martes, 26 de abril de 2011

La libertad de Shakespeare


(Shakespeare y sus amigos de John Fead, siglo XIX.
Parados a la izquierda: Joshua Sylvetser (1563-1618), poeta y traductor; William Camden (1551-1623), anticuario e historiador.
Sentados a la izquierda: John Stow (1525-1605), anticuario y cronista; Francis Beaumont (1584-1616), dramaturgo; John Fletcher (1579-1625), dramaturgo que colaboró con Shakespeare en varias obras; Francis Bacon (1561-1626), estadista, intelectual y escritor.
Sentados a la derecha, de adelante para atrás: William Shakespeare (1564-1616); Ben Jonson (1572-1631), dramaturgo; John Donne (1573-1631), poeta.
Parados a la derecha y adelante para atrás: Henry Wriothesley, conde se Southampton (1573-1624), noble, soldado y mecenas de Shakespeare y Sir Walter Ralegh (1552-1618), marino, explorador, cortesano, historiador y poeta y favorito de la reina Isabel I;
Sentado a la derecha: Sir Robert Bruce Cottyon (1571-1631), anticuario.)

Con Shakespeare’s Freedom, Stephen Greenblatt (1943-), nacido en Boston, graduado de la Universidad de Yale y, desde entonces, maestro en la Universidad de California en Berkeley y en Harvard University, es un crítico que fundó lo que se llama el Nuevo Historicismo. Su obra ha influido en este grupo desde los años 80’s. Fue autor de la biografía Will in the World, una más de las biografías de William Shakespeare (1564-1616) que logró estar en las listas de los libros más vendidos del New York Times Best Seller List, por nueve semanas seguidas. Ahora hace un ejercicio más comprometedor y gratificante buscando en las treinta y tantas obras de ese dramaturgo, hasta dónde pudo ejercer su libertad sin recibir castigo y sin haber sido censurado.

Las conclusiones de Greenbaltt en relación al ejercicio de su oficio y al pensamiento del dramaturgo, son tales que parece que logró todo lo que quiso, gracias a su formidable inteligencia para tratar los asuntos de su momento que muy bien podemos asociar con el ejercicio de su libertad.

La capacidad y la experiencia de Greenblatt la utiliza ahora en este libro para exponer sus pensamientos articulados de la mejor manera posible, a pesar de que este libro es el resultado de una serie de conferencias que ofreció en alemán en la Universidad de Berlín, en donde originalmente fueron publicadas en ese idioma y, tiempo después, traducidas al inglés para que, finalmente, fueran revisadas exhaustivamente en la Rice University de Texas para ser publicadas por la editorial de la Universidad Chicago.

Dice Stanley Wells en la nota que publicó en el Times Literary Supplement (TLS) del 10 de diciembre del 2010, que tanto Shakespeare, como Hamlet (que vivía supervisado por toda clase de censura), fueron libres y pudieron ejercieron su libertad a pesar de vivir en una sociedad estrictamente jerárquica, dominada por el absolutismo. Independientemente de todo eso, pudo escribir sus obras dramáticas y su poesía lírica con toda libertad.

Greenblatt comprueba cómo es que fue posible que, a pesar de la censura —e insisto en esto, por la paranoia que se vivía en esa época, desde el punto de vista, entre otros, de la religión que resultó era pendular: primero, durante el reino de Enrique VIII cuando termina sus relaciones con el Papa en Roma; luego su hija María I, la Bloody Mary quer estuvo en contra de los protestantes y, ahora, Isabel I, perseguida por Roma, por sus aliados y por los fanáticos del catolicismo, como era Felipe II de España que había invertido su tesoro en una llamada Armada Invencible—, para que este dramaturgo pudiera de manera velada poner en duda el status quo y rebelarse en contra de las limitaciones en la vida con su arte, tal como lo hizo, de una manera visible Christopher Marlowe (1564-1593), entre otros dramaturgos y poetas de su época.

