sábado, 12 de marzo de 2011

El silencio de Shakespeare


Crónica que desea compartir Raudel Ávila, lector de Las Historias de Shakespeare y licenciado en Relaciones Internacionales del Colegio de México, sobre el encuentro que tuvo con Harlod Bloom en Nueva York.

El centro del canon occidental es Shakespeare -dijo Harold Bloom en su reciente conferencia en la Universidad de Columbia. El reconocido crítico literario reflexionó sobre las inquietudes filosóficas y recitó fragmentos de los poemas del Bardo de Avon, de quien recientemente fueron vistas en México dos de sus obras mayores: Hamlet y el Rey Lear.

Fui a Nueva York con el doble propósito de ver el musical de Spiderman en Broadway y conocer a Harold Bloom. Desde que publicó El canon occidental, Harold Bloom se convirtió en el crítico literario más controvertido, el menos políticamente correcto de Estados Unidos y uno de los más amorosos con sus lecturas, sobre todo con Shakespeare, a quien considera el centro del canon. Ha publicado una apasionante antología de la poesía inglesa, otra cuyo título lo dice todo Cuentos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades, libros sobre religión y mucho más.

Llegué puntual y pedí en ventanilla mi boleto, apartado previamente. Los asientos no estaban numerados, así que pude aprovechar para sentarme justo en frente de la mesa con flores que prepararon para el conferencista. Faltaban unos minutos para que empezara el evento. El teatro era de la Classic Stage Company; a la entrada hay una cafetería sin pena ni gloria, parecida a los Starbucks. Eso sí, las paredes están decoradas con carteles de representaciones pasadas de obras de Shakespeare. Entendí poco a poco la situación. Aparentemente, en ese lugar acostumbran ofrecer presentaciones de obras shakespereanas pero estaban un poquito cortos de presupuesto. La idea era que lo recaudado en la conferencia de Bloom, se utilizara para la restauración del teatro o para futuros montajes escénicos. Me asombré, una vez más, de la capacidad organizativa de los estadunidenses para las causas que estiman. Por deformación profesional, me acordé de Tocqueville. Trato de pensar qué hubiera pasado si en México nos hubiéramos organizado desde la sociedad civil para las obras de restauración del Palacio de Bellas Artes. El resultado ¿habría sido más, o menos cuestionado que lo que hizo el gobierno federal recientemente?

A las siete en punto, el público, en su mayoría integrado por guapas estudiantes de letras inglesas y teatro en Columbia, recibió con una ovación de pie a un viejecito que traía ropa todavía más vieja que él. Harold Bloom caminaba con dificultad, auxiliado por su anfitrión Brian Kulick, un director teatral que lo acompañaría durante toda la presentación para hacerle preguntas. Los aplausos continuaban cuando el viejo se sentó e hizo un gesto para que se detuvieran. En la mesa, cerca de las flores, había unas velas que iluminaban a los dos personajes en el escenario. Kulick dijo que su invitado no precisaba mayor presentación y que todos estábamos ahí por el interés de escucharlo.

Bloom se quejó y dijo -cual Goethe-, que necesitaba luz, pues él quería platicar con nosotros como si fuera una clase y para eso le gustaría vernos la cara mientras hablaba. El teatro recibió la iluminación de varios focos y entonces Bloom sonrió. Yo estaba a la expectativa, inclinado sobre mi asiento para escuchar mejor la voz de una figura cuyos señalamientos literarios me entusiasman por su invitación permanente a la polémica.

El tema de la conferencia era los últimos años en la vida de Shakespeare, concretamente, su última obra dramática The Two Noble Kinsmen o Dos nobles de la misma sangre. Bloom arrancó diciendo que aunque hay otras figuras en la literatura occidental que pueden compararse con Shakespeare, nunca son equiparables, pues el poeta inglés goza de algunas singularidades. Montaigne, decía Bloom, escribió hasta el final. Otro tanto hicieron Dante, Cervantes y Goethe, pero nadie puede explicar el silencio literario de Shakespeare en los últimos tres años de su vida. ¿Estaba abrumado por el éxito y anhelaba un descanso? ¿Quería usar el dinero que ganó en otra cosa? ¿Qué pasaba por su cabeza?

-No lo sé, pero me gustaría saberlo -comentó Bloom.

Recordé que en su libro Cómo leer y porqué, Bloom dice que mientras Cervantes nos enseña en el Quijote a escuchar a los otros, Shakespeare nos enseña a hablar y escucharnos a nosotros mismos. Parecía que eso estaba haciendo Bloom. Ante el silencio respetuoso del auditorio, el ponente rompió la solemnidad con una anécdota. Alguna vez, pese a su natural repugnancia hacia los académicos de Shakespeare, aceptó una invitación para platicar con ellos en una universidad. Uno de ellos lo cuestionó:

-Cuando usted llama a Shakespeare inventor de lo humano ¿no lo está confundiendo con Dios?

