del pueblo: vengo a enterrar a César, no a alabarlo. En ese momento, como Bruto acababa de hablar, el pueblo estaba en contra de Cesar, con esa frase Marco Antonio logra que el pueblo lo escuchara sin prejuicios. Después deja entrever cuidadosamente sus verdaderos sentimientos: Era mi amigo, sí, era un amigo leal y justo, pero Bruto dice que era ambicioso y Bruto es un hombre honorable. Al soltar un par de ideas como éstas, puede ir midiendo cómo está reaccionando el pueblo a las nuevas ideas. Además, en un punto del discurso, se da espacio para escuchar estas reacciones: Pero, perdónenme por un momento... siento que mi corazón está ahí, con él, junto a su féretro y tengo que esperar para que me regrese... Finalmente, Marco Antonio pasa de identificarse con el pueblo a que el pueblo poco a poco se identifique con él, logra crear un círculo de intimidad que arrope aquellos que están con él: ¿Me van a obligar a hacerlo? Bueno, pues, acérquense y formemos un círculo alrededor del cadáver de César. Con esto, Marco Antonio ha preparado el terreno para presentar su proyecto y lograr que el pueblo lo acepte y apoye.

Por otro lado, podemos ver al joven Enrique V ante una situación desesperada en la víspera de la Batalla de Agincourt, y a pesar de la desventaja en números que tenía, Enrique V fortalece el vínculo que los unió en esa empresa y le pide a su primo Westmoreland que no desee un hombre más: ¡Juro por cuanto espero, que no quisiera compartir con un hombre más el honor que lo que por esta empresa me pueda corresponder! ¡No desees un hombre más! Recordar esta intimidad que da el vínculo y los objetivos por los que plantearon el proyecto puede inspirar a que los colaboradores den un esfuerzo extra en tiempos de dificultad: ¡Le rogaría a Dios, señor, que sólo fuésemos usted y yo son más ayuda los que sostuviéramos este combate!, como le responde Westmoreland a Enrique V.

La exaltación, cuando los sentimientos llevan a la acción
La exaltación es la fase final y más importante, porque no importa cuanto los colaboradores se identifiquen con el proyecto, si no están dispuestos a tomar acción, si no están dispuestos a afrontar las dificultades, el proyecto sucumbirá. Al influir, la exaltación se refiere a la parte en que el líder debe sembrar dudas sobre el status quo y así incitarlos al cambio, es decir, lograr inflar los sentimientos de los influidos al grado de que actúen conforme a los ideales del proyecto o directamente se unan al proyecto. Al motivar, en cambio, los colaboradores ya se encuentran actuando conforme al proyecto, lo que logra la exaltación en este caso es darle combustible a los sentimientos iníciales, para que con esa adrenalina puedan afrontar las dificultades. Para ello, el líder puede inspirar a sus allegados con “el regalo del futuro”, es decir, utilizar la imaginación para crear imágenes concretas de cómo puede ser el futuro, si se cumple con el proyecto, así como hablar del ejemplo que su esfuerzo dará a generaciones futuras y/o invocar el orgullo de los antepasado y los valores superiores a los que alaban.

Para la exaltación están las palabras de Marco Antonio, en la obra de Shakespeare, hablan por sí mismas:
Y sólo les muestro las heridas del bondadoso César, que pobres, pobres bocas mudas, les pido que hablen por mí; pero si fuera yo Bruto y Bruto, Antonio, ese Antonio provocaría su enojo en su ánimo y presentaría la lengua de cada herida de César como si fuera capaz de mover las piedras de Roma
y haría un levantamiento para llevar a cabo un motín.


O las de motivación de Enrique V:
Hoy es el día de San Crispín. El que sobreviva este día y vuelva sano y salvo a su casa experimentará una noble satisfacción al hablar de esta fiesta y de este santo con orgullo. Quien sobreviva este día, podrá en su vejez celebrar su aniversario y decirle a sus amigos en la víspera: “mañana es San Crispín” y mostrando sus heridas, añadirán, “estas me las hicieron en San Crispín”[…] Somos muy pocos, unos cuantos afortunados, unos cuantos hermanos, pues el que hoy vierta su sangre conmigo lo declaro mi hermano.

