viernes, 14 de octubre de 2016

Asumir y ejercer el poder en algunas obras de Shakespeare

Conferencia ofrecida en La Corrala del Mitote el 14 de octubre, 2016 a las 16:00 horas, invitado por el British Council la UNAM y la Secretaría de Cultura.
por Martín Casillas de Alba


Introducción.
El poder tiene muchos puntos de vista y diferentes perspectivas. Hoy por la tarde vamos a contar de alguna manera dos o tres de las obras de Shakespeare considerando en cada una de ellas dos momentos que tienen que ver con la manera en que asumen el poder y la manera en que lo ejercen, para ver si existe o no una relación y por eso, poder saber de qué tamaño es el sapo para imaginar cómo sería la pedrada o algo parecido a eso.
      Hay varios ejemplos en las obras de Shakespeare donde podemos encontrar a esos personajes ya sean históricos o de ficción, para escoger los que más nos interesen por lo pronto, que puedan ser vigentes y que estén relacionados a nuestra realidad o a nuestro interés intelectual, de tal manera que podamos hacer una correspondencia de la trama y/o de los personajes, haciendo las correcciones que sean necesarias para aplicarlas al contexto que vivimos a ver si así, penetran en las grietas de nuestra alma.
       Stephen Greenblatt fue el que descubrió la importancia de este aspecto en lo que leemos o escuchamos (que en la Edad Media querían decir lo mismo leer que escuchar), cuando hizo la lectura del poema de Lucrecio Sobre la naturaleza de las cosas, o De rerum natura, que tanto le interesó porque de alguna manera sanaba esa grieta o ‘fisura de la psique’ como elegantemente dice y que por eso le interesó tanto esa lectura: tenía que ver con sus circunstancias personales y el miedo a la muerte que le contagió su madre desde que nació y que, cuando encuentra esta obra al azar y la lee un día cualquiera, Greenblatt de dio cuenta que el arte penetra siempre en la persona a través de las fisuras existentes en su vida psíquica y, en este caso, el núcleo del poema de Lucrecio es una meditación terapéutica acerca del miedo a la muerte y, por eso, le interesó a Greenblatt para apaciguar el pánico que le había contagiado su madre.
       Si algo logra Shakespeare a través de sus obras es la de ofrecernos a una serie de personajes, tramas e historias en donde nos podemos ver reflejados en esos espejos, de tal manera que podemos congelar la imagen, escudriñarla y analizarla, como ahora vamos a tratar de hacerlo relacionado al ejercicio del poder a través de la ambición, bien o mal entendida, que tiene el ser humano, de tal manera que podamos imaginar y conocer lo que puede estar detrás de sus acciones y ver si así curamos ciertas grietas que andamos tratando se supurar en nuestra alma.
       Por eso, hablar del poder a partir de las obras de Shakespeare es hablar del ser humano, tanto de los que tratan de lograr su sueño o visión, como los que sólo desean asumir el poder para satisfacer su ego, ejerciéndolo de manera absoluta, para convertirlo en un egocentrismo como lo vemos en algunos tiranos de nuestra época o como los hubo en la Edad Media, cuando los reyes se aferraban a la corona hasta el día de su muerte y que en tanto nos recuerda a estos otros gobernantes de nuestros días… ‘tan cerca de nuestros ojos, tan lejos de nuestra vida’… parodiando a José Juan Tablada.
       Las obras históricas de Shakespeare son varias: empiezan con El rey Juan, el famoso ‘Juan sin Tierra’, nacido en el 1166 y muerto en 1216, para brincar un siglo y medio en la línea del tiempo y escribir sobre la vida de Ricardo II quien fue coronado en 1377 cuando era un niño de 10 años, para seguir cronológicamente con Enrique Bolingbroke, nacido en 1367 coronado en 1399 como Enrique IV, seguido de su hijo, el príncipe Hal o Enrique V quien gobernó de 1413 a 1422 para ser uno de los más famosos y populares reyes de la Inglaterra medieval, quien dejó a su hijo, Enrique VI aún en pañales, en una de sus primeras obras escritas en tres partes en donde ‘le incluye’ la Guerra de las Dos Rosas.
       Luego se brinca a Eduardo IV de Inglaterra, para contarnos la vida de Ricardo III, el más villano de todos lo reyes que muere en 1485 en el campo de batalla en Bosworth en donde nadie le hizo caso cuando pedía a gritos ceder su reino por un caballo.  
       En 1613 Shakespeare escribió en colaboración con John Fletcher la vida de Enrique VIII o Todo es cierto, por si faltaba algún incrédulo entre el público, una obra que termina con el nacimiento  de la que sería la reina Isabel I de Inglaterra, quien reinó durante parte importante de la vida del poeta.
       Se dice que ‘la ambición corrompe’ y, a partir de esta idea, hemos escogido dos o tres ejemplos para ver si podemos ‘congelar esas imágenes’, resumidas en esta plática, de tal manera que podamos tener una idea de cómo es que asumieron el poder y de qué manera esto está relacionado con su ejercicio.
       Vamos a empezar con Ricardo II, hijo del «Príncipe negro» al que le decía así porque usaba una armadura negra con la que amenazaba en esos territorios que invadió y saqueó en Francia. Ricardo su hijo, coronado a la edad de 10 años fue derrocado en 1399 por Enrique Bolingbroke, a quien le entregó la corona para que éste la pudiese usar como Enrique IV hasta el día de su muerte en 1413, cuando le heredó la corona a Enrique o Harry o el príncipe Hal, como lo conocían en su juventud, cuando asumió el poder cuando tenía 26 años de edad como Enrique V:
       Poco tiempo duró su reinado, pero en esa brevedad brilló este astro de Inglaterra. La fortuna fue su espada, y con ella conquistó el jardín más bello del mundo y dejó en él a su hijo como dueño soberano…
       Dice el Epílogo de esa obra al final de la vida de ese hombre que conquistó Francia y que por poco llega a ser ‘rey de Inglaterra y de Francia’, antes de morir en 1422.
       Enrique V, como ya lo mencioné, está considerado como el más popular de los reyes de Inglaterra y es un buen modelo del liderazgo que inspira y motiva: fue un joven que se preparó en la Universidad de la Calle, en la Taberna La Cabeza de Jabalí que estaba en East-Cheap, el Tepito de Londres.
       Tuvo una visión y un sueño: «defender lo que tenía derecho y gobernar en paz, cuyas horas serán provechosas para el que las trabaja.»
       Luego, en un salto en el tiempo, vamos a conocer a Ricardo, el duque de Gloucester, quien sería Ricardo III (que, por cierto, la semana pasada estuvo por aquí en esta misma Corrala del mitote en la versión, dirección y actuación de Erando González.
       Stephen Greenblatt acaba de escribir un artículo en el NYT del sábado pasado, el 8 de octubre que tituló Cómo es que Shakespeare puede explicar las elecciones del 2016, en donde comenta lo siguiente: 
       «El éxito para que Ricardo III haya lograr asumir el poder, dependió de una fatal conjunción de diferentes e iguales respuestas auto-destructivas a su alrededor.
       »La obra localiza los apoyos que necesitó para lograrlo en ciertos personajes en particular que representan, de alguna manera, las fallas existentes en un reino pero que, sumadas, ejemplifican a esos que le permitieron acceder al poder, como fueron: Lady Anne, Lord Hastings y el conde de Buckingham.
       »Primero, porque confiaron de que todo iba a continuar igual, luego, porque pensaron que las promesas que les hizo las iba a cumplir y, en tercer lugar, creyeron que iba a respetar las alianzas y a las principales instituciones. Nada de eso fue cierto.
       »Ricardo III pues —dice Greenblatt— representa de una manera obvia y grotesca cómo era un hombre poco calificado para asumir el poder y cómo fue que sus aliados, en cuanto pudieron, lo abandonaron cuando ya era demasiado tarde y no se dieron cuenta lo rápido que cambió la situación y eso que parecía ser imposible empezó a suceder, más rápido de lo que pensaban. Se habían confiado en una estructura que resultó ser demasiado frágil.»
 ***
Ricardo III era el hermano menor de Eduardo IV con quien había peleado en la Guerra de las Dos Rosas derrocando y asesinando al rey Enrique VI, prisionero de guerra. Desde ese mismo instante, según lo narra Shakespeare, Ricardo había preparado el territorio haciendo un mapa para acabar con todos aquellos que le podían estorbar para llegar a reinar, cosa que hizo, paso a paso aunque sólo le sirvió para gobernar un par de años, antes de morir en 1485 en el campo de batalla de Bosworth, como ya lo relatamos.
       Se trata, pues de tres hombres y tres formas de asumir y ejercer el poder: el final de Ricardo II, el reinado de Enrique IV y el de su hijo Enrique V y, si el tiempo nos alcanza, hablaremos del reinado y la ambición de Ricardo III.

