lunes, 24 de enero de 2011

Bajo la influencia de una estrella rival

Todo mundo conoce la historia de Romeo y Julieta. Todo mundo sabe que se trata de dos jóvenes nacidos en Verona, bajo la influencia de una estrella rival, que se atrevieron a vivir su amor a pesar del odio entre sus familias como eran los Capuleto y los Montesco —como lo hay, sin ir tan lejos, en los Altos de Jalisco, entre los Barba y los Navarro—. Todo mundo sabe que tiene un final que deseamos fuese diferente pero que es tal como es y que se nos frunce el estómago cada vez que la volvemos a ver —o leer—, pues se mueren los dos amantes por errores, equivocaciones y una mala interpretación de los hechos, como puede suceder cuando se es muy joven.

La tragedia, escrita por William Shakespeare en 1595 ha servido a otros artistas para inspirarse, entre ellos está Sergei Prokofiev que compuso en 1935 la música para un ballet que se inauguró en San Petersburgo en 1940. Este mismo ballet de Romeo & Julieta lo podremos ver en el Teatro Metropolitan de la ciudad de México el próximo 4 de febrero a las 20:30 horas, en una versión con el Ballet Clásico Ruso de Moiseyev y la coreografía de Eugeny Amosov.

La historia nos lleva hasta las alturas del himeneo cuando Julieta lo espera para pasar juntos su noche de bodas. Cuando se despiertan y ella no sabe si es el ruiseñor o la alondra el que canta a esas horas de la madrugada, caemos por el vacío entre las premoniciones y un la muerte temprana de estos dos amantes que vivieron su amor con tal intensidad donde todo pasa como un relámpago del que no alcanzamos a decir “¡mira!”, cuando ya se acabó.

Sin duda, una de las escenas más conmovedoras es cuando Romeo entra a la tumba donde reposa Julieta, pensando que ha muerto y sin poder hacerse al ánimo de haberla perdido —tal como nos puede pasar.

¡Cuántas veces, cuando el hombre está moribundo entra en un especie de euforia! Dicen los que velan que antes de morir todo es como un relámpago. ¿Cómo puedo llamarle a esto un relámpago? —dice Romeo, mientras vaga alrededor de Julieta— ¡Mi amor! La muerte te ha chupado la miel de tu aliento, pero no ha tenido la fuerza para destruir tu belleza. No te ha podido conquistar y el símbolo de tu belleza, como es el rojo carmesí de tus labios y de tus mejillas, no han alcanzado la pálida bandera de la muerte.

En el ballet, Romeo toma a Julieta entre sus brazos y la carga tratando de revivirla para que baile con él como lo habían hecho antes. Pero ella no le responde, aunque Romeo insiste y la vuelve a tomar para levantarla por los aires, como si fuese un espíritu, pero ella se desdobla y cae por la fuerza de gravedad. Entonces, decide tomar el veneno mortal que le compró al boticario: ¡Ah!, fiel boticario! ¡Qué rápido ha sido tu droga! Y yo, con este beso... muero —tal como lo dice en la obra de teatro y que en el ballet lo actúa, cayendo al suelo, al tiempo que Julieta se despierta sin saber dónde está.

Nos llega hasta el fondo del alma ese deseo de vida frente a la muerte que, muchas veces, nos hace negar lo que estamos viendo. Ahora es Julieta la que toma en sus brazos a Romeo y trata de bailar con él, aunque no puede levantar el peso muerto y se le desliza entre sus brazos para volver a caer, irremediablemente, antes de que ella decida morir: ¡Dulce puñal!, ésta es tu funda... oxídate aquí donde está tu morada... y dame la muerte.