Al final, ¿motus o influere? Depende. Depende del proyecto, depende de la fase del proyecto, depende de la cercanía entre el líder y los colaboradores. Lo que sí se confirma es que las dos son herramientas útiles que hace uso de la provocación de los sentimientos que el líder puede utilizar, sin prejuicios, para lograr cumplir con su visión, y quien lo apoye, será porque comparte esa visión.

México D.F., a 15 de diciembre, 2011.

Los discursos como herramienta política

por Hugo Vallarta López.
Estudiante de Relaciones Internacionales del ITAM.
Curso optativo: Shakespeare: liderazgo y vida.



Mujeres romanas en la intimidad.
En las arengas destinadas a persuadir una colectividad se pueden invocar razones, pero antes hay que hacer vibrar sentimientos. Gustave le Bon (1841-1931)


Los discursos tienen como objetivo influir en el auditorio a fin de que se lleven a cabo ciertas tareas o conductas. En la obra de Julio César de Shakespeare se encuentran diversos discursos y argumentos que se contraponen de un mismo hecho y que pueden ser clasificados en dos: aquéllos que tuvieron la capacidad de influir en el interlocutor y aquéllos que no. Se desarrollarán brevemente dos discursos de la obra. En el primero los participantes son Calpurnia, César y Decio que se desarrolla previamente al asesinato de César. El segundo, se desenvuelve tras la muerte de César. Los participantes son Bruto y Marco Antonio que se dirigen al pueblo romano.


El discurso entre César y Calpurnia quien, en su papel de mujer de César, intentó persuadirlo para que no asistiera al Senado con base en la interpretación de su sueño y de todos los fenómenos naturales, ya que Calpurnia presintió que el fin de César estaba cerca. No obstante, Decio, quien era parte de la Conspiración en contra de César, aprovechó estos mismos fenómenos naturales y el sueño de Calpurnia para alentar a César de asistir al Capitolio y aprovechar la oportunidad para asesinarlo.


En este sentido, es interesante plantear la pregunta: ¿de dónde provino el éxito de Decio? Evidentemente es multifactorial porque responde a las circunstancias, la posición de cada uno de los participantes en la interacción, así como la misma personalidad de los interlocutores.


En esta interacción se utilizó como catalizador la personalidad de César, ya que su punto débil fue que no escuchó a las personas que le decían que debía ser precavido debido a que estaba ensimismado dadas sus glorias militares pasadas y el gran ego que tenía. Calpurnia que, aunque lo conocía y con esto tenía poder de influir en él, no lo logró porque no apeló a la principal característica de la personalidad de César: la vanidad. Quien sí capitalizó este rasgo fue Decio y se observa en el siguiente pasaje (1): este sueño está mal interpretado... Mira, César, en realidad, los chorros de sangre quieren decir y significan que nuestra insigne Roma absorberá tu sangre vivificante para que los grandes hombres se apresuren en busca de sus tintes, marcas y reliquias para hacer de sus pañuelos con sangre, sus insignias, sus banderas de combate. Esto es lo que significa el sueño de Calpurnia y no otra cosa.


Claramente se aprecia que Decio utiliza el recurso de la vanidad de César para interpretarlo a conveniencia suya e influir en él. Esto pone en manifiesto que los hechos están sujetos a interpretación, que no existe una realidad objetiva, y que, por tanto, pueden ser utilizados como recurso de manipulación a conveniencia de quien los utilice.


El discurso de Marco Antonio tras el asesinato de Julio César es magnífico. Sin embargo, el éxito de este discurso también se debe al público que va dirigido: el pueblo. Esta audiencia carece de un nivel crítico que pueda razonar ambas posiciones. Sólo se dejan llevar por las emociones impresas en el discurso de Marco Antonio, ya que el discurso de Bruto exigía un nivel un poco más elevado debido a los recursos lógicos en los que estaban fundamentados.


