martes, 20 de abril de 2010

Cada línea en Shakespeare es un átomo



(New Place en Stratford-upon-Avon, donde murió William Shakespeare). El 23 de abril de 1616 murió William Shakespeare en su casa conocida como New Place en Stratford-upon-Avon. Como un pequeño homenaje se me ocurrió publicar las reflexiones que hace Peter Brook, ese gran director de teatro que hace años estuvo a cargo la Royal Shakespeare Company (RSC) y porque este mismo día pero 394 años después, nace en la Universidad Pedagógica Nacional (UPN) el Club del Libro, Shakespeare donde los estudiantes, maestros y personal administrativo de la Universidad que sea miembro de ese club pueda leer uno o hasta los seis ejemplares de Las Historias de Shakespeare publicadas por Editorial Santillana.

Cada línea en Shakespeare es un átomo. La energía que puede liberar es infinita, si es que encontramos la manera de abrirlo y desintegrarlo para descubrir la energía que está dentro y que nos ilumine por el resto de la vida.

SIN DUDA, SHAKESPEARE ESTUVO DOTADO con una extraordinaria capacidad para observar, asimilar y recordar todo lo que veía, escuchaba o leía. Por eso me pregunto: ¿qué queremos decir cuando resulta que «brota la poesía»? Tal vez será que surgen los sentimientos provocados por las palabras, o es a lo mejor, el amor a las expresiones literarias. Vamos a ver si encontramos algo más básico: un poeta es un ser humano como cualquiera de nosotros pero con una diferencia: ellos tienen acceso al conocimiento y significado de la vida.

Conocernos toma, si nos va bien, varios años de psicoanálisis y, ojalá que esa fuese la manera de rescatar nuestras experiencias enterradas en las profundidades en unos extraños túneles y recovecos donde yacen.

Hay suficientes razones para creer que cuando Shakespeare escribió sus obras las escribió rápido… y, a pesar de que fueron escritas en momentos en los que tenía mucha presión, lo hizo con una pasión exuberante donde pudo poner en blanco y negro exactamente lo que se estaba imaginando en ese momento.

Siempre empezó a escribir una obra basada en una historia… Si usted escribe una historia de un crimen para el periódico de mañana, seguramente va a describir lo superfluo de la acción… Shakespeare no. Él estaba consciente no sólo de la acción en sí misma, sino de las relaciones entre ese número casi infinito de niveles a los que está conectada la acción. Así es que, estaba forzado a trabajar con un instrumento complejo y extraordinario al que le llamamos «poesía», para que, en una sola línea pudiera dar tanto el significado narrativo como, al mismo tiempo, poner las palabras más adecuadas de ese catálogo que tenía con más de veinte mil —como eran las que existían en su momento—, para que tuvieran tal resonancia que describían y acompañaban los diferentes niveles de asociación que estaba proponiendo en un mismo momento.

Hay otra cara en este fenómeno. Una obra de Shakespeare no es más larga que una obra ordinaria y un párrafo es de la misma longitud que un párrafo ordinario en el periódico pero los dos tienen una mayor densidad —la densidad del momento— que es donde descansa el interés que todavía mostramos al leerlo.

Esta densidad implica muchos elementos, uno de los más importantes es la imaginería, pero también están esas mismas palabras que toman una dimensión extraordinaria, a pesar de que sólo son unos «conceptos».

En la poesía se dan una infinidad de relaciones sutiles entre el ritmo, el tono, la vibración y la energía de cada palabra, su imagen y, al mismo tiempo, el poder infinito de esa dimensión que viene con el sonido, como si fuera parte de una música oral.

Shakespeare tuvo igual compasión que sus personajes y se identificaba por igual con todas las actitudes variables y cambiantes, pero él pudo ponerlas a todas ellas una, enfrente de la otra.

El teatro era una plataforma donde la imaginería podía entrar y salir. Como no había escenario, si alguien decía: «Estamos en un bosque…», es que estábamos en un bosque y si después, otro actor decía, «Ya no estamos en el bosque…», el bosque había desaparecido. Esta técnica es mucho más rápida que los «cortes» en el cine.