Tal parece —y este fue es el cristal a través del cual Stephen Greenblatt dio sus conferencias—, que Shakespeare evitó las confrontaciones, pero, tanto en sus obras, como en su poemas líricos y en sus sonetos, despliega y prueba, bajo la superficie o entre líneas, que se puede criticar al sistema y, por lo tanto, ejercer su libertad, con éxito si lo hace de una manera sutil, todo lo contrario a lo que hicieron sus colegas Thomas Nashe (1567-1601), en contra de los puritanos criticando los vicios en Londres tanto que fue a dar a la cárcel de Newgate; o Ben Jonson (1572-1637) marcado como yunta en el dedo por haber matado a uno de sus colegas en un pleito de taberna; o Thomas Middleton (1580-1627), un cínico de la naturaleza humana con una gran vis cómica; Shakespeare evitó tener problemas con la autoridad, cosa que logró (hasta con la puesta en escena de Ricardo II en 1601, pagado por el conde de Essex, antes de su revuelta y de que perdiera la cabeza). Shakespeare ubicó sus obras fuera de la actualidad, y trató los asuntos espinosos a través de alegorías y parábolas, más que de confrontaciones directas.

Greenblatt divide en cuatro temas en donde Shakespeare ejerce su libertad y se permite ir en contra de status quo o de lo que se esperaba en esa época como en lo relacionad a la belleza, tal como la consideraban los isabelinos; los límites del odio y la discriminación; la ética de las autoridades y el abuso del poder y, por último, aunque Wells comenta que este tema se sale un poco del argumento principal, sobre la integridad intelectual del dramaturgo vs. el éxito comercial.

Un ejemplo de la medida de su libertad
En la Introducción, Greenblatt ofrece una explicación que no deja dudas de la capacidad de Shakespeare para librar la censura, tratando asuntos relacionados a la corrupción, el abuso del poder y la aplicación estricta de la leyes, sin considerar a la piedad o la misericordia (como argumenta Porcia en El mercader de Venecia). Simplemente con recorre este caso, demuestra Greenblatt de qué manera Shakespeare les dio la vuelta a toda clase de censura y castigo, a través de una extraña e inquietante imagen de un personaje como era el asesino Bernardino, un anarquista prisionero en Medida por medida, una obra que se desarrolla en la Viena gris —y no en Londres—, en donde este asesino está condenado a la ahorca y espera ser condenado cualquier día de esos, pero, cuando tratan que cumpla con su condena, está más que crudo después de haber bebido toda la noche y, por eso, no está en capacidad de arrepentirse de sus pecados por lo tanto, está incapacitado para morir sin arrepentirse de sus pecados.

Este suceso frente al verdugo de la prisión lo vemos con una sonrisa entre los labios, pues sale sin poder confesarse con el mismo Duque que está disfrazado de fraile, para poder observar —como en Hamlet, en esta obra también todos son espías del resto— y el comportamiento de los súbditos, en especial de Ángelo, a quien le había dejado en su lugar como Procurador de Justicia.

El Duque disfrazado de fraile se queja de Bernardino porque es ¡Incapaz de vivir o morir, además de que tiene el corazón de piedra! y, en lugar de cortarle la cabeza, para mandársela al Procurador como si fuera la de Claudio —que es un joven condenado a muerte (en un castigo inmerecido) por haber embarazado, fuera del matrimonio a la joven Julieta—, por suerte, esa misma noche había muere otro prisionero, un tal Ragozine que además, digamos, se parecía un poco a la Claudio, sin dudarlo un momento se la cortaron para llevarla con Ángelo, el corrupto Procurador en ausencia del Duque, tratando de engañarlo, como si fuera la cabeza de Claudio.

Con esta obra, dice Greenbaltt, podemos observar con detenimiento y personificar el método que usó Shakespeare para criticar al sistema, librar los límites de la censura y los castigos que podría haber sufrido, como los que sufrieron otros de sus compañeros, como fue la tortura a la que fue sometido en 1592 Thomas Kyd, autor de La tragedia española, quien murió seis meses después de esta experiencia; y al año siguiente, murió misteriosamente Christopher Marlowe, en una taberna en Deptford, acuchillado con su propia navaja.