Asimismo, el éxito se debe a que Marco Antonio conoce al pueblo y su memoria política que es tan breve. Para influenciar al pueblo debe de demostrar que sus necesidades han sido cubiertas por las políticas de Julio César, toda vez que se implementaron la construcción de acueductos y haberlos tomado en cuenta al momento de hacer testamento. La memoria política del pueblo es de corto plazo y es necesario remitirla a los hechos pasados más inmediatos.


La plataforma discursiva de Bruto es distinta a la de Marco Antonio. El primero se fundamenta en la importancia en el bien común por encima de cualquier persona o institución, ya que sus ancestros han apoyado a la República y echaron de Roma a Tarquino. Asimismo, el discurso de Bruto se centra en fórmulas lógicas en el lenguaje, que si bien son importantes para impactar positivamente en la audiencia, Bruto no consideró a profundidad a quien iba dirigido tal discurso. Si bien es cierto, que Bruto logró convencer al pueblo que la muerte de Julio César era un bien mayor para la comunidad romana, el fundamento de su argumento, el bien común, respaldado por su honor, se vio derrumbado por el fundamento de Marco Antonio, las emociones, ya que no transcurrió mucho tiempo entre ambos discursos y la posición del pueblo cambió en 180 grados.


El discurso de Marco Antonio comienza con la misma tesitura que el de Bruto. Utiliza las mismas palabras, i. e. honorables, para evitar una confusión inmediata en el pueblo y esto sea contraproducente para su empresa: provocar un desorden civil que obligue a los conspiradores a salir de Roma. Poco a poco en el transcurso de su discurso, el calificativo honorable comienza a tomar un nuevo significado y denota una nueva virtud, o más bien defecto.


El éxito de Marco Antonio reside en que durante el discurso apela a lo más básico y exaltable del pueblo romano: las emociones. Esto mediante la demostración del cuerpo inmóvil de Julio César, así como la proyección del pueblo en él. Es decir, el mismo pueblo romano vio su propio reflejo en Marco Antonio al ver cómo pierde un ser querido y cercano. Esto se puede comprender aún mejor con el siguiente pasaje que se desarrolla en la muchedumbre donde se encuentra Marco Antonio cerca del cuerpo de Julio César (2): — Mira —le decía uno a su mujer—, mira cómo tiene los ojos de tanto llorar —y la mujer, a su vez, se tomaba la punta del mandil para llevarlo a la boca. En verdad daba lástima y, de pronto, parece que la gente sentía lo mismo que él había sentido, sobre todo si algún día habían recibido el cadáver de su padre muerto...


Con esto hubo un gran acercamiento entre los interlocutores, y fue justo el punto de inflexión en donde Marco Antonio decide cambiar el matiz del discurso, esperando que el pueblo comenzara a sustituir la palabra honorable por traidores. Alentó al pueblo a que ellos mismos descalificaran los actos de aquellos conspiradores. El discurso dio un giro de una manera maniquea, ya que es la manera más fácil de manipular al auditorio. Se martirizó al pobre César, mientras que a los conspiradores se les calificó como traidores. Asimismo, la personalidad de Marco Antonio permitió un mayor acercamiento, y, por ende, un mejor entendimiento entre él y el pueblo. Finalmente, Marco Antonio consiguió su meta: agitar al pueblo para que los conspirados huyeran de Roma.


Con estos dos discursos es claro que el éxito del discurso reside básicamente en conocer a aquél que se quiere convencer. Y con conocer se refiere a saber qué puntos son más sensibles en cuanto a personalidad se refiere y explotarlos en conveniencia propia. Es decir, como ya se ha desarrollado en el caso de César, su personalidad responde en gran medida a halagos, ya que su personalidad se caracteriza por la vanidad. Mientras que en el pueblo se exaltan los sentimientos más básicos, pero sobre todo, su identificación como igual con el otro interlocutor (3). Al parecer, es más redituable apelar a los sentimientos básicos y no a la razón, para motivar e influir en el otro.
México D.F., a 15 de diciembre, 2011.
_________________
1 William Shakespeare, “Julio César (versión novelada de Martin Casillas),” (México: Santillana, 2009), p. 76.
2 W. Shakespeare, op. cit., p. 105.
3 He aquí un rasgo similar con enrique v, que también se posicionó como igual con el ejército inglés para que hubiera un mayor acercamiento con su causa. 