Bloom se rió al acordarse de que lo acusaran prácticamente de blasfemo y contestó que sí, desde su punto de vista, Shakespeare es el creador de todo lo humano y en consecuencia, tal vez sea la divinidad misma. El académico se enojó, pero Bloom confesó que pese a su crianza judía, nunca ha creído en Dios.

-Claro está que mi religión no me exige creer en Él, sino nada más confiar en el Pacto que hizo con mi pueblo. Con todo, como Él nunca se ha molestado en cumplir ese Pacto, o en tratar con decencia a los judíos, yo no me he molestado en seguir su religión.

Risas sinceras, por lo menos la mía.

-Hay que tener presente que se trata de un Dios muy extraño, incluso decadente en estilo literario. Si pasamos del Antiguo al Nuevo Testamento observaremos un empobrecimiento intelectual y estético muy claro. Lean mi libro Jesús y Yahvé -antes de que se apagaran por completo las risas, Bloom continuó- en serio, digamos que el Nuevo Testamento es al Antiguo como si al Segundo Discurso de inauguración de Lincoln le agregamos unas palabras de Sarah Palin.

El público se carcajeaba. Una vez dueño de sus estudiantes durante la clase de aquella noche, Bloom dijo que tenía interés en recordarnos sus versos predilectos de The Two Noble Kinsmen.
Con voz temblorosa y muy emocionada, recitó desde su asiento:

¡Oh, hechiceros celestiales,
qué cosas hacéis de nosotros!
Por lo que nos falta
nos reímos; por lo que tenemos nos entristecemos;
siempre somos niños de alguna manera.
Demos las gracias
por lo que es, y dejemos para vosotros las disputas
que están por encima de nuestra propia pesquisa.
Vámonos y comportémonos como los tiempos.


Harold Bloom lamentó no tener una voz de actor, más adecuada para recitar esa poesía tan poderosa y barroca, contraria a toda la obra anterior de Shakespeare, según dijo. Preguntó si había alguien en el auditorio con una voz digna para esos versos, pero de inmediato rectificó y pidió que, si a nadie le molestaba, por favor no lo priváramos de repetirlos. Volvió a recitarlos ahora más emocionado e interrogó, dirigiéndose no sé si al público o a él mismo:

-¿Son ésos los pensamientos finales de Shakespeare? ¿Es el tipo de ideas que lo asaltaban en el último tramo de su vida? ¿Por eso ya no escribió más?. Si así fue -continuó Bloom-, me alegra que haya encontrado esa sabiduría y una paz tan estoica.

Dos nobles de la misma sangre ha desatado, como casi toda la producción de Shakespeare, una colección de controversias. Un lector muy atento, como era Thomas De Quincey, consideraba esta obra el máximo logro del idioma inglés, según recordó Bloom. El ponente compartió que le entusiasman sobre todo, el ritmo y la elipsis poética de la obra, a pesar del abuso de ésta última. Dos nobles de la misma sangre es también, donde más se aprecia la influencia de Chaucer sobre Shakespeare, como que está inspirada en The knight´s tale o El cuento del caballero, dijo Bloom. Me pareció que todo lo que decía ya lo había leído en su libro Shakespeare, la invención de lo humano. No importaba, la emoción de Bloom era muy contagiosa. Cuando se refirió a la belleza y sensualidad del amor lésbico entre Emilia y Flavina, me sentí como un adolescente con la sangre hirviendo. Bloom recitaba un fragmento del cual sólo alcancé a escuchar los últimos versos:

Que el verdadero amor entre doncellas puede estar
más que en la división sexual.


Eso es contundencia. Bloom se confesó absorto ante una expresión tan precisa de homosexualidad femenina. Empezó a hablar de lo difícil que le resultaba imaginar una puesta en escena de esta obra, pues nunca la había visto representada. Intercambió puntos de vista con Kulick sobre un hipotético montaje ahí en la Classic Stage Company. Empezaron a discutir los pormenores técnicos de la escenografía y otros asuntos semejantes. La verdad es que me distraje y dejé de prestar atención al escenario un momento, concentrado como estaba en revisar al público. Encontré con la mirada una pareja de rubias que se sonreían mutuamente y buscaban emocionadas los versos que Bloom recitó en un ejemplar viejo que ellas traían de TDos nobles de la misma sangre. Estaban tomadas de la mano. Mejor, imposible.