Sobre la belleza
La perfección estaba definida como aquella que no tenía alguna característica principal (Featurlessness is for Elizabethan culture the ideal form of human beauty), y era así estaba considerado el ideal de la belleza en la época isabelina, sin embargo —dice Wells—, Shakespeare en el Soneto número 2, considera ciertas características, como el paso del tiempo, que puede echarla a perder:

Cuando asedien a tu frente cuarenta inviernos
y unas hondas trincheras marquen la frente de tu belleza,
la arrogante y juvenil librea, ahora tan admirada,
no será sino un trapo hecho jirones.

Entonces, si te preguntan dónde quedó tu belleza
y dónde los tesoros de tu lozanía,
decir que están en el fondo de tus ojos hundidos,
será una indigna vergüenza e inútil elogio.

Cuánto mayor elogio merecería el paso de tu hermosura
si pudieras contestar: «este bello niño, de mi nacido,
pagará mi cuenta y excusará mi vejez»,
comprobando con su belleza, tu propio linaje.

Esto te renovará cuando seas viejo
y sentirás tu sangre caliente, cuando la tuya la sientas fría.


(NOTA: tengo la impresión que cuando en Inglaterra se hablaba de la belleza de las mujeres, debía ser de piel blanca como la nieve y con las mejillas rosadas (entre clavel y jazmín), pero, vemos cómo es que Shakespeare habla en sus sonetos de otra clase de belleza —y lo hace con toda libertad—, cuando habla de una amante morena (black), que además asocia con lo bastardo, como lo podemos leer en el Soneto 127:

(In the old age black was not counted fair…)
En los viejos tiempos lo negro no se consideraba como bello
y, si lo era, no llevaba el nombre de belleza;
pero, ahora negro es el legítimo heredero de la belleza
y esta belleza es difamada con bastardo oprobio.


Y aquí nos damos cuenta de que empieza a hablar de la belleza que la asigna a una perversa, lujuriosa y atractiva morena (dark lady) o como luego también las describe y exalta en varias obras de teatro, como a la morena Cleopatra, la egipcia que se parece más bien a una gitanas, morena y tostada por el sol, o como esas otras morenas aceitunadas como eran Rosalinda en Trabajos de amor perdido como eran las italianas o como se supone era Emilia Lanier, née Bassanio, una de las más serias candidatas a ser la dark lady de los sonetos.

O tal como lo hace —dice Wells— en el Soneto 130, cuando habla de la atracción que se puede sentir por una mujer a pesar de sus imperfecciones y por lo tanto, de alguien que nada que tenga que ver con esa otra belleza “sin característica especial”, tal como lo entendían los ingleses.
El Soneto 130 empieza diciendo:

My mistress eyes are nothing like the Sun...

Los ojos de mi amada no son como el Sol;
el coral es más rojo que el rojo de sus labios;
si blanca es la nieve, ¿por qué sus pechos son oscuros?
Si los cabellos fuesen alambres, negros alambres crecen en su cabeza.

He visto rosas de Damasco, rojas y blancas,
pero no veo tales colores en sus mejillas;
hay ciertos perfumes que se disfrutan más
que el podrido aliento de mi amada.

Me encanta oírla hablar y, sin embargo, bien sé
que la música tiene un sonido más agradable;
reconozco que no he visto nunca a una diosa caminar,
pero cuando mi amada camina, apisona la tierra.

Y, sin embargo, por el cielo, que mi amante es única
y junto a ella, todas las comparaciones son inútiles.