Así nos quedarnos helados, impávidos y dolidos al ver el final que ya conocíamos, pero que, sublimada por el ballet ruso, nos puede volver a conmover.

viernes, 14 de enero de 2011

La conspiración de la pólvora



Cuando William Shakespeare escribió la tragedia en donde Macbeth conspira contra el rey Duncan en la prehistoria escocesa, estaba en el trono Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia, librando la famosa Conspiración de la Pólvora o Gunpowder Plot en el año de 1605, intento de un fanático católico llamado Guy Fawkes, para hacer volar por los aires al rey y a todo su gabinete, después de haber colocado toneles de pólvora bajo la Sala de Consejo del Parlamento, tal como nos lo cuenta el obispo Godfrey Goodman en su crónica:

«… El 5 de noviembre de 1605 que es cuando empezamos las sesiones del Parlamento, el Rey tenía que haber ido en persona pero, por alguna razón que no sabemos, ese día se abstuvo de hacerlo. El hecho es que esa mañana de otoño un guardia descubrió a un tipo en los sótanos y se dio cuenta que había la conspiración, planeada por unos locos para hacer explotar el salón del Parlamento, justo debajo del trono donde se sentaba el Rey acompañado de sus hijos, de la nobleza, de algunos plebeyos y obispos, jueces o doctores. En un instante pudo haberse dado la gran explosión que pretendía destruir todo el poder en el reino de Inglaterra.

»Habían colocado más de treinta barriles de pólvora en unos toneles de madera además de las haces de leña y algunas barras de acero.

»¿Cómo lo habrán hecho?, quien sabe, pero lo cierto es que el lunes por la noche encontraron en la bóveda a un señor que decía llamarse Johnson, listo con sus mecheros para hacer explotar los barriles de pólvora de la galería de junto.

»Una vez que fue capturado le preguntaron sobre esta locura y si sabía que significaba una alta traición y también si estaba arrepentido. Finalmente la gran explosión no se llevó a cabo. Algunos dicen que era un empleado de Thomas Percy, otros que era un jesuita porque tenía una pelliza pegada a la piel; pero una vez que fue llevado a la Torre, el martes por la mañana, sería interrogado por unos caballeros que eran expertos en este asunto.

»Cuando el tal Johnson fue llevado a la presencia del Rey, éste le preguntó que ¿cómo es que había conspirado contra sus hijos y tantas otras almas inocentes que nunca lo habían ofendido?, y él sólo respondió que ellos eran una peligrosa enfermedad que requería de un remedio desesperado; además de haberles prometido a unos amigos escoceses que los volaría por los aires para que cayeran hechos pedazos que llegaran volando hasta los prados verdes de Escocia… Cuando Johnson estuvo en la Torre empezó a hablar inglés y aunque nunca antes había estado atado al potro de los tormentos, pronto lo estuvo, aunque no fue necesario más que atarle los dos…¿brazos? El nombre de Johnson resultó ser el de Guy Vaux o Fawkes».

Fue ejecutado al día siguiente.

Todo esto lo podemos asociar con la lectura de Macbeth. El lado oscuro del poder, la obra en donde este escocés sufre, después de haber asesinado a Duncan y tenemos ciertos indicios de su locura, cuando lo escuchamos hablar en un lenguaje inconexo, producto del impacto y del sentimiento de culpa de haber matado al rey Duncan quien, de nuevo, debe aferrarse a su esposa para volver al mundo real. Por eso, le dice cuando escucha una voz que le decía que nunca más volvería dormir:

—Creí escuchar una voz que gritaba ¡no volverás a dormir, Macbeth ha matado al sueño! Ese inocente sueño, ese sueño que es el que teje sin cesar la maraña de las preocupaciones, que es la muerte del ir viviendo cotidiano y el baño de la fatiga, el bálsamo de las heridas de la mente, el plato fuerte en la mesa de la Naturaleza, principal alimento del festín de la vida.

Lady Macbeth lo regaña porque se ha traído consigo los puñales con lo que ha llevado a cabo su crimen y no las dejó, como habían quedado, en las manos de los guardias del rey, por eso es ella la que concluye la tarea.

Cuando regresa con las manos manchas de sangre, como las que tenía su marido, intenta quitárselas con un poco de agua, mientras escuchan cómo tocan con fuerza en la puerta. Ella insiste en que tienen que irse a su habitación y hacerse los que duermen.

Por es, conectar la realidad con la fantasía, era algo que siempre pudo hacer Shakespeare al escribir sus obras y más en esta que marca un lugar en ña historias del poder y las ambiciones que lo provocan.

martes, 4 de enero de 2011

Hamlet o el cuento de nunca acabar



¿Qué podemos esperar de la puesta en escena de Hamlet por el National Theatre de Londres, transmitida a las pantallas del Lunario —al costado del Auditorio Nacional—, el próximo miércoles 12 y jueves 13 de enero a las 20:00 horas, dirigida por Nicholas Haytner con Rory Kinnear en el papel principal?

