jueves, 15 de diciembre de 2011

El espíritu de Julio César

por Anabella Barbosa Chiñas.
Estudiante de Relaciones Internacionales, ITAM.
Curso optativo Shakespeare: liderazgo y vida.


En una de sus grandes tragedias romanas, Shakespeare narra el asesinato de Julio César y los acontecimientos que le sucedieron, sentando las bases para el establecimiento del futuro Imperio Romano. El dilema que se plantea en esta obra es ciertamente político, pero además de la ambición y la lucha por el poder, los personajes se debaten entre el honor, el patriotismo y la amistad. Los sentimientos hacia estos personajes son, por lo tanto, ambiguos y esta ambigüedad constituye la esencia misma de los personajes.

En la obra shakespeariana César, Bruto y Casio no representan ni a los grandes héroes ni a los grandes enemigos, su carácter es simplemente humano. Y sus problemas también lo son. Es por esta razón, quizás, que Julio César se mantiene siempre actual y conserva su vigencia. Porque los temas que se abordan siguen interesando a las nuevas generaciones y porque los dilemas de los personajes son dilemas perennes en el raciocinio humano. Para realizar un breve análisis de la obra, haremos un recorrido por el carácter de los personajes principales: Julio César, Bruto, Casio y Marco Antonio.

La obra gira en torno a la figura de Julio César, pero podemos observar que quienes acaparan las escenas casi totalmente son Bruto y Casio y sus contradicciones. Para Harold Bloom: Shakespeare decidió que su obra requería exactamente un César declinante, una mezcla altamente plausible de grandezas y debilidades.[1] Este César vulnerable, que regresó de las Galias victorioso y que, posteriormente venció a Pompeyo para convertirse en cónsul y dictador vitalicio ahora se muestra un poco sordo y bastante necio. Se cobija bajo sus supersticiones y no ve más allá de lo que quería ver. Es advertido del idus de marzo como recordatorio de que no todos estaban convencidos de sus nombramientos y de que sus opositores estaban cerca y dudaban de sus intenciones para Roma. Y, sin embargo, no podemos pensar que Shakespeare le resta grandeza a su figura. Julio César era amado por sus hombres: el pueblo, Marco Antonio y el propio Bruto respetan y aprecian al gran general y éste demuestra una enorme capacidad para leer a las personas. Anticipa que Bruto es un hombre de cuidado, su carácter lo distingue de los demás y tiene una fascinación por los libros y el saber. Su propia fatalidad se encuentra en gran medida en su propia vanidad y autoconfianza.

Bruto es persuadido por Casio para entrar a la conspiración y enfrenta entonces la terrible disyuntiva: la ambición de Julio César provoca su desconfianza e ira como defensor de la libertad romana porque, efectivamente, Bruto odia las ambiciones de César, pero no a César mismo y todos sus planes irían acompañados por una cierta repugnancia que debe justificar ante él mismo todo el tiempo, argumentando que César representaría el final de la República. Pero aquí es donde Bruto revela su propia ambigüedad. César todavía no ha puesto a la República en peligro inminente y sus actos tienen la función de “prevenir” el Imperio. Irónicamente lo único que logra con su conspiración es asegurar el Imperio. Bruto lucha entre la razón y el sentimiento, quizá movido por su propia ambición. Pero durante la obra esto no queda claro, pues Bruto era un hombre honorable y su padecimiento es verdadero. Su amor por Roma era mayor que su amor por César y tal vez, sólo en menor medida, alcanzó a vislumbrar su propia gloria a expensas de César.

Casio, por otro lado, es un gran estratega político. Tanto él, como Bruto y los otros conspiradores se declaran defensores de Roma y desarrollan un entramado político que logra abatir a César. Su plan contiene detrás los rencores y la propia ambición de Casio, quien, con todo y sus conocimientos políticos, nunca logra -después de persuadir a Bruto- que su amigo escuche sus consejos. Casio, Bruto y los conspiradores sostienen que representan a la República, pero su plan maestro culmina con la muerte de César. La falta de visión los hace ineptos, son descuidados y se ven vergonzosamente opacados y vencidos por la astucia de Marco Antonio. Los conspiradores hacen gritar por la ciudad: ¡Libertad e independencia!, creyendo contar con el apoyo del pueblo, pero Antonio, con un hábil discurso funerario ante el cadáver de César, levanta al pueblo, mientras el forzado discurso de Bruto deja fría a la masa. La insurrección popular obliga a huir a los conspiradores, se forma el gobierno del Triunviro con Antonio, Octavio y Lépido, quienes se movilizan contra el ejército de Bruto y Casio.

En todo esto, Marco Antonio debe ser analizado con cuidado. El mejor lugarteniente que tuvo César en la guerra de las Galias poseía un sincero cariño por su general y su rol en la historia dio un giro trascendental para él y para Roma. Antonio siempre había sido considerado un hombre carismático, pragmático y no demasiado serio. Mantuvo relaciones estrechas con César y era fiel a su gobierno. Es en el momento del asesinato de César que Marco Antonio alcanza su punto de mayor astucia política y en razón de venganza y ambición pone al pueblo en contra de los conspiradores.

Marco Antonio habla como un político puro: Amables romanos... amigos compatriotas... Durante casi todo su discurso muestra un tono conciliador y de adhesión total tanto a los romanos como a los conspiradores. Marco Antonio trata de convencer al público, sin que el público o los conspiradores logren darse cuenta. Su situación es delicada, pues lo que pase con Roma le afectará directamente. Antonio intenta convencer al pueblo, pero no conoce de antemano el resultado que va a obtener y apuesta todas sus cartas en la elocuencia de su discurso. Su mayor arma fue, quizás, actuar como si fuera un ciudadano romano más. Mientras habla, constantemente hace alusiones a Bruto, aunque con una fina ironía sobre la honorabilidad de Bruto y los demás y dice que no quiere incitar a la ira sino a la pena. Su pasión y elocuencia terminan convenciendo a la masa confundida por la contraposición de ambos discursos. Al decir que él no es ningún orador elocuente ni talentoso, Antonio actúa como un buen político. La gente se suele fiar más de la gente cercana al pueblo que de los intelectuales o de quienes parecen demasiado elitistas. En los grandes debates políticos actuales podemos ver la fuerza que obtienen quienes apelan al pueblo y se identifican con él.

El desenlace de la historia se encuentra en una cruenta guerra civil en Roma, de la que Marco Antonio sale victorioso. Esta historia nos muestra las argucias por el poder, los conflictos internos de hombres honorables y no tan honorables. Nos presenta personajes humanos con los que los lectores se pueden identificar y dilemas políticos de gran actualidad. Así como en la obra, el espíritu de Julio César permanece en la mente de quien lo conoce, aunque con él haya muerto Roma.



México D.F., a 15 de diciembre, 2011.


[1] Harold Bloom, Shakespeare: The Invention of the Human, Riverhead Books, 1998,  p. 125.

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