jueves, 15 de diciembre de 2011

El conspirador que fue Roma


por Armando Ortega Hueso

Estudiante de Relaciones Internacionales, ITAM

Curso optativo en Estudios Generales Shakespeare: liderazgo y vida.


Éste fue el romano más noble de todos ellos, el resto de los conspiradores hicieron lo que hicieron por envidia el gran César. (Marco Antonio frente al cadáver de Bruto.)  Julio César, 5.1., William Shakespeare (1599).

La masacre de Roma, 44 a.C.
La historia nos ofrece pocos personajes cuyo resplandor persiste con el mismo fulgor que el del gran Julio César en Roma. Su asesinato, maquinado por unos conspiradores, perdura en las páginas más negras de la infamia y la traición. Todos los asesinos de César lo hicieron por cobardía, envidia y despecho, salvo el honorable Bruto. Éste, incitado por Casio y movido por el deber, comenzó a despreciar la ambición de César que pretendía la corona. Bruto fue el único que actuó en consciencia, pretendiendo salvar a Roma de su decadencia, poniendo por delante la libertad y el honor de la República. Bruto fue Roma y su ceguera  también.
La obra de Shakespeare nos muestra a un Bruto honesto, seguro, necio y sobrio en sus palabras y acciones. Su carisma se intuye más del afecto y admiración que despierta en los demás senadores, que de aquél que pueda derivarse de sus palabras. En cuanto comienza a gestarse la conspiración, Bruto se erige como su líder y natural sucesor de César. Shakespeare no los enfrenta hasta que Bruto da la última puñalada a César y éste último finalmente acepta su muerte cuando ve que viene de Bruto: ¿Et tu, Brute? ¡Muere entonces César!
Si Bruto era Roma entonces Roma iba a la deriva. Los planes de Bruto terminaban con el asesinato de César; poco a poco se entregaría a la más completa ceguera y sordera, convirtiéndose en una sombra del César muerto en una suerte de esplendor, valentía y grandeza que ninguno de sus sucesores podría igualar.
El discurso frente al pueblo enardecido es particularmente revelador. Bruto se presenta con total calma como sucesor implícito de César y como un justiciero que vela por el bien de la República: Bruto no amaba menos a César, sino que amaba mucho más a Roma. Por encima de todos, por grandes y valientes que sean, está la República. Esa por la que lucharon los ancestros de Bruto y por la que el propio César luchó, como lo hacía ahora Bruto. Presenta sus motivos como si fueran nobles, tangibles y evidentes.
Su instinto le permitió llegar hasta ahí: salvar a la República del tirano, sin concebir las consecuencias. Los demás no llegaron ni a eso; actuaron por egoísmo. Marco Antonio perpetró su venganza sin importarle la guerra que se veía inevitable. El gran amigo de César, al igual que los conspiradores, tampoco actuó en consciencia y tampoco tenía planes más allá de satisfacer su deseo de sangre. Bruto se encontraba solo, tan solitario como cualquier líder que se precie de serlo.
Tras la traición, Roma se preparaba para la guerra civil. El pueblo no sabe distinguir entre tiranos y los sucesores de César parecían candidatos a ser iguales o peores que César. Así que finalmente el instinto de Bruto, que era Roma, de preservación de la República terminaba ahí. Un acto “noble” sin más visión que el eterno presente.
César y Bruto terminarían siendo los mártires de la obra. El fantasma de César perseguiría a Bruto hasta el final, hasta su último aliento: ¡César, aplácate ahora! No te maté yo a ti de tan buen agrado. Bruto muere como buen romano, prefiriéndose hundir una daga en el estómago, la misma que dio muerte a César, que caer prisionero del enemigo y de la deshonra.  A César lo mató por Roma, de mala gana porque lo amaba, pero lo hizo porque era necesario. Finalmente decide morir y lo hace de mejor agrado, como el mártir que ha salvado a la República de un tirano, sólo para abrirles el camino a unos opresores menos benignos.
Con Bruto muere también la Roma de la República y comienza la Roma Imperial. Los hombres, entregados ciegamente al poder ilimitado, se olvidarían de la sangre que derramaron los ancestros para salvar a Roma de la tiranía. Marco Antonio y Octavio alcanzarían, en palabras de Bruto, menos gloria con su victoria que él con su derrota. Él actuó en consciencia mientras que ellos lo hicieron con el intestino, con el mismo egoísmo que los demás conspiradores, asesinando sin piedad a cien senadores. Al igual que el pueblo que se dejó llevar por las emociones, por la sangre, por el morbo, Roma cayó en una espiral de decadencia, esclavitud y muerte.
Bruto, que hasta la hora de su muerte supo ser Roma, provocaría el fin de la edad heroica. La grandeza de César era inigualable y esto lo sabían todos, sucesores y rivales, amigos y enemigos. Su sombra se abatía con una fuerza demoledora sobre los hombres que componen esta obra de Shakespeare. La caída de César y luego la caída de Bruto son el final de Roma: ¡Qué caída fue ésa, amigos! Ahí yo, ustedes y todos juntos sucumbimos.


México, D.F., a 15 de diciembre, 2011.

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