lunes, 17 de mayo de 2010

Descubrir cosas nuevas en Shakespeare

El País. Babelia. Madrid, España, domingo 16 de mayo, 2010.

(Juliet Rylance como Rosalinda y Michelle Beck como Celia en la puesta en escena que está ahora en Madrid, España). Sam Mendes ha vuelto a tocar diana con la obra de Shakespeare Como les guste con espléndidos subtítulos en español y un montaje claro, con verdadero afecto hacia (y entre) los personajes, y con un reparto sin estrellas pero, con enormes y bien conjuntados actores. Siempre se descubren cosas nuevas en Shakespeare. Tras ver Como les guste o As You Like It en el montaje de Sam Mendes pienso que perfectamente hubiera podido ser un late play de uno de sus romances últimos: la misma mezcla de tonos, el mismo gozoso carrusel de inverosimilitudes. Veo también los vínculos, los hilos del tapiz.

Rosalinda, disfrazada de muchacho, anticipa a Viola; Adam, el viejo sirviente, desaparece de golpe como el bufón de Lear; el duque Frederick abandona su reino y se retira a meditar, anticipándose a Próspero; el villano Oliver se vuelve bueno de la noche al día tras ser atacado por una leona tan incongruente como el oso de Cuento de invierno. Relumbran las antiguas pautas: la pavana amorosa que se muerde la cola: Silvio ama a Febe, Febe a Ganímedes, Ganímedes a Orlando, Orlando a Rosalinda... que resulta ser Ganímedes... y cuya música, una trenza de paradas y estocadas, acaba convirtiéndose en la acción misma. Música mozartiana: no estamos lejos de Così fan tutte. Ni de la isla de La tempestad o el bosque de El sueño de una noche de verano, esos espacios propicios a la transformación.

Mendes se toma a los personajes en serio, por muy disparatadas y eso es lo esencial de su espectáculo, por muy disparatadas que sean las tramas. No los degrada, no los encierra en una égloga o en una farsa. Todo suena verdadero, cada uno toca en su tono. Todo se comprende, todo es diáfano. El afecto y la claridad son las principales (o inusuales) juegos de la función. Hay verdadero afecto entre Rosalinda y su amiga Celia, entre Orlando y el viejo Adam, incluso entre el bufón Touchstone y el pastor Corin: ambos saben que son dos primeros espadas y juegan a medirse, a vacilarse, con maravillosa complicidad. Nunca había visto tan bien entendida esa escena.

Sam Mendes no presenta esta vez un reparto estelar (si exceptuamos la colaboración de Stephen Dillane, que también encarna a Próspero en La tempestad), pero todos son grandes actores, fantásticamente conjuntados.

La función empieza en invierno absoluto, totalitario. La corte del dictador Frederick es un muro de tablas grises con nieve enquistada. El exilio del "otro" Duque (que por perder ha perdido hasta el nombre) y sus compañeros no es menos gris ni menos frío: visten con abrigos y gorros de trampero en western crepuscular pero exhalan auténtica nobleza de espíritu. Esto es importante porque los actores doblan sus papeles.

Primero hemos conocido al usurpador, temible, psicópata, y luego al legítimo, sabio y bondadoso: parece increíble que los interprete el mismo actor, Michael Thomas, y lo mismo sucede con los dos juegos de cortesanos. No dobla, en cambio, Stephen Dillane, el inolvidable Herzen de La costa de la utopía: tampoco había visto nunca servir así, con tal elegancia y delicadeza, al melancólico Jacques, casi un caballero sudista o un aristócrata chejoviano. No sé cómo actuaría Shakespeare, pero me lo imagino así, con esa voz oscura y cálida, distante y apasionado, contemplando a los amantes como un autor contempla a sus personajes.

La primera parte se cierra con una imagen digna de John Ford: Mendes hace que el viejo Adam muera en brazos de sus amigos, que le alimentan a cucharaditas, justo después de que Jacques recite el pasaje de las siete edades del hombre como si evocara una leyenda india. Con Adam muere el invierno y todo florece: brota el trigo, brotan los amores, la luz de Paul Pyant crea cálidas manchas de verdor y el juego actoral se vuelve ligero y celérico. Orlando (Christian Camargo) tiene la radical seriedad de la adolescencia: quizá hay algo de rigidez en su composición, pero en ningún momento lo pintan como un bobo, pese a clavar atroces poemas en los árboles.

Tampoco el joven pastor Silvio (Aaron Krohn) es el consabido merlucete, sino un amante desconcertado; ni la campesina Audrey (Jenny Barber), que seducirá a Touchstone con sensualidad de revuelque en pajar, es la gañanaza de rigor; incluso la gordura de Phoebe (Ashlie Atkinson) es alegre y suculenta.

El único personaje un tanto desaforado es el vicario Sir Oliver, que Alvin Epstein, hasta entonces el conmovedor Adam, convierte en un delicioso excéntrico inglés. Aún no hemos hablado del trío visitante. Thomas Sadowski interpreta al bufón Touchstone como un cruce entre Jerry Senfield y Jason Alexander, o sea, entre el sarcasmo luminoso y el vinagretismo exasperado.

Michelle Beck es una Celia lúcida, comprensiva, madura, que contempla con cariño y prevención los arrebatos de la vitalísima Rosalinda, tal vez el mejor personaje femenino de todo el teatro de Shakespeare (y al que más espacio dedicó: 736 líneas de texto).

Rosalinda juega para sondear y educar a Orlando, y tiene el verbo afilado de Beatrice y la determinación que heredará Viola, pero es algo más, algo que muchas veces suele escaparse: una dualidad constante, que Juliet Rylance ha pillado a la perfección. Su Rosalind es racional y enloquecida, tímida y apasionada, enamorada y temerosa del amor. Y se muestra realmente preocupada, sin apearse nunca de la comicidad, cuando trata de resolver todos los follones que ha montado.

El enredo y la fiesta campestre que precede a las bodas (rápidas, apañadas, agridulces, como siempre en Shakespeare) están mucho mejor resueltos que en el Cuento de invierno que Mendes nos regaló en su anterior visita: flotaba allí una tonalidad paródica y un tanto aturullada que no asoma en el bosque de Arden.

El ritmo trepidante del lío se disuelve en la celebración como un perfecto fundido encadenado: respiramos el aire fresco del paraíso, iluminado por las lámparas de papel, como en una verbena de infancia, y la voz de Anthony O'Donnell cantando It was a lover and his lass sobre un suave trote country inyecta una sombra de caducidad, como una nube anticipando el otoño que les espera a la salida del bosque.

Precioso, memorable espectáculo. Y una última cosa: los subtítulos en castellano están muy bien traducidos. El nombre del autor o autora debería constar en el programa.

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