También habla de la belleza de las cicatrices que se obtienen en las batallas, como algo que enaltece a la belleza. Greenblatt concluye en esta introducción, diciendo que hay ciertas marcas que hacen que la mujer sea una belleza (contradiciendo los criterios de la época, como ya lo dijimos) y para eso se refiere a Imogen en Cimbelino, cuando el italiano Giacomo se ha escondido en un arca para salir a la medianoche, una vez que Imogen se haya dormido, para observarla de cerca y poder hacer un retrato de su belleza, como si hubiese estado con ella, para que contara como si la hubiera engañado a su marido, con lo que podrá ganar una apuesta y darle un calambre al marido “cornudo”, que se lo buscó a pulso. Por eso, describe una marca especial —como decimos por acá, ese lunar que tienes, cielito lindo...— y que Imogen lo tenía en uno de sus pechos y que se supone que era una imperfección con la que ahora Shakespeare exalta su belleza con toda libertad y en contra de lo establecido:

GIACOMO
Alguna marca de nacimiento
sería mejor testigo y apoyaría mi relato
más que un millar de insulsos muebles.
...
En su seno izquierdo un lunar con cinco
manchas, como los estambres escarlatas
de las prímulas. He aquí la prueba
más decisiva que jamás vio juez alguno.

(Cimbelino, 2.2 28-40)

Shakespeare encontró en ese lunar una marca, una característica especial, como si fuera una marca de todo lo que Shakespeare concebía como una belleza indeleble en su singularidad y que nosotros identificamos como singularmente indeleble y bello en su trabajo, como dice Wells, citando a Greenblatt.

Los limites del odio y la negación
Cuando en El mercader de Venecia, el judío Shylock le dice a Tubal:

Vete ahora, Tubal, nos vemos en la sinagoga.
Ve, amigo Tubal; a nuestra sinagoga, Tubal.

(El mercader de Venecia, 3.1. 119-120),

Si le agregamos unos pequeños ajustes —como propone Wells—, podríamos ponerlo al día y si lo hacemos como lo hubiera escrito en esta época considerando a los musulmanes que viven en Nueva York, después del 09/11, como dice Greenblatt en el Capítulo III, cuando trata sobre Los límites del odio, hubiera puesto:

Vete ahora, Tubal, nos vemos en la mezquita.
Ve, amigo Tubal; a nuestra mezquita, Tubal.


Y esto lo hubiera llevado a una discusión más cultural que el de la movilidad social, en donde, la discriminación era una realidad en la época isabelina. (Entre otros casos de la vida real isabelina está la condena de Rodrigo López, el médico privado de la reina Isabel I, un judío que fue acusado por el conde de Essex de haber intentado envenenar a la Reina.)

Luego, leemos en Tomás Moro las líneas que dicen escribió Shakespeare defendiendo a los extranjeros en contra la discriminación y maltrato que sufrían en Londres.

Greenblatt conecta la identidad de estos grupos (los judíos o los extranjeros discriminados), con los hijos bastardos, rechazados de sus herencias y, por lo tanto, de la sociedad.

¡Ah!, pero ahí está Edmundo en Rey Lear, el hijo bastardo de Gloucester que, en un soliloquio brutal, defiende su bastardía con singular alegría (y uno se queda pensando cómo es que libró la censura, porque la exageración resultaba cómica o porque se trataba de otra época, más salvaje que la que vivían en tiempos isabelinos):

EDMUNDO
Naturaleza, eres mi deidad
y a tu ley consagro mis servicios.
¿Por qué he de someterme al azote de la costumbre
y permitir la puntillosa exigencia
de las naciones que me desheredan
por venir al mundo doce o catorce
lunas después que mi hermano?

¿Por qué soy un bastardo?
¿Y por esa razón ilegítimo,
si las proporciones de mi cuerpo
se hallan bien conformadas,
mi alma es generosa y mis maneras apuestas
como las del retoño de una mujer honrada?

¿Por qué se nos insulta
con el epíteto de ilegítimos,
y la acusación de bastardía?
¿Bastardía? ¿Ilegitimidad?

¡A nosotros, que en hurto lascivo de la Naturaleza
extraemos mejores sustancias y una calidad más vigorosa
que las que logran esos otros en la procreación
de toda una tribu de mequetrefes
engendrada en un lecho desabrido,
enojoso y duro, entre el sueño y la vigilia!