Conocer para influir

por Salvador Aguilar Antonio.
Estudiante de Relaciones Internacionales del ITAM
Curso optativo Shakespeare: liderazgo y vida


Busto de Julio César.
Todas las personas buscan, en algún punto de su vida, influir en las decisiones que otros toman. Esto parte de la terrible manía, no siempre presente, de querer hacer las cosas según nuestra forma de ver la vida, de nuestros gustos y creencias. El padre desea, por ejemplo, que el hijo estudie la misma carrera que él para poder darle continuidad su trabajo. O un caso más banal, una pareja no decide qué película ver en el cine y uno de los dos procura convencer al otro de ver la película que más le gusta. En el presente ensayo se delinean dos de las características que deben estar presentes en las personas que desean influir en otras. La primera es conocer a las personas que deseamos influir. La segunda es no “perder el piso”, para ello, se argumentará, se requiere que el líder se conozca a sí mismo. A lo largo del ensayo se usaran ejemplos tomados de una de las obras escritas por  Shakespeare: Julio César.

Conocer al interlocutor es vital para poder influir en él. Ya sea que nos dirijamos a un grupo de personas o sólo a una, esta herramienta se puede aplicar. Si sabemos los gustos, necesidades, hobbies, educación, debilidades, principios, creencias y entorno familiar de las personas que buscamos influir, podemos crear un vínculo con ellos. Un detalle, el deporte que practicó en la juventud, por ejemplo, puede crear el interés que se requiere para que la persona se sienta identificada con nosotros. La obra Julio César nos ofrece ejemplos de comprensión del interlocutor, tanto a nivel individual, como colectivo. A continuación veremos algunos ejemplos.

Tanto era lo que Decio Bruto conocía a Julio César que no dudó en exclamar ante el resto de los conspiradores: No teman, estoy seguro que lo puedo convencer, sobre todo si lo alabo para que no se quede en casa, sé que desde hace poco tiempo le encanta oír esas historias y esos cuentos extraños[1] A nivel colectivo los ejemplos los proporcionan Bruto y Marco Antonio con sus discursos a la muerte de César. Bruto, por su lado, no logró hacer una conexión con la masa que esperaba respuestas. El pueblo romano – dado que se componía en su mayoría de artesanos y campesinos, no por una élite educada – no supo interpretar a qué se refería Bruto cuando explicó que había matado a César por el bien de Roma. Apeló a la razón en un momento en el cual no había cabida para ella, la sangre de Julio César todavía estaba fresca; por lo que los sentimientos del pueblo estaban a flor de piel. Marco Antonio supo interpretar eso y lo aplicó a sus palabras. En su discurso, incluso hizo una pausa para contener el llanto – en realidad fue para ver la reacción del pueblo; sin embargo, brindó emotividad al acto.  Además, Marco Antonio sació la necesidad de la masa por conocer los detalles de la muerte de Julio César. Les explicó quién había hecho cada una de las heridas a César. Por otro lado, empoderó al pueblo, al decirles que Julio César había dejado a cada ciudadano setenta y cinco dracmas y sus jardines para que fuesen parques públicos.

Cabe señalar que en este arte de hacer que el otro quede prendado de nuestro diálogo entra en juego una característica fundamental del líder: el carisma. Este “magnetismo” que hace que se admire a la persona, que se le voltee a ver, que se le escuche, también hace que uno se identifique con él (o ella). Si bien es cierto que se pueden adquirir ciertas habilidades para lograr empatía, con el carisma se nace. Ésta era una de las cualidades que Julio César poseía. Con ella logró la simpatía del pueblo romano, que aunado a sus victorias en las Galias, permitieron que el Senado lo nombrara dictador vitalicio de Roma. 