Por declarar la corrupción, fue castigado con el destierro.
Si seguimos el caso Gürtel en España o el de Duarte en nuestros días, donde se intentan ventilar casos de corrupción, en España donde está involucrado el Partido Popular al que pertenece el mismo Mariano Rajoy, presidente del Gobierno Español o en México el PRI, que es el mismo caso, podremos hacer un paralelismo con esta historia.
       Vamos a ver cuál es el castigo de los corruptos que, con una cínica alegría han ejercido el abuso de poder en beneficio propio… bueno, pues entonces veamos que fue lo que pasó cuando Enrique Bolingbroke (1367-1413) tuvo el valor de acusar públicamente, a Thomas Mowbray, el duque de Norfolk, quien estaba de acuerdo con el rey Ricardo II, acusado de manera fehaciente de haber tomando el dinero de los sueldos de los soldados que estaban en Calais, un territorio inglés en Francia, para su propio beneficio (con el que se había mochado con el Rey), además de ser sospechoso de haberle dado muerte a Thomas, el duque de Gloucester, tío de Enrique Bolingbroke y del Rey, porque le estorbaba a éste desde hacía un par de años en 1397.
       Ricardo II, trató de ocultar la relación que tenía con el duque de Norfolk, a quien seguramente se había apalabrado y por eso, propone que el caso se resuelva en un combate, como se acostumbraba hacer en la Edad Media y de esa manera que fuese el vencedor o el destino, el que resolviera la situación en la que estaba involucrado.
       Le ponen fecha al encuentro y con todos los preparativos para que se llevara a cabo, minutos antes de que iniciara el combate, ya armados y listos los dos caballeros sobre sus caballos, el Rey detiene la batalla y mejor decide mandar a su primo Enrique Bolingbroke al exilio por diez años y al duque de Norfolk, por el resto de su vida.
       Digo que hay que tener valor para acusar públicamente, con dedo flamígero, al causante de la corrupción (como nos ha tocado hacerlo, toda proporción guardada, en otras ocasiones aunque nos haya costado lo que nos haya costado, como si fuera otro exilio...) Vamos a leer lo que declara Enrique Bolingbroke frente a Ricardo II y su corte, en esta confrontación pública, tal como empieza la Primera Parte de Enrique IV, para ver cómo es que se atrevió a hacerlo con un buen par de cojones (como dicen en España). Estamos por escuchar a Enrique Bolingbroke que está frente al trono del Rey y su corte para decirle:
        Escuchen mis palabras, todas, pues con mi vida he de probar su verdad: Mowbray ha recibido ocho mil monedas de oro a título de paga por los soldados de su majestad, y las ha retenido con infames propósitos, como traidor, falso y villano perjuro que es. 
       Diré aún mas, lo probarle en la lucha, aquí, o en los confines más remotos jamás vistos por los ojos de un inglés, que todas las maquinaciones que han acontecido en dieciocho años y que han sido urdidas aquí, en este país, tienen su origen e impulso en Mowbray, el traidor; y añadiré, y podré demostrar —tal es la verdad de su corrupta vida— que él tramó el asesinato del Duque de Gloucester, y sobornó a sus crédulos enemigos y en consecuencia, como traidor abominable, hizo expirar a su alma inocente con ríos de sangre, sangre que, tal si fuera la de Abel sacrificado, clama desde las mudas cavernas de la tierra y me pide justicia y cruel castigo. Por la nobleza de mi rango puedo jurar que con esta mano he de hacerlo o abjurar de la vida. (Ricardo II, 1.1. 87-109)
       Si tenemos memoria e imaginación, podemos confirmar que esta escena, tal cual, será difícil que se lleve a cabo en la actualidad, excepto, como ahora aparecieron las declaraciones de impuesto y las supuesta pérdidas del señor Trump, como lo publicó el NY Times y ahora el Washington Post con unas grabaciones en donde Trump, menosprecia a las mujeres de manera vulgar y aunque no es un caso de corrupción, sí de su manera de ser y de pensar.
       Estando en el exilio, John de Gaunt, el padre de Enrique Bolingbroke quien era el representante de la vieja guardia, a pesar de los pesares, era leal a su sobrino, el rey Ricardo II y fue su consejero por un tiempo. Era un hombre que creía en el orden establecido y en las jerarquías como las que se habían establecido en Inglaterra y ahora, viejo y cerca de la muerte, se sentía ‘una especie en peligro de extinción’, porque sabía cómo es que venía ejerciendo el poder Ricardo II, sin aplicar las viejas y nobles costumbres. 
       John de Gaunt habla de Inglaterra, como si fuese un paraíso perdido y esto es lo que le escuchamos decir antes de morir: 
       Este augusto trono de reyes, esta isla por un cetro sometida, esta tierra majestuosa, este sitial de Marte, este segundo Edén, este casi paraíso y fortaleza construida por la propia Natura contra la mano infecta de la guerra; esta feliz estirpe de hombres, este pequeño mundo, esta joya engastada en plata de los océanos que, como muralla, la protege y la defiende —como un foso que rodeara al castillo— contra la envidia de otras naciones menos venturosas, este lugar bendito, esta tierra, este reino de Inglaterra(Ricardo II, 3.2. 40-50).
       Cuando muere John de Gaunt en 1399, Ricardo II lo celebra y les asegura a sus cortesanos y favoritos «que no era sino un pinche viejo necio y rico» y, por eso, lo celebra y aprovecha la ausencia de su hijo en el exilio, para confiscarle todos sus bienes y, de esa manera, financiar la guerra con Irlanda en donde desea reducir a esos toscos soldados que se extienden como el veneno.
       Shakespeare dramatiza la respuesta de los nobles a esta confiscación en una breve conversación que hacen tres de esos señores poderosos como eran Northumberland, Willoughby y Ross al final de la primera escena del segundo acto de Ricardo II:
       Northumberland.— Ante Dios digo que es una vergüenza que le haya cubierto de tantas infamias a él un príncipe real, y a otros muchos de sangre noble, en esta tierra que camina hacia su declive. El Rey ya no es el mismo, pues lo manipulan sus aduladores… // [¿No es notable esta cita que pude ser actual con uno de los que eran uno de los favoritos como el maestro Videgaray?] // y  lo que con odio le informan contra nosotros, contra nosotros con odio lo ejecutará y perseguirá a nuestras familias, hijos, descendencia, y a nosotros mismos. (Ricardo II, 2.1. 238-245)
       A esto Ross le agrega y dice que el Rey… ha gravado con impuestos a los más humildes y casi ha perdido su afecto y el de los más nobles también, castigándoles con multas por antiguas querellas. Y Willoughby añade que… se inventa cada día nuevas extorsiones como pagarés en blanco, préstamos forzosos y qué sé yo. En el nombre de Dios, ¿en qué usa todo este dinero? 
Tal por eso, el viejo Northumberland concluye diciendo: Todo esto no lo gasta en la guerra, pues no ha guerreado, sino que ha hecho ese tipo de transacciones que sus antepasados consiguieron por las armas. Ha gastado más en la paz que lo que ellos lo habían hecho en la guerra.