(Rey Lear, 1.2. 1-15)

O el gran final de Otelo, después de haber sido objeto de una obsesión maligna, instigada por Yago, para que el moro de Venecia se identificara con aquellos que podían destruir “a un enemigo congruente”, un objetivo de los cristianos de Venecia a los que les tenían un viejo y radical odio, para que primero, se identificara con “la tribu de los judíos” (Indian, como dice en el Folio) y luego, fue transformada dentro de los límites permisibles en otra raza, “también circuncidada”, como la de los odiados Turcos (musulmanes) o como, un maligno turco con turbante:

OTELO
Les ruego que en sus cartas, cuando relaten
todos estos sucesos desafortunados,
hablen de mí tal cual soy, sin disculparme,
sin agravar, malévolos y sin culpa.

Han de hablar entonces de uno que amó sin juicio,
que amó mucho, y que no era dado a los celos,
pero que, forzado a recelar, se dejó arrebatar de la locura;
de uno, cuya mano, como la del vil judío
que tiró a la basura la perla más valiosa de toda su tribu;
de uno cuyos ojos rendidos,
poco habituados a derretirse en llanto,
derramó tantas lágrimas
como los árboles de Arabia su goma curativa.

Anoten todo esto y refieran también como en Alepo,
un día en que un maligno turco orgulloso
ceñida su frente con un turbante
golpeó a un veneciano e insultó a la República,
y que entonces, cogía al perro circunciso por el cuello
y le di muerte… de esta manera.


(Otelo, 5.2. 335-353)

La ética en la autoridad
Los nuevos ensayos historicistas relatan algunas anécdotas y las relacionan y comparan con alguna situación parecida en alguna obra de Shakespeare. Así fue lo que Greenblatt vivió personalmente con lo que le dijo un día Bill Clinton, mientras discutían sobre Macbeth, cuando Clinton lo describió como: una gran obra de alguien, cuya ambición sin límites tuvo un objetivo éticamente inadecuado.

Sin embargo, todo parece ser que Shakespeare entendía que era a través de la sangre como echaban a andar los mecanismo para lograr los cambios de régimen. (Y ahí estaba, como ejemplo de la muerte de Mary Stuart, reina de Escocia, acusada de traición.)

La integridad shakespeariana
Aparentemente Greenblatt toma en serio algunas de las cosas que dice Shakespeare en su sonetos cuando habla del teatro, sin embargo, cuando se declaraba el final de alguna plaga y se reabrían los teatros, no podía menos que disfrutar su regreso y ponerse a escribir sus obras, abandonando de inmediato la poesía lírica.

Sin embargo, Greenblatt pone en duda, la integridad intelectual del dramaturgo con algunos personajes que, según el crítico, han sido creados sólo para lograr que fuese más atractiva la taquilla, y lo ejemplifica con Gloucester, el noble y padre de dos hijos, Edgar y el bastardo Edmundo, así como con Oswald, el villano mayordomo de Goneril, entre otros que aparecen en Rey Lear, que dice fueron incorporados sólo para incrementar su fortuna y aumentar las entradas a la taquilla.

Uno de los pensamiento que le preocupan al comentarista Stanley Wells, es cuando Greenblatt dice que Shakespeare fue dominado por el éxito comercial, sin importarle ninguna otra consideración que tuviera que ver con su integridad intelectual. Con este postulado es como termina la lectura y somos nosotros los que debemos imaginar si Greenblatt efectivamente es lo que quiso decir, porque, a través de todo el libro, hemos sido testigos del esfuerzo para descubrir nuevos significados en sus obras, que bien ha valido la pena leerlo.

Martín Casillas de Alba,
Tutor del Club del Lectores Shakespeare en la UPN.
México D.F. a 26 de abril 2011.

jueves, 14 de abril de 2011

Shakespeare sigue vivo

(Vitral en la Catedral de Southampton de Londres con Hamlet y otros personajes de las obras de Shakespeare.) El 23 de abril cumple casi cinco siglos de haber nacido William Shakespeare (1564-1616), es decir, para ser más exactos, cumple 447 años de haber nacido en el pueblo de Stratford-upon-Avon en el centro de Inglaterra, nos volvemos a preguntar ¿por qué este dramaturgo y poeta con unas treinta y siete obras de teatro, ciento cincuenta y cuatro sonetos y cuatro poemas líricos, sigue todavía más que vivo?