Ante el éxito, el líder puede perder el piso y con ello restarse capacidad de influencia sobre los demás. En la vida diaria se dice que “se le subió” el puesto a alguien. Si el líder, o cualquier persona, no conoce realmente su esencia – o  no está seguro de su ser – cualquier contexto favorecedor hará que pierda su centro. Y ante este escenario: ¿a quién convencerá alguien en extremo orgulloso? ¿Cómo podrá demostrar que siente empatía por los demás, cuando está ensimismado con su poder? Se puede evitar esto con una revisión del camino que se ha recorrido, y del esfuerzo que ello ha representado; además de  tener siempre una meta, un anhelo más alto por alcanzar.

En la obra, es patente un cambio en Bruto al consumar la conspiración en contra de César. Paradójicamente, él mismo adquiere características del dictador muerto. En su discurso, Bruto se refiere a sí mismo en tercera persona: Si ese amigo se pregunta por qué Bruto se alzó en contra de César, ésta es mi respuesta: Bruto no amaba menos a César, sino que amaba mucho más a Roma[2] Un poco más adelante, cuando los conspiradores ya habían sido perseguidos, Marco Antonio hace gala de su arrogancia. Exclama sobre Lépido: ¡qué insignificante es este hombre!, ¿verdad Octavio? ¡Qué insignificante y qué poco mérito tiene! Tal vez para lo único que sirve es para que nos haga los mandados.[3] Por si no fuera poco, Marco Antonio compara a Lépido con su caballo. También descalifica la opinión de Octavio por su corta edad.  

En conclusión, conocer al público al que se desea influenciar es vital para lograr el cometido. Con ello se puede establecer un vínculo entre la persona que influye y su interlocutor. El carisma del líder determina, también, el éxito de la disuasión. Que el líder se conozca a sí mismo – y que de esta forma logre evitar la arrogancia – permite que mantenga su poder de influir en los demás. Conocer a los demás y a uno mismo, además de ser útil para influir a las personas, permite que el individuo tenga crecimiento personal. Ese ejercicio de ponerse en los zapatos del otro hace falta en la sociedad actual. Una última reflexión, los errores que cometieron Julio César, Bruto y Marco Antonio se pueden comparar con aquéllos en  los que incurren los líderes de hoy. ¿Acaso como no hemos logrado evolucionar, dar un paso adelante? O ¿será que esos errores son intrínsecos de la naturaleza humana? El auto conocimiento y, el entendimiento de los demás, podrían darnos una respuesta.
México D.F., a 15 de diciembre, 2011.


[1] Martín Casillas, Julio César. La Gran Conspiración, (versión novelada de la obra Julio César de William Shakespeare), México, Santillana, 2009, p. 57.
[2] Ibid., p. 101.
[3] Ibid., p. 120. 

El conspirador que fue Roma


por Armando Ortega Hueso

Estudiante de Relaciones Internacionales, ITAM

Curso optativo en Estudios Generales Shakespeare: liderazgo y vida.


Éste fue el romano más noble de todos ellos, el resto de los conspiradores hicieron lo que hicieron por envidia el gran César. (Marco Antonio frente al cadáver de Bruto.)  Julio César, 5.1., William Shakespeare (1599).