Hemos tratado —dijo Haytner—, de hacer una puesta en escena honesta, como era una de las tantas obsesiones de Hamlet. Por su cuenta y riesgo, Rory Kinnear nos dice que durante los ensayos pudo acercarse a Shakespeare en detalle, verso por verso, durante toda la obra y hacerlo de una manera pausada, tomándose en serio lo que decía y que por todo esto esperaba que el resultado fuese la suma de estos pequeños detalles.

La emoción de volver a ver esta obra es enorme, como son las expectativas, sobre todo después de volver leer la versión de Tomas Segovia publicada por la UAM en Ediciones sin nombre en 2009 y de haber visto un avance con Kinnear en el primero de sus soliloquios:

Ah, que esta carne demasiado,
demasiado compacta se fundiese
se derritiese y se transformara en rocío;
O que el Eterno no hubiera fijado
su canon contra aquel que a sí se quite la vida.
¡Oh Dios mío, Dios mío, qué fatigosos, rancios,
vanos y sin provecho
me parecen los usos de este mundo!
¡Qué asco da! ¡Oh asco, asco!
Es un jardín sin desbrozar
que crece hasta dar grano.
Son cosas vulgares
y de índole grosera lo poseen.


Y lo vimos dicho pausadamente, como lo diríamos si estuviéramos acongojados por la muerte de nuestro padre o por sentirnos atrapados entre el amor y el odio; entre el ser y no ser; entre el deseo y la obligación de vengarse; entre la acción y el pensamiento; entre la libertad y la esclavitud o entre la honradez y la mentira, entre la realidad y la fantasía o entre el amor y la lujuria y todo esto en un ambiente francamente decadente. (http://www.nationaltheatre.org.uk/59866/productions/hamlet.html)

Nos da un poco de mala espina el vestuario y la escenografía que hemos visto en unas fotografías: parece un Hamlet adolescente, con mochila cuando regresa del barco pirata. En realidad es un joven pero de 30 años. Algo podrido hay en el reino de Dinamarca y no sabemos si el reino era el trono apestoso o el país o si hablaba de Troya cuando escuchamos a Hécuba enfrentar la muerte de Príamo, su rey o si se trata de las tiranías o los panistas paranoicos como la Inglaterra Isabelina, con informantes por todos lados, como los hacía Polonio con sus hijos y el reino.

¿Podremos ver una versión más intima que nos permita compartir los sentimientos de Hamlet que cuando lo escuchemos decir estoy solo lo entendemos?

¿Podremos saber un poco más de lo que está pasando, como lo deseamos en la vida real? Imaginarnos la relación de Gertrudis y Claudio su cuñado y saber por qué en menos de dos meses de la muerte de Hamlet papá se encaramaron y él logró con trampas, como lo cree Hamlet, coronarse en lugar del príncipe. Por cierto, John Updike escribió al respecto su novela Gertrudis y Claudio, traducida al español por Tusquets en el 2000.

¿Qué le quiso decir Hamlet a Ofelia cuando llegó descamisado a su recámara y la tomó por la fuerza y, sin decir palabra, movía la cabeza, justo después de haber hablado con el espectro de su padre?

¿Le podremos creer cuando dice que el tiempo está fuera de quicio y que todo es una porquería y que, por desgracia, ha nacido para poner en orden los estropicios, sabiendo el trabajo que le cuesta entrar en acción?

¿Veremos cómo enloquece Ofelia y podremos imaginarla caminando al borde del arroyo, como si fuera un callejón sin salida?

¿Nos quedaremos helados cuando veamos a Hamlet treparse en la cama con su madre para reclamarle justo lo que más desea?

En fin, ahí estaremos desde que Bernardo, el guardia pregunta ¿Quién va?, hasta que Hamlet, antes de morir, dice que el resto es silencio y Fortinbrás, finalmente, ordena la salva en su honor.

Ojalá salgamos desvelados pero contentos después de haber visto una vez más esta orgía perpetua, este cuento de nunca acabar.