¿Será por el sufrimiento que expresa en sus obras? ¿O por los conflictos en somos nosotros los que podemos juzgar qué es mejor si la justicia o un poco de piedad? ¿Será porque observamos el juego entre la naturaleza del poder y lo efímero del individuo o porque disfrutamos de algunas escenas familiares o la mágica transformación del amor y la frágil condición humana?

¿Será por las metáforas que intercala en sus obras y que nos permiten entender mejor la vida y nuestra razón de ser? ¿Será por la filosofía que va tocando sin que se note mucho, desde diferentes puntos de vista para que reflexionemos más sobre nosotros mismos?

¿O será la naturalidad de los sucesos una vez que aceptamos las convenciones teatrales o los trucos en escena, por ejemplo, cuando aceptamos, que estamos “en la bella Verona” como nos propone en el Prólogo de Romeo y Julieta dicho en un soneto perfecto?

¿O para aquellos que les gusta la vida militar, será por las narraciones de algunas batallas como la que nos describe en Enrique V cuando este rey se enfrenta al ejército francés a pesar de estar uno a cinco en su contra, un día de octubre de 1415, cerca del castillo de Agincourt?

¿O será de plano, por la historia misma, como esa que nos relata antes que se instale César Augusto y el primer Imperio Romano, cuando nos cuenta la conspiración que le hacen a Julio César o cuando estamos en la disyuntiva entre el poder y la pasión, tal como lo cuenta en Antonio y Cleopatra?

En fin, ¿será que todo ese mundo que rodea a sus obras y a sus personajes los podamos aplicar y convivir en nuestra vida diaria? Estos son algunos de los argumentos para entender por qué sigue vivo Shakespeare y digo vivo porque, por ejemplo, ahora está en cartelera la versión de Nelly Asbury, dirigiendo una versión animada y en caricaturas, con un guión de Robert Sprackling, John R. Smith y catorce colaboradores más —vaya a saber usted de qué tipo—, para mostrarnos a Gnomeo y Julieta (2011), con voces de artistas famosos como Maggie Smith y esto, nos preguntamos, si será que esas tragedias se han convertido en paradigmas del amor imposible o será por las fuentes a las que acudió en dramaturgo en su tiempo o por el lenguaje que hablan sus personajes?

Tal parece que Shakespeare aportó a la primera edición del Oxford English Dictionary (OED), unas 600 palabras nuevas en Hamlet, nunca antes usadas en inglés, como lo confirma James Shapiro en su libro: 1599. A Year in the Life of William Shakespeare, y que le agregó nuevos significados a otras 18 mil palabras para enriquecer ese idioma como nunca antes se había hecho.

Creemos que sigue vivo porque muchos de sus personajes siguen con vida y tal vez, los conocemos mejor que a la gente que nos rodea, por ejemplo, creemos que el príncipe de Dinamarca es un amigo y conocido que nos ha dado en un momento dado, más que otra gente, sobre todo cuando nos sugiere que en lugar de evadir la realidad durmiendo o pensando en la muerte, mejor qué tal si enfrentamos el mar de calamidades y enfrentándolo lo resolvemos, tal como nos dice Hamlet en el famoso soliloquio de “Ser o no ser.

Será que mantenemos esa dualidad frente al amor o al odio que le podamos tener al gordo y viejo Falstaff, padre putativo de Hal quien sería el rey Enrique V, y que a la fecha dudamos si lo aceptamos o lo rechazamos; o a la adorable Rosalinda, en ese manual práctico de los enamorados que escribió en la comedia Como les guste, o Cleopatra, la encantadora como las serpientes del Nilo y que es la misma con la que se inspiró León de Greiff para escribir uno de sus Sonetotes diciendo:

En eso pasa Cleopatra, nuda,
rumbo al Nilo...; ¡Qué César ni qué Antonio!
¿Cleopatras a mi? —chilla el Demonio
—Seor Satán— Noé no se demuda.