Regreso del exilio y abdicación.
Las prominentes familias del norte se reunieron alrededor de Enrique Bolingbroke en Ravenspur, en la costa de Yorkshire, donde había llegado del exilio para reclamar sus propiedades confiscadas por el Rey. Enrique logra el apoyo de otros nobles que se sentían amenazados y potenciales víctimas de la voluntad del Rey.
      La versión de la situación la tenemos de parte del jardinero de la Reina que venía haciendo un paralelismo entre el cuidado de los árboles frutales y el gobierno y que, ahora, le explica a la Reina la situación en la que se encuentra:

Jardinero.El rey Ricardo está bajo el poder del altivo Bolingbroke. La fortuna de ambos está en la balanza; en el platillo de su Rey el peso es el mismo aunque algunas vanidades lo hacen más liviano. Pero en la balanza del gran Bolingbroke está él y están todos los pares de Inglaterra, lo que coloca los platillos en desventaja para Ricardo. Envíe correos a Londres y averígüelo usted misma —le dice el Jardinero a la Reina. (Ricardo II, 3.4. 81-90)

        Enrique Bolingbroke regresa del exilio, lo enfrenta y lo derrota después de haberles cortado la cabeza a los favoritos, para que más adelante derrote al Rey y le pidan que abdique, antes de mandarlo a la prisión en Pomfret en donde dicen que muere de hambre, aunque en la obra de Shakespeare, vemos cómo es que Exton interpreta a su manera lo que había dicho en una conversación, que suponemos fue informal, del recién coronado Enrique IV, para ‘echarle más crema a sus tacos’ y hacer su propia versión con la que pretende quedar bien con el Rey para conseguir sus favores:
       Exton (le dice a su amigo).— ¿No te fijaste en lo que dijo el Rey? ¿No dijo acaso ... «qué no tengo un amigo que me libere de este miedo que no cesa?»
¿No fue eso?... y al decirlo, me miraba con ansiedad, como diciendo «ojalá fueras tú el amigo que me arrancara este miedo que siento en el corazón». Seguro que se refería al rey que está en Pomfret y como yo soy amigo del rey, lo que quiero es librarlo de su enemigo. (Ricardo II, 5.4. 1-10)