-Me encanta Nueva York -, Bloom se dijo cansado y pidió un receso de cinco minutos.

Tras el receso, Bloom regresó al tema de las inquietudes filosóficas de Shakespeare y recitó el prolongado monólogo de Palamon celebrando a Venus. No puedo citarlo de memoria, es demasiado largo y hay partes que no estuve seguro de entender bien. Alcancé a apuntar, mientras Bloom lo recitaba, esta parte cuya ortografía corrijo merced a mi edición de su libro sobre Shakespeare:

Salve soberana reina de los secretos, que tienes poder
para sacar al más feroz tirano de su rabia
y llorar por una muchacha...


Sí recuerdo en cambio, la forma tan honda en que caló la mirada de Bloom. Se quedó como perdido cuando terminó de recitar. Dijo que le parecía el reproche moral sobre el amor mejor escrito en la literatura occidental. Lo hacía sentir mal a él y debía hacernos sentir mal a todos los que hemos amado mal o hemos sido ingratos. La profundidad sentimental y casi filosófica de Shakespeare en su etapa madura lo hacía reflexionar mucho. Recitó después unos versos de la obra en los que Teseo se apena por la pérdida de la belleza de una reina:

¡Oh dolor y tiempo,
temibles consumidores, todo lo devoran!


Después de recitar esto, Bloom invitó al auditorio a conectarlo con los versos de O you heavenly charmers… e insistió:

-¡Cómo me gustaría saber qué estaba pensando este hombre al final! Vean qué reflexiones sobre el hombre -o algo por el estilo. Yo me acordaba constantemente de La vida es sueño de Calderón de la Barca y me sorprendían las afinidades en la concepción de la vida. ¿Tanto se parecen las ideas de los hombres en una misma época? ¿Cuánta diferencia de fondo hay entre el O you heavenly charmers… escrito en 1634 y esto de Calderón de la Barca en 1636:

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
Una sombra, una ficción; y el
mayor bien es pequeño; que
toda la vida es sueño, y los
sueños, sueños son.


Dudo mucho que Calderón hablara inglés, así que nadie está insinuando plagio. Al contrario, me llaman la atención las semejanzas entre dos mentes poéticas y teatrales tan notables. ¿Por eso se habla de un siglo de oro? Ahí concluyó su conferencia Harold Bloom. Dio las gracias. Una empleada del teatro, vestida con ese uniforme rojo de los teatros en las películas a blanco y negro, se paró en el escenario y dijo que podían quedarse los contribuyentes más importantes al evento de beneficencia. Se refería a los que habían comprado los boletos más caros. Como yo tenía uno de descuento de estudiante, fingí salir pero me volví a meter cuando todos estaban haciendo fila para que Bloom les firmara sus libros. No iba a tener otra oportunidad parecida, así que ni modo. Formado, intenté hacerle plática a la pareja de rubias a la que aludí más arriba, que para mi sorpresa habían comprado los boletos de quinientos dólares. Aunque los lugares no estuvieran numerados, la ventaja adicional de esos boletos era quedarse al evento posterior y compartir una copa de vino y canapés con Bloom, para entonces agotado por la hora y el trabajo. Las muchachas dejaron de hacerme caso después de unos cuantos comentarios.

Cuando llegué con Bloom, la persona que estaba atrás de mí en la fila, hizo el favor de retratarme con el que se dice admirador irrestricto de Samuel Johnson. Profesor Bloom, le dije, vengo de México y tengo que agradecerle lo importantes que han sido sus libros en mi formación.

-¡Ay, querido! -me contestó- ¡qué pérdida de tiempo!

Me dijo que nunca había podido conocer la Ciudad de México, y ahora por su edad y achaques, ya nunca podría.

-¿Dónde estudió -me preguntó-, en la Universidad Nacional?

Me asombró que conociera la UNAM, pero le contesté que no, que en un centro de investigaciones que se llama El Colegio de México.

-Alfonso Reyes -dijo.

No pude menos que emocionarme. Bloom sabía que Reyes estaba ligado a la institución, aunque no podía precisar cómo. Reyes fue el primer Presidente (equivalente a rector) del Colegio de México.

-¡Qué cabeza y qué escritor! -, dijo con algo más que mera cortesía.

Harold Bloom me firmó uno de sus libros con una dedicatoria corta y agradeció que hubiera ido a verlo. Como no había cenado y ya no tenía dinero para hacerlo, me llevé unos canapés envueltos en servilletas y tomé de un solo trago una copita de vino.

NOTA: Crónica publicada en Milenio, marzo, 2011.

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