O Ricardo III, uno de los mayores villanos, que logra hacernos sus cómplices porque utiliza sus apartes para decirnos a nosotros cosas que nadie más sabe, por ejemplo, cuando seduce a la viuda Lady Anne, a quien él había matado a su marido y a su suegro (nada menos, que el rey Enrique VI) y después de lograrlo, nos confiesa que ese amor le va a durar poco, sólo lo necesario para coronarse y listo.

O con los pocos pero contundentes niños en escena o los bufones, como Lanza, el sirviente de Proteo en Los dos hidalgos de Verona, que sale con Crab su perro porque el maldito, nos dice Lanza, no se inmutó a pesar que toda su familia lloraba al despedirlo, en una de esas intervenciones cómicas que tanto hemos disfrutado una y otra vez.

¿O será por qué los temas que trata están considerados como problemas universales o será por esas preocupaciones que nos trasmite para conocer mejor al ser humano y llegar hasta el fondo de las cosas y de los sueños, como le pasa a Bottom en el Sueño de una noche de verano, después de haber estado haciendo el amor con nada menos que Titania, la reina de las Hadas?

¿O será por la crueldad que aplica a sangre fría como en Tito Andrónico o con las dos hijas mayores del rey Lear, capaces de sacarle los ojos al noble Gloucester, todo porque ayudó a su padre y por eso lo consideraron una traición?

¿O el pavor que nos produce los Yago’s que puede haber en nuestra vida, como ese villano envidioso y celoso que logra destruir a Otelo para que, a su vez, destruya todo lo que más ama, como fue víctima la bella Desdémona, la blanca veneciana que nunca demostró otra cosa que su admiración por el moro y un cierto deseo de ayudar a sus amigos venecianos?

Seguramente Shakespeare estaría asombrado de saber que hoy en día se siguen poniendo sus obras en escena por todo el mundo, este hombre que, en su tiempo, llego a escribir hasta tres obras al año. No puedo dejar de mencionar la puesta en escena que ví en el Time Magazine de hace un par de años, con una puesta en escena en una terraza de Kabul, Afganistán con las Labores de amor perdidas, traducida al afgano, en medio de la invasión.

Poco se sabe de la vida de Shakespeare, pero algo sí sabemos y eso es que fue bautizado el 26 de abril de 1564 (se supone que nació tres días antes, el 23 de abril), en la capilla de Stratford-upon-Avon en donde está el registro donde dice que ese día, Gulielmus filius Johannes Shakspere, había nacido en una casita de la calle de Henley y que era el primer hijo barón de esa familia.

Como también se sabe que murió en esa misma fecha y en esa misma ciudad a los 52 años de edad pero en 1616, el mismo día que en Madrid, fallecía Miguel de Cervantes y Saavedra.

La mayor parte de su vida sucede durante el reino de Isabel I, nacida en 1533 y coronada a los 25 años de edad, en 1558, para reinar durante 45 años seguidos, hasta 1603 cuando fallece y es sucedida por Jacobo I (1566-1625), luego nombrado rey de Inglaterra y Escocia hasta el día de su muerte en 1625.

También se sabe que Shakespeare estudió Grammar School en su pueblo y que a los doce años dejó de estudiar para ayudarle a su padre en el comercio de los guantes de piel de oveja, sin poder ir a la Universidad por los problemas económicos que atravesaba su familia. Nada se sabe de su adolescencia y solo hay una que otra suposición, que señala la posibilidad de que haya estado trabajando como Tutor en norte de Stratford. Lo que sí se sabe es que a los 18 años de edad se casó con Ann Hathaway, una mujer 8 años mayor que él, pues quedó embarazada de la que sería su hija Susana y con quien luego tuvieron a dos gemelos: Judith y Hamnet.