       Ulises Schmill maestro en el ITAM quien fue Magistrado del Tribunal Fiscal de la Federación y embajador de México en Austria, Hungría y la República Federal Alemana, escribió un ensayo que tituló Las implicaturas del resentimiento, muy ilustrativo y que viene a cuento con esta escena en donde Exton implica algo que no está dicho y de ahí ‘la implicatura’ que definimos «cómo eso que a veces entendemos y le agregamos cosas que no se han dicho, pero que creemos están implícitas, sobre todo, si estamos en conflicto.» 
Tantos casos que podemos ver en nuestro tiempo, en donde uno de nuestros empleados, con tal de quedar bien con su jefe, implica cosas y actúa en consecuencia. ¿Verdad? Bueno, pues resulta aleccionador saber que, cuando nos comunicamos, los escuchas puedan entender otras cosas, más de lo que literalmente decimos, sobre todo si nos sentimos en conflicto. 
       Esta es la base de lo que Schmill le llama ‘la implicatura’ en este análisis que se basó en Otelo, como el caso más relevante para ver cómo el moro de Venecia le agregaba cosas no dichas por Yago, algunas, sugeridas con malicia, pero no dichas y con eso, Otelo va cambiando la realidad ajustándola a su imaginación hasta la muerte. Casos de la vida real que, por supuesto, seguimos viendo en nuestro tiempo. ¿Verdad?

El día que Ricardo II entregó la corona.
Enrique Bolingbroke, pues, le exige al Rey que abdique y que le entregue, “voluntariamente” la corona (cosa que sucede en una escena dramática, entre el sí y el no), para que él asuma el poder y sea nombrado rey de Inglaterra.
       Bolingbroke.— ¿Estas dispuesto a ceder la corona?
       Ricardo.— No sí, no yo, pues mi destino es ser nadie. Así, pues, nada no es yo. Así que renuncio ante ti… Mira de qué modo me voy despojando. Entrego este gran peso que oprime mi cabeza, y entrego este mi cetro que incomoda mi mano y el orgullo de Rey que mi corazón oprime, lo entrego. Con mis propias lágrimas lavaré el bálsamo de la unción; con mis propias manos entregaré la corona; con mi propia lengua negaré mi poder consagrado, y me liberaré con mi propio aliento de todos los juramentos. La pompa y la majestad, yo las rechazo. Mis castillos, rentas y provechos, los abandono. Mis actos, decretos y leyes, los niego. Dios perdone a todos los que ante mí juraron en falso, y que conserve intacto los votos que ante ti hagan. (Ricardo II, 4.1. 200-215)

En contra de la voluntad divina.
Sin embargo, bien sabía Bolingbroke que estaba actuado en contra de lo establecido y del ‘derecho divino’, tal como lo concebían en la Edad Media en donde… 
       «La autoridad de un rey para gobernar proviene de la voluntad del Dios del pueblo que gobierna y no de ninguna autoridad temporal, ni siquiera de la voluntad de sus súbditos, ni de ningún estrato de la sociedad. Los reyes eran elegido por su Dios y un monarca sólo era responsable ante él, y sólo debe responder por sus acciones ante Dios
       Antes de exigirle que abdique, Bolingbroke pone en duda su autoridad y le exige que revoque el exilio y le devuelva las propiedades que había confiscado de su padre, para que siga siendo Rey y así le dice…
       Enrique Bolingbroke besa de rodillas la mano al rey Ricardo y envía su obediencia y lealtad de corazón a su Majestad soberana; y que aquí llega a rendir las armas y el ejército a sus pies, si es revocada la orden de destierro y son restituidas de inmediato todas las propiedades. Si no es así, usaré la ventaja de ejército y bañaré el polvo del estío con chorros de sangre llovida de las heridas de los ingleses masacrados.
A lo que el rey le contesta:
Nos sorprende todo esto; mucho hemos esperado a que, respetuoso, doblaras tu rodilla, pues siempre creímos ser vuestro legítimo Rey. Y si lo somos, ¿cómo osaron tus rodillas olvidar el pago debido a nuestra presencia? Y si no lo somos, muéstranos la mano de Dios que nos ha privado de nuestra unción como representante suyo, ya que sabemos que no hay mano de sangre y hueso que puedas agarrar la empuñadura sagrada de nuestro cetro si no es profanándola, robándola o usurpándola… sepan que mi señor, el Dios omnipotente, reúne en los cielos, para ventaja nuestra, ejércitos de pestilencia, que aniquilarán a sus hijos no nacidos y a los no concebidos, por haber levantado sus manos de vasallos contra mi cabeza, poniendo la gloria de mi corona en peligro. 
(Ricardo II, 3.3. 72-90)

Así asume el poder Enrique IV en 1399.
La doctrina implicaba que la deposición del rey o su restricción al poder eran actos contrarios a la voluntad divina. No obstante, la doctrina no es una teoría política, sino más bien, la suma de ideas y, por eso, suponían ciertos límites sobre el poder político y la autoridad de los monarcas. Por eso, las reglas del derecho divino, se tradujeron en el poder absoluto.
       Cuando asume el poder Enrique IV en 1399 y lo ejerce como rey soberano hasta su muerte en 1413 se convierte en un hecho insólito, que rompía con la doctrina y la tradición medieval de los reyes que suponían que era Dios mismo el que estaba de acuerdo con su nombramiento y por eso, eran ellos los que se convertían en sus intermediarios.
       Enrique IV cargó con esa culpa durante toda su vida, hasta que su hijo, ahora sí… digamos que cumplía con el derecho divino por ser heredero de la corona.
       El joven Enrique V es coronado a los 26 años de edad y asume sus responsabilidades durante todo el tiempo que duró su reinado hasta 1422. Entre otras cosas siguió el consejo que le dio su padre antes de morir y que fue el siguiente:
       Dios sabe, hijo mío, por qué inciertas veredas y caminos indirectos y tortuosos logré esta corona, y yo mismo reconozco con cuantos disturbios la puse en mi cabeza. A ti descenderá con mayor sosiego, mejor reputación y asentamiento pues todo el suelo en que fructificó baja conmigo a la tierra… Y ahora mi muerte cambia las cosas; pues lo que en mí fue adquirido desciende en ti de modo más legítimo, pues la investidura te corresponde por sucesión… Te propongo Harry que sea esta tu táctica: ocupar las mentes ociosas de los nobles con guerras en el extranjero. Esa actividad puede hacer caer en el olvido el recuerdo de los días pasados… en cuanto a la corona, Dios me perdone el modo como lo logré y haga que la paz esté contigo
(Enrique IV, Segunda Parte, 4.5.)