La masacre de Roma, 44 a.C.
La historia nos ofrece pocos personajes cuyo resplandor persiste con el mismo fulgor que el del gran Julio César en Roma. Su asesinato, maquinado por unos conspiradores, perdura en las páginas más negras de la infamia y la traición. Todos los asesinos de César lo hicieron por cobardía, envidia y despecho, salvo el honorable Bruto. Éste, incitado por Casio y movido por el deber, comenzó a despreciar la ambición de César que pretendía la corona. Bruto fue el único que actuó en consciencia, pretendiendo salvar a Roma de su decadencia, poniendo por delante la libertad y el honor de la República. Bruto fue Roma y su ceguera  también.
La obra de Shakespeare nos muestra a un Bruto honesto, seguro, necio y sobrio en sus palabras y acciones. Su carisma se intuye más del afecto y admiración que despierta en los demás senadores, que de aquél que pueda derivarse de sus palabras. En cuanto comienza a gestarse la conspiración, Bruto se erige como su líder y natural sucesor de César. Shakespeare no los enfrenta hasta que Bruto da la última puñalada a César y éste último finalmente acepta su muerte cuando ve que viene de Bruto: ¿Et tu, Brute? ¡Muere entonces César!
Si Bruto era Roma entonces Roma iba a la deriva. Los planes de Bruto terminaban con el asesinato de César; poco a poco se entregaría a la más completa ceguera y sordera, convirtiéndose en una sombra del César muerto en una suerte de esplendor, valentía y grandeza que ninguno de sus sucesores podría igualar.
El discurso frente al pueblo enardecido es particularmente revelador. Bruto se presenta con total calma como sucesor implícito de César y como un justiciero que vela por el bien de la República: Bruto no amaba menos a César, sino que amaba mucho más a Roma. Por encima de todos, por grandes y valientes que sean, está la República. Esa por la que lucharon los ancestros de Bruto y por la que el propio César luchó, como lo hacía ahora Bruto. Presenta sus motivos como si fueran nobles, tangibles y evidentes.
Su instinto le permitió llegar hasta ahí: salvar a la República del tirano, sin concebir las consecuencias. Los demás no llegaron ni a eso; actuaron por egoísmo. Marco Antonio perpetró su venganza sin importarle la guerra que se veía inevitable. El gran amigo de César, al igual que los conspiradores, tampoco actuó en consciencia y tampoco tenía planes más allá de satisfacer su deseo de sangre. Bruto se encontraba solo, tan solitario como cualquier líder que se precie de serlo.
Tras la traición, Roma se preparaba para la guerra civil. El pueblo no sabe distinguir entre tiranos y los sucesores de César parecían candidatos a ser iguales o peores que César. Así que finalmente el instinto de Bruto, que era Roma, de preservación de la República terminaba ahí. Un acto “noble” sin más visión que el eterno presente.
César y Bruto terminarían siendo los mártires de la obra. El fantasma de César perseguiría a Bruto hasta el final, hasta su último aliento: ¡César, aplácate ahora! No te maté yo a ti de tan buen agrado. Bruto muere como buen romano, prefiriéndose hundir una daga en el estómago, la misma que dio muerte a César, que caer prisionero del enemigo y de la deshonra.  A César lo mató por Roma, de mala gana porque lo amaba, pero lo hizo porque era necesario. Finalmente decide morir y lo hace de mejor agrado, como el mártir que ha salvado a la República de un tirano, sólo para abrirles el camino a unos opresores menos benignos.
Con Bruto muere también la Roma de la República y comienza la Roma Imperial. Los hombres, entregados ciegamente al poder ilimitado, se olvidarían de la sangre que derramaron los ancestros para salvar a Roma de la tiranía. Marco Antonio y Octavio alcanzarían, en palabras de Bruto, menos gloria con su victoria que él con su derrota. Él actuó en consciencia mientras que ellos lo hicieron con el intestino, con el mismo egoísmo que los demás conspiradores, asesinando sin piedad a cien senadores. Al igual que el pueblo que se dejó llevar por las emociones, por la sangre, por el morbo, Roma cayó en una espiral de decadencia, esclavitud y muerte.
Bruto, que hasta la hora de su muerte supo ser Roma, provocaría el fin de la edad heroica. La grandeza de César era inigualable y esto lo sabían todos, sucesores y rivales, amigos y enemigos. Su sombra se abatía con una fuerza demoledora sobre los hombres que componen esta obra de Shakespeare. La caída de César y luego la caída de Bruto son el final de Roma: ¡Qué caída fue ésa, amigos! Ahí yo, ustedes y todos juntos sucumbimos.


México, D.F., a 15 de diciembre, 2011.