También se sabe que, a finales de los 80’s y principios de 1590 aparece en Londres enganchado, de alguna manera con el teatro de esa ciudad. Unos dicen que lo primero que hizo fue ser un especie de caballo parking del teatro, atendiendo a los caballeros y a sus caballos que llegaban, antes de brincar al escenario como actor y luego como actor y dramaturgo, desde el momento que escribió la trilogía de Enrique VI (1589-91), para que, de ahí en adelante, escribiera treinta y seis o siete obras de teatro, cuatro poemas líricos y los cientos cincuenta y cuatro sonetos para retirarse a Stratford-upon-Avon en 1613 y morir el 23 de abril de 1616 en la casa más grande del pueblo como la que había comprado hacía unos años.

Durante su vida la reina era la que mandaba una reina virgen o más bien soltera y sin herederos. Al final de su vida, ella decía que era como Ricardo II, ese rey que había perdido su reino por agraciar a sus favoritos que, en este caso, era el conde de Essex (hijo), quien enloquecido intentó que abdicara en una revuelta que fracasó en 1601 y que le hizo perder la cabeza literalmente. O por el amor que le tuvo desde la juventud a Robert Devereux, conde de Leicester quien, finalmente se casó con la viuda de Essex para muina de la reina.

La religión había sido pendular —católica romana, con su media hermana María I, más conocida como Bloody Mary y con ella, la consolidación de la reforma y la iglesia Anglicana, independiente de Roma. Los católicos habían excomulgado a la reina Isabel I y había órdenes de Roma indicando que aquel que la asesinara, estaría perdonado. Por eso estaban internamente divididos viviendo en una amenaza constante e intentando abandonar costumbres y viejos ritos, con las iglesias sin imágenes y, algunos jesuitas, condenados a muerte por intentar conspirar contra la reina, como fue el poeta Robert Southwell, primo de Shakespeare, quien murió a los 33 años de edad decapitado en Londres y dicen que cuando la reina recibió al día siguiente, su recién publicado póstumo libro de poemas, dicen que no pudo contenerse y lloró.

Los ingleses vivieron constantemente amenazados todo el final del siglo XVI y el XVII primero por Felipe II de España, quien había sido marido de la famosa María I (1553-1558) y que en 1588 intentó invadir Inglaterra con su famosa Armada Invencible que resultó un fracaso para el Imperio Español.

Las obras de teatro y las publicaciones estaban bajo los auspicios de los nobleza y la supervisión de la censura estaba a cargo del Maestro de las Artes. Los actores eran considerados unos ciudadanos de la más baja clase social y por eso, tenían que ampararse con un noble. La compañía de actores donde trabajaba Shakespeare dependía de Lord Chamberlain y cuando Jacobo I fue coronado como rey de Inglaterra, los adoptó para que fueran desde ese mismo año la compañía de “Los Hombres del Rey”.
Los poetas buscaban a su mecenas y los poemas líricos escritos durante el cierre de los teatros por la peste bubónica como fueron Venus y Adonis y La violación de Lucrecia, están dedicados al conde de Southampton: las obras completas o el Primer Folio de 1623, a los condes de Pembroke.

Muchos de los colegas de Shakespeare fueron acusados de conspirar en contra de la Reina o de llevar una vida escandalosa, como Ben Jonson que mató en un pleito de taberna a uno de sus colegas, o Thomas Kyd que fue torturado por unos panfletos o la misteriosa muerte de Christopher Marlowe, el gran dramaturgo que además estaba en la nómina de los espías que dependían de Francis Walsingham, Secretario de Estado en el reino de Inglaterra.

Pero son todas esas cosas que encontramos en sus obras, por las que creemos que Shakespeare sigue vivo y para algunos han resultado un parteaguas en su vida, sobre todo si deciden dedicarse el resto de sus vidas al estudio y al disfrute de todas y cada una de estas obras e historias, sonetos y poemas líricos, como si de esa manera entendieran mejor la vida y que vivan asombrados como bien lo dice Hamlet en un momento de su vida:

¡Qué obra de arte es el hombre!
¡Qué noble la razón e infinitos los dones que posee!
¡Qué expresivo y maravilloso es su movimiento!
¡Y sus acciones, cuán angelicales,
y su inteligencia, semejante a la de un dios!
¡Belleza del mundo, es el parangón del reino animal!


Martín Casillas de Alba
México D.F. a 14 de abril, 2011.