Dos generaciones y dos maneras de asumir el poder.
Como podemos ver, se trata de dos maneras diferentes de asumir el poder y lo que implica a la hora de ejercerlo: por un lado, la culpa infinita de haberlo logrado en contra de las reglas establecidas, así como su heredero que es coronado dentro en los términos de lo establecido, el poder hereditario, por decirlo de alguna manera.
       Pero el ejercicio del poder es diferente: Enrique IV, estuvo toda su vida hostigado por los nobles que lo ayudaron a tener la corona y luego, le cobraron la factura, enfrentándolo a partir del año siguiente de su coronación…
       «Al año siguiente reprimió una revuelta de nobles que todavía apoyaban a Ricardo. Los escoceses y los galeses, ayudados por Francia, iniciaron una revuelta contra la Corona inglesa. Los escoceses fueron derrotados en Humbleton Hill (1402), pero los galeses continuaron la rebelión durante siete años bajo el mando del príncipe galés Owen Glendower. En 1403 la familia de los Percy, poderosos hombres del norte, se rebeló contra Enrique, insatisfechos con la recompensa recibida por el Rey por los servicios prestados.

En cambio, Enrique V exige la corona de Francia.
La vida de Enrique V la escribió Shakespeare en 1599 para estrenar las nuevas instalaciones de El Globo en ese teatro que volvieron a reconstruir a imagen y semejanza en 1996, cuando invitaron a Richard Oliver, el hijo de Sir Laurence Olivier, para que la dirigiera como un homenaje a su padre. Richard conocía el contenido de la obra y, poco después, la convirtió en un especie de manual del liderazgo que inspira y motiva, como lo enseño en el ITAM –Desarrollo Ejecutivo desde que estuve con Olivier en West Sussex en el 2008.
       Enrique V reinó de 1413 a 1422 con una visión clara, una vez que pudo conocer a sus súbditos en la Taberna de la Cabeza de Jabalí, donde fue adquiriendo tal vez las características de un líder, como son: carisma, prestigio, inteligencia emocional e inteligencia política o racional y, por eso, logró unir a los nobles y tal como lo confirmó el Arzobispo de Canterbury tenía derecho de exigir la corona de Francia tal como lo había hecho su abuelo Eduardo III, quien fue el que inició la Guerra de los Cien Años en 1337, guerra que duró hasta 1458 cuando los franceses expulsaron a los ingleses por el resto de la historia.
       Como bien dice el Coro al final de Enrique V, una vez que este joven resolvió todos y cada uno de los obstáculos desde que asumió el poder, una vez que había vencido a los franceses en la batalla de Agincourt en 1415 y de haber firmado un tratado de paz cuando fue nombrado, como quedó publicado en ese tratado en donde decía en francés: «Notre très cher fils Henry, roi d’Angleterre, héritier de France». 
       En el Epílogo de Enrique V, Shakespeare escribió este resumen:
Hasta aquí, con tosca e inepta pluma, este humilde autor ha narrado la historia, confinando a tan reducido espacio, de estos hombres poderosos, confundiendo con sus saltos el curso de su gloria.
       Un período que, a pesar de su brevedad, brilló intensamente este astro de Inglaterra. La Fortuna fue su espada, y con ella conquistó el jardín más bello del mundo y dejó en él a su hijo como dueño soberano, Enrique VI que, aún en pañales fue coronado rey de Francia e Inglaterra, sucediendo a este rey y, en su reinado, fueron tantos los regentes que se perdió Francia e Inglaterra se desangró, en un espectáculo que ya se ha mostrado varias veces en nuestro escenario.

La culpa, a pesar del éxito.
Hay una escena inolvidable en esta obra cuando la noche anterior a la batalla contra los franceses cerca del castillo de Agincourt, cuando se queda sólo y su alma para meditar sobre lo que está haciendo y vencer así la batalla interior y reconocer cuál era su papel como Rey, al final hace una demostración de esa capacidad que tiene para considerar a su tropa en donde nos confiesa cómo pesaba moralmente el hecho de que su padre hubiese forzado la abdicación del Rey. Lo oímos decir lo siguiente:
       ¡Oh, Dios de las batallas! ¡Templa el corazón de mis soldados! ¡Aparta de ellos el miedo! ¡Impídeles que puedan calcular el número de enemigos para que no pierdan el ánimo!
       Y después de hacer este autoanálisis con esta enorme empatía que sentía por su tropa, trata de romper el estigma de su padre, por haber sido coronado rey forzando su abdicación y dice con los ojos en el cielo:
       ¡Olvida hoy la falta que cometió mi padre para apoderarse de la corona! ¡Ya he enterrado el cuerpo de Ricardo y he derramado más lágrimas de arrepentimiento sobre su sepulcro, que las gotas de sangre que se derramaron violentamente! Cada año doy ciento cincuenta limosnas a los pobres para que dos veces al día eleven al cielo sus manos descarnadas solicitando el perdón por la sangre vertida; he hecho construir dos monasterios en donde ruegan unos graves y solemnes frailes por el alma de Ricardo. ¡Aún haré más, aunque mi poder es limitado, obligado como estoy a pedir perdón!  
(Enrique V, 4.1.)