Ustedes me dirán cuando cambien los tiempos, las modas y la palabra «metafísica» sea menos venenosa y peligrosa. Pero de lo que pueden estar seguros es que, en la época isabelina, el público de Shakespeare era gente que iba al teatro y que vivía en constante transformación recibiendo ideas por todos lados que explotaban y se colapsaban con lo que hasta ese momento tenían establecido: era el Renacimiento. La gente sabía que vivían en una total falta de seguridad y la muerte pululaba por las calles: la plaga, la guerra, las diferencias religiosas y todo lo demás.

Esto era una bendición, porque esa misma audiencia desarrolló una intuición profunda, un sentido que estaba detrás del caos y, a través de esa intuición, había más posibilidades de entender la obra y lo que estaba relacionado con otra clase de orden, con un orden que nada tenía que ver con el orden político… era el mundo de los espíritus y de la magia, en algún sentido, como decía Gordon Craig hace más de un siglo, si uno se niega a aceptar la realidad del mundo de los espíritus, es mejor quemar todas las obras de Shakespeare porque entonces, ninguna de ellas tendría algún significado.

El teatro de Shakespeare era un lugar de reunión entre el público y los actores, en donde se podían ver escenas de la vida con gran intensidad, segundo a segundo.

Cada una de las dimensiones visibles era acompañada por otra dimensión invisible y la acción se llevaba a cabo simultáneamente tanto en lo horizontal como en lo vertical. Las dos dimensiones se encuentran ahí, de manera simultánea y al alcance de la mano, si es que uno quiere o más bien, si uno puede.

Ahora se podemos entender por qué su forma de escribir es tan compacta y densa. Así como ahora entendemos el complejo lenguaje del cine, por ejemplo pasar de un long shot a la siguiente toma que es un close up y de ahí a la siguiente escena que estás quién sabe dónde, así, en la época del teatro isabelino sucedía con la poesía: la entendían naturalmente.

Se entendía una extraordinaria y compleja forma de expresión, de tal manera que una persona podía estar hablando en un momento de cosas comunes y corrientes y, dos palabras más adelante, usaba expresiones que nadie usaba en ninguna conversación.

Y así fue como Shakespeare escribió sus extraños adjetivos y, de repente, le daba unas buenas sacudidas al ritmo como jamás podía ocurrir en la vida real, o dentro de una misma frase, de repente, expresaba una duda filosófica o un acertijo metafísico, como jamás aparece en una conversación normal entre dos personas.

De hecho, el teatro era abierto y había gente parada alrededor de la plataforma y todo, ya fuese natural o artificial, parecía justo como la vida misma… El teatro no sólo nos muestra la superficie, sino que nos muestra lo que está detrás de esa superficie, las intrincadas relaciones sociales entre la gente y detrás de eso, también se encuentra el significado último de la existencia de esta actividad llamada vida.

Momento a momento, el material que nos ofrece Shakespeare es de tal su magnitud y densidad que demanda todos los recursos que pueda ofrecer el idioma. Esto es lo que significa «poesía». No la poesía como belleza, sino la poesía compactada, la poesía como un lenguaje cargado de intensidad.

Cada línea en Shakespeare es un átomo. La energía que puede liberar es infinita si es que encontramos la manera de desintegrarlo.

Sabemos que en el momento en que traducimos a Shakespeare estamos perdiendo la música, pero queda el resto de ese material que sigue siendo magnífico y extraordinario. El traductor tiene que decidir si simplifica la línea para redescubrir su pureza a costa de sacrificar algo que en el idioma inglés es parte de su valor intrínseco.

Con la violencia que se expresa en las obras de Shakespeare, uno tiene que estar dispuesto a abrirse al mismo tiempo tanto para lo que es intolerable en la existencia humana, como para su opuesto, eso que es lo radiante en el hombre y todo eso hay que hacerlo simultáneamente.

Esa experiencia nos puede llevar a tener un sentimiento más de vida que de muerte y creo que este sentimiento es una de las cualidades que se encuentra en el teatro Griego.

Versión de Martín Casillas de Alba

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