El ejercicio del poder por Enrique V
Harry o Hal nació en 1387 y desde joven acompañó a su padre al campo de batalla, por lo que aprendió muy bien de los asuntos de la milicia. Por ejemplo, en 1403 cuando sólo tenía 16 años de edad, comandó el ejército real que derrotó a la familia de los Percy, dirigida por Sir Henry Percy, en la batalla de Shrewsbury.
       También estaba al frente de las tropas inglesas que sofocaron la revuelta del príncipe galés Owen Glendower; luego fue incapacitado y por la enfermedad de su padre, Hal encabezó el Consejo Real de 1410 y 11 del que luego fue separado por una discusión política con su padre.
       Cuando subió al trono en 1413, Enrique V, volvió a enterrar de manera honrosa en la abadía de Westminster, los restos de Ricardo II muerto en prisión durante el reinado de su padre.
       En 1415, Enrique declaró la guerra a Francia, tomando la ciudad de Harfleur y luego, venciendo a los franceses el 24 de octubre de ese mismo año en la batalla de Agincourt.
       En la toma del puerto de Harfleur, el ejército de Enrique V estaba debilitado por la disentería: de un total de 10 mil soldados, habían muerto 3 mil y otros 2 mil estaban enfermos, por eso, decidió refugiarse en Calais donde planeaba pasar el invierno antes de volver a atacar a los franceses pero, yendo por esa ruta fueron interceptados por los franceses con un ejército de 40 mil de caballería.
       La batalla estuvo precedida por una fuerte lluvia y por eso las tropas francesas estuvieron en desventaja: las pesadas armaduras, lo estrecho del campo, lo cerrado de la formación y el terreno lodoso, enfrentaron a los arqueros ingleses para ser un blanco fácil. Murieron más de 10 mil soldados franceses en el campo de batalla que, comparadas con las pérdidas de los ingleses resultan ser increíbles pero ciertas: sólo de 25 hombres en total, entre ellos, el duque de York y el conde de Suffolk.
       Enrique V retoma el asunto de la Guerra de los Cien Años una vez que el arzobispo de Canterbury garantiza que tiene derecho a exigir la corona como sus antepasados, sigue el consejo de su padre y le declara la guerra a los franceses. Todos los nobles (excepto tres que lo traicionan y son condenados a muerte, tal como lo explica el Coro del Segundo Acto:
       ¡Ay, Inglaterra, modelo de grandeza que tienes un cuerpo pequeño y un poderoso corazón, qué serías capaz de hacer, cómo sería si tu honor y todos tus hijos te demostraran afecto y compasión! Pero ya ves, tu defecto también ha encontrado en Francia un nido de pechos vacíos que llena con ‘coronas’ de traición y tres hombres viles —el primero, Ricardo, conde de Cambridge; el segundo, Enrique, lord Scroop de Masham y, el tercero, sir Thomas Grey, caballero de Northumberland—, tentados por las coronas y el oro francés, han maquinado una conspiración con la temerosa Francia para que, a mano de uno de ellos, muera este rey ejemplar en el puerto de Southampton antes de embarcar rumbo a Francia.
       Libre de esa conspiración, sale rumbo a Harfleur con 10 mil hombres, entre ellos 8 mil arqueros, listos para sitiar a esa ciudad y exigir la corona para ser nombrado rey de Inglaterra y de Francia si todo sale bien. 
       Enrique V muere joven y hereda la corona su hijo Enrique, también, que para entonces estaba en pañales y fue manejado por varios regentes que acabaron con todo lo logrado.

Ricardo III.
Ahora, el invierno de nuestro descontento se ha convertido en un glorioso verano gracias al hijo (sun) de Yor, y todas las nubes que pesaban sobre nuestra ilustre casa han sido sepultadas en el seno profundo del océano. A nuestras frentes se ciñeron victoriosas coronas; nuestras armas penden embotadas en los monumentos; nuestras tristes alarmas se han trocado ahora en alegres fiestas y nuestras marchas guerreras se han transformado en regocijadas danzas.
       Han desaparecido las huellas profundas que el espantable rostro de la guerra había grabado en su frente, y en lugar de montar los bardados caballos para espantar el ánimo de los aterrados adversarios, hace cabriolas en una habitación femenina, entregándose al placer de una lucha lasciva
       Y en este momento, en un aparte, que es la especialidad de este personaje para hacernos sus cómplices, nos va confesando sus planes para lograr el poder
       ¡Yo, que no he nacido para esta clase de esparcimiento ni para cortejar un enamorado espejo; yo, a cuyo rudo temple falta la gracia de un amante para pavonearme ante una ninfa de libertina desenvoltura; yo, que soy corto de genio, y a quien la Naturaleza ha desprovisto de toda belleza; yo, deforme, incompleto, nacido antes de tiempo entre el mundo que se agita, a medias terminado; yo, que soy tan imperfecto, tan poco a la moda, que los perros me ladran al pasar, mi único placer en esta débil época de paz y lloriqueos, es espiar mi sombra al sol y de comentar mi propia inutilidad. 
       Así pues, ya que no puedo divertirme como amante de las damas de dulce lenguaje, estoy decidido a portarme como un villano y a odiar los placeres frívolos de estos tiempos.
       He inventado complots, peligrosas instigaciones mediante profecías de hombres ebrios, sueños y falsas premoniciones, para crear un odio mortal entre mi hermano (George) Clarence del uno contra el otro; y si el rey Eduardo es tan leal y justo, como yo sutil, falso y mentiroso, este día será Clarence encerrado en la jaula estrecha, por una profecía que anuncia que aquel cuyo nombre empiece con la «G» será el asesino de los hijos de Eduardo.

Y más adelante nos confiesa…
       Semejante a un hombre perdido en un bosque lleno de espinos (…) que busca un camino y se extravía, que no sabe dónde hallar un claro y desespera de llegar a él, así yo me atormentaré sin descanso hasta que ponga mi mano sobre la corona de Inglaterra, aunque para librarme de este tormento me viese obligado al fin a abrirme un camino con el hacha sangrienta.
       ¡Me parezco a un hombre situado sobre un promontorio viendo a lo lejos la playa ansiada, deseando caminar con la vista; y que, maldiciendo al mar que le separa de aquélla, jurase agotarlo para hacerse un camino! Así aspiro yo a esa corona lejana, maldigo los obstáculos que de ella me separan, juro suprimirlos y me aferro a lo imposible… Cambio de color como el camaleón, de formas como Proteo, y a mi lado, el astuto Maquiavelo, sería un estudiante. ¿Con esta superioridad no podré conquistar una corona? ¡Caray! ¡Aunque estuviera más alta, la alcanzaría!

       Es, en esta obra, en donde Shakespeare prueba el instrumento dramático del soliloquio y los apartes como uno de esos mecanismos en donde el actor nos voltea a ver para decirnos alguna intimidad y nos hace sus cómplices y esa complicidad nos hace identificarnos —en nuestro aspecto de villanos, que todos, de alguna manera tenemos— con él, más que con cualquier otro personaje de la escena, atrapándonos así para meternos de lleno en la trama, pues sabemos de antemano lo que piensa en el fondo de su alma, nos confiesa sus brutalidades, esas que planea hacer, así como lo que está detrás, escondido, de lo que acaba de hacer.
       En la primera escena del primer acto de esa Segunda parte de Enrique VI, sale a la luz la extraordinaria personalidad de Ricardo. Mientras los nobles hacen un recuento de la batalla de St. Albans, Ricardo abruptamente arroja al piso la cabeza que le había cortado a Somerset, diciendo, «habla tú por mí, y diles lo que hice».
       La sed de sangre de Ricardo, al que no le falta un ‘seco sentido del humor’, se pone de manifiesto a lo largo de la obra, indicando los horrores que cometerá cuando sea Ricardo III. En su famoso soliloquio al final de la segunda escena del tercer acto, se describe a sí mismo como alguien que puede «sonreír, y asesinar mientras sonrío» y que mandará al «homicida Maquiavelo a la escuela». (Nos suena a Trump subido en la tribuna).
       Tras matar a Enrique VI, Ricardo levanta su espada que todavía escurre sangre y sarcásticamente comenta… miren cómo llora mi espada la muerte del pobre rey. Este Rey es consciente de su maldad y la saborea con una ironía altanera que nos suena como si fuera algo de nuestro tiempo. Al fin de la obra, se identifica con delectación como el architraidor, como aquel de la tradición cristiana más conocido como «Judas».
       Ricardo III logra tener el segundo lugar entre los personajes de Shakespeare con la participación más larga en todas las obras de Shakespeare (sólo Hamlet le gana por unas pocas líneas de más). 
       Asesina a todos los que le estorban en su camino al trono, incluyendo a su hermano George y a los dos jóvenes sobrinos; a su esposa Ana y a un buen  número de oponentes políticos.
       Es un villano espectacular, aficionado a comentar, con sentido del humor… negro, las atrocidades que está a punto de cometer. Sin embargo, cuando se trata de ejercer el poder una vez que se convierte en Rey, resulta que falla tanto en su intelecto como en su maleabilidad, alejándose torpemente de sus pocos aliados para entrar en pánico cuando se entera de la inminencia de la llegada de Richmond antes de morir en el quinto acto en la batalla de Bosworth.
       La personalidad del Ricardo en Shakespeare está formada en parte por su deformidad física —es jorobado—, a la que se alude con frecuencia en las obras, muchas veces a través del mismo Ricardo. Por ejemplo, al final de la Tercera parte de Enrique VI, dice… ya que los cielos han deformado de tal manera mi cuerpo, dejad que el infierno pervierta mi mente en respuesta.
       Racionaliza su rechazo a la lealtad humana aventurando la teoría de que es por su naturaleza física lo que lo coloca más allá de las relaciones comunes. Por lo tanto, puede decir, yo soy, solo.
       Otros están de acuerdo con él y algunos personajes asocian su deformidad física con la naturaleza malvada. La reina Margarita, por ejemplo, declara que el pecado, la muerte y el infierno han dejado sus marcas sobre él, y varios de sus enemigos lo identifican con una amplia gama de animales carnívoros y con criaturas tan repulsivas como los sapos y las culebras.
       Sin embargo, la fascinación que experimentamos por Ricardo se deriva en gran medida de la inquietante realidad, pues también posee cualidades innegablemente atractivas: tiene carisma y confianza en sí mismo; es francamente inteligente y tiene energía, combinada con un enorme autocontrol, además de una cualidad que es probablemente la más reveladora: es extremadamente agudo e ingenioso y por eso, se da el lujo de hacer bromas, incluso, mientras planea el asesinato de su hermano.
       Ricardo se gana la admiración y el rechazo del público porque es a nosotros a quien se dirige en sus apartes. A través de sus monólogos y soliloquios nos hace parte de una complicidad conspiradora.
       En algunas ocasiones nos dice lo que está a punto de ocurrir, e inmediatamente después de que ocurre, hace comentarios al respecto.
       En su práctica del engaño también adopta diferentes papeles: el de leal seguidor de su hermano el rey Eduardo IV, el de amante frente a lady Ana; el de amigo con su hermano Clarence y aparenta ser un piadoso devoto frente al alcalde y su corte.
       Cuando la suerte de Ricardo cambia, lo mismo sucede con su personalidad y es entonces cuando pierde maleabilidad y sutileza; le entra el pánico y se muestra desorganizado ante la crisis. Nos enteramos de que no duerme bien; tradicionalmente, se consideraba que esta suerte de insomnio era una consecuencia de haber usurpado la corona y las fuentes  de Shakespeare (Hall y Holinshed) se la atribuían a Ricardo, pero el dramaturgo la lleva a otro nivel, y hace que tanto Ana como el mismo Ricardo lo comenten, antes de presentarnos una visión con características de pesadilla tal como sucede en el Quinto Acto, en la Tercera Escena.
       En este momento tan siniestro, Ricardo parece estar al borde de la locura. Reconoce el terrible aislamiento de la humanidad en el que vive y se sume en la desesperación, lamentándose angustiosamente porque en su muerte no merecerá, ni tendrá, la compasión de nadie. Sin embargo, más adelante en la misma escena, Ricardo recupera su espíritu y, con ánimos renovados, dirige a sus hombres a la batalla.
       Ricardo representa a un tipo de personaje bien conocido y popular en los escenarios isabelinos. Se trata del villano ostentoso aunque el personaje se remonta más atrás: es producto de las obras morales del medioevo que incluían la figura de villano al que se conocía como el Vicio, cuyo parecido con las creaciones de Marlowe y Shakespeare no es una coincidencia; ambos autores deben haber estado familiarizados con este Vicio desde la infancia.
       Pero, en esta obra, Ricardo incorpora un arquetipo más moderno, como puede ser Maquiavelo, un político calculador cuyos actos tienen fines particulares.
       Las payasadas y bromas lascivas del Vicio dan paso a declaraciones serias de intereses políticos, aunque el personaje de Maquiavelo también demuestra ingenio verbal. Maquiavelo es una figura naturalista —un ser humano, aunque depravado—, mientras que la naturaleza del Vicio es más bien alegórica. Así, la personalidad de Ricardo tiene una cualidad humana creíble que no se había visto antes en los reyes criminales de la historia tradicional: así como asumió el poder, lo ejerció, como podríamos resumir en esta plática en cuanto a la vida de ese rey medieval.

Conclusiones
Es así como terminamos este tema con el ejercicio del poder en algunas obras de Shakespeare, en donde ojalá hayamos encontrado algunas grietas como las que tenemos en nuestra vida actual, para poder imaginar los elementos que pueden estar detrás del poder en la historia del hombre.
       Por su atención, muchas gracias.
 Ciudad de México a viernes 14 de octubre, 2016.


[1] Alusión a la insignia de Eduardo IV que era un sol, en memoria de los tres soles que, según la tradición, se le aparecieron en la batalla de Mortimer’s Cross el 2 de febrero de 1461. (Enrique VI, Tercera parte 2.1. 25-40).
[2] La «barda» es la armadura del caballo.
[3] En el original «piping», que es el silbido o lloriqueo de la gaita.
[4] Él se refería a la «G» de George, su hermano Clarence. Para nada lo asocia a la «G» de Gloucester, de la que él había sido nombrado duque.

viernes, 16 de septiembre de 2016

La maldad de algunos consejeros

Ciudad de México, sábado 17 de septiembre, 2016.— 

Laurence Fishburne como Otelo y Kenneth Branagh como Yago en Otelo (1995).
El parecido que puede haber entre la realidad y una obra de teatro es factible aunque no sea uno a uno, como en el caso de Yago, el alférez que empujó a su jefe a la destrucción, aunque si éste le hizo caso, fue porque le agarró la pata a la vaca como parece que lo hizo Otelo, el moro de Venecia en donde Yago convertido en su consejero, le cobró la factura porque no lo nombró su teniente a pesar de que ‘tres grandes de Venecia le rogaron, sombrero en mano’ para que lo designaran a él y porque bien conocía su valía, pero él prefirió al florentino Miguel Casio quien, por un tiempo, había pretendido a Desdémona.

La obra de teatro fue escrita por Shakespeare en 1604 y es una obra que sigue vigente porque nos permite imaginar lo que puede estar detrás de los dramas políticos, sobre todo cuando son producto de la envidia, los celos o de una revancha, como sucedía en la corte veneciana o entre los miembros del gabinete en nuestras democracias.

Yago dice saber de Casio ‘que nunca ha sacado al campo a un escuadrón ni sabe cómo disponer una batalla mejor que una solterona… en cambio yo, señor, a quien sus ojos vieron dar pruebas en Rodas, Chipre y otros territorios… ahora debo de ir a sotavento, retrasado como el abanderado de su señoría moruna.’

Algunos de los que creen que deben ser ‘elegidos’ y se quedan ‘retrasados’, en lugar de plegarse y aceptar, desatan, consciente o inconscientemente, el deseo de venganza y, como Yago, inyectan una clase de veneno que hace mella y hace que aumenta su desprestigio, como intentó hacerlo Manuel Camacho Solís.

‘Le sirvo para desquitarme’, dice Yago a Rodrigo, su comparsa, a quien le baja su lana en la supuesta conquista de Desdémona que, por cierto, esa noche se arrejuntó con el moro, al arranque de la estrategia del xenófobo Yago, incapaz de aceptar que la hija del senador Brabancio, una doncella blanca y joven, se haya arrejuntado con ese viejo extranjero de color. Primero, despierta al Senador para avisarle que ‘su hija y el moro están haciendo ahora la bestia de dos espaldas’ y luego, corre con su jefe para que deje de hacer lo que estaba haciendo y se prepare, porque el Senador viene a buscarlo. Yago logra que se nos frunza el estómago mientras vemos la secuencia de eventos con los que logra sus objetivos en un especie de ‘crimen premeditado’.

Aprovechó los complejos del moro aunque éste se defendía diciendo que descendía ‘de hombres de regia estirpe’ y que sus méritos ‘no se quitan el sombrero ante la alta fortuna que había alcanzado’; o de su edad, pues ya no era la primavera de su vigor sexual; o el orgullo y vanidad del poderoso General y Comandante en Jefe de las Fuerzas Venecianas a cargo de la defensa contra los turcos en Chipre.

La conquistó con esas historias que le contaba a Desdémona cuando el moro era invitado por su padre y ella le pedía que le volviera a contar tal o cual episodio porque estaba fascinada. Pues ese gran hombre le agarró la pata a la vaca y se dejó engatusar hasta quedar tirado en el suelo antes de acabar con la vida de Desdémona.

¿Quiénes son los ‘yagos’, esos cínicos que se quedan mudos una vez que han logrado su propósito? ¿Quiénes son esos que aconsejan al jefe con ideas perturbadoras para que tome decisiones que le revierten, aunque crean que lo han hecho ‘no por odio, sino por amor’? Habría que aprovechar este simulacro de la vida y observar cómo el moro reconoce, aunque ya era demasiado tarde, que fue ‘necio